Esta mujer tenía la capacidad de convertirme en un adolescente inseguro, y hacía tiempo que nadie había conseguido eso. Solo aquellos de los que me había alejado hacía años, y ella. Mis pies se balanceaban hacia las puntas constantemente, mientras esperaba su veredicto.
—¿Y bien? —volví a preguntar por segunda vez.
—Ya lo has alquilado. Mi opinión ya no sirve de nada. —volvió a repetir ella. Puse los ojos en blanco.
—Pero sigo queriéndola, saber si te gusta. —Sus ojos se entrecerraron.
—Es a ti a quién tiene que gustar, vas a ser tú el que viva aquí. —Ella no entendía el motivo por el que necesitaba que el lugar le gustase. Quería que se sintiese cómoda aquí, porque alguna vez ella vendría aquí, a visitarme, a quedarse a dormir, a vivir… Uf, me estaba lanzando en una dirección muy peligrosa.
—Con este tamaño, el precio es una ganga. Da igual que el barrio esté un poco alejado del centro. El único inconveniente es que no incluye plaza de aparcamiento —se asomó por la ventana—. Pero hay una parara de bus calle arriba, así que no estás incomunicado. —No iba a contarle que si decidía hacerme con un coche, había un espacio en el callejón en el que podía estacionar.
—Y tiene mucha luz exterior—añadí—, y las habitaciones son grandes. La cocina está reformada, como los baños. —enumeré.
—Suenas a un agente inmobiliario. ¿Piensas cambiar de trabajo? —Quiero que vivas aquí, pensé.
—No, quiero que te sientas cómoda aquí, porque no siempre estaremos en tu apartamento. También podemos venir aquí. —sus ojos se abrieron como platos.
—¿Quieres…? —sacudió la cabeza, como si hubiese entendido mis intenciones—No corras tanto, soldado. — ¡Mierda!, tenía razón. ¿Sonaba un poco a acosador?
—Solo he dicho que si te apetece cambiar, mi apartamento también es una opción para pasar el rato. —¿Sonaba a “solo para sexo”? —Podemos cenar aquí, ver una película—señalé la pantalla enorme de tv colgada en la pared—. Lo que te apetezca. —Esperaba haberlo arreglado. ¡Mierda!, el adolescente inseguro había tomado el control.
—¿Cocinarías para mí? —acercó su cuerpo, hasta que estuvo lo suficiente cerca como para que mi piel sintiese el calor de la suya. Enredó sus brazos por mi cuello. No quería que se alejase, así estábamos bien. Por instinto, tomé sus caderas, dejándole claro que me gustaba su proximidad.
—No tengo ni idea de cocina. Puedo atrapar un conejo—o una rata, pensé—despellejarlo y asarlo, pero dudo que consideres ese tipo de comida de supervivencia como una delicatessen. Así que pediremos lo que quieras. Hay un restaurante ruso una manzana arriba, podíamos pedir allí algo para llevar.
—No te reconozco, soldado. ¿No eras de esos chicos que no gastaban? —Sí, ese era yo.
—Dije que escogía en qué merecía gastar mi dinero, y eso estoy haciendo ahora. —le aclaré.
—Y esa soy yo. —sus dedos estaban jugueteando en mi nuca. Si tendría el pelo más largo, ¿esos dedos se deslizarían entre mi pelo? Seguramente. Ese si era un buen motivo para dejarlo crecer.
—¿Eso me convierte en un blando? —No quise decir la palabra enamorado, porque no podía enamorarme, había perdido esa capacidad hacía tiempo. Puedo sentir, pero no amar. No entregaré mi corazón a ciegas, porque ya no me quedaba nada vivo dentro del pecho. Mi corazón no era más que un órgano funcional. ¡Deja de engañarte!, estás cayendo otra vez por una mujer. Solo reza para que el golpe no te destroce de nuevo, protégete.
—¿Que voy a hacer contigo? —La manera en que me miraba me derretía. Y sus dedos, su forma de deslizarlos por mi cabeza, como si aquella caricia pudiera atravesarme el alma.
—¿Besarme? —Mi petición le arrancó una sonrisa.
—Tengo hambre ¿comemos algo? —Esta mujer sí que sabía cambiar radicalmente no solo la conversación, sino el ambiente. Se alejó de mí, para fingir que la mesita frente al sofá era tremendamente interesante.
—¿Qué te apetece? —saqué mi teléfono, dispuesto a rebuscar en internet locales cercanos que estuviesen abiertos.
—Tortilla de calabacín.
—¿Qué? —En toda mi vida había oído que existiese algo como eso. —¿Dónde sirven eso?
—Aquí. Voy a cocinar para ti.
Si tienes que recorrer media ciudad buscando una tienda abierta las 24 horas, porque una mujer te dice que va a cocinar para ti, tú solo lo haces. Una oportunidad como esa se presenta muy pocas veces. ¿Quién no quiere saborear comida casera? ¿Vale la pena? Rotundamente sí.
—La mejor manera de inaugurar una cocina —metí el último trozo de tortilla en mi boca. De no ser una manera segura de hacerla salir corriendo, habría lamido el plato.
—Todavía no hemos terminado. —Tragué la bola que se había quedado atascada en mi garganta. Di que quieres estrenar la encimera de la cocina con nosotros dos encima de ella, supliqué.
—¿No?
—El lavavajillas te lo dejo a ti. —Traviesa.
—Contaba con ello. —Tomé los platos para llevarlos a lavar.
—Y ya puestos, espero que, como buen anfitrión, me cedas tu cama —alcé una ceja hacia ella. ¿De verdad estaba sugiriendo…?—. Es tarde, y ya hemos perdido demasiado tiempo de sueño yendo de aquí para allá. Si fueras un caballero, no le quitarías a una dama sus necesarias horas de terapia reparadora. —¿Estaba coqueteando conmigo?
—¿Toda la cama, o solo una parte? —Tenía que preguntarlo.
—Solo dormir, Tucker, solo dormir. —Besó mis labios de camino a mi habitación.
No he recogido una mesa en menos tiempo, al menos sin utilizar una granada. Metí todo en el lavavajillas, y corrí para ir a su encuentro. La encontré metiéndose bajo las sábanas. Me quité rápidamente las botas, el resto de la ropa, y corrí al baño para lavarme los dientes. Tenía que comprar un cepillo extra. Solté el aire, y me dirigí a la habitación.
—Espero que no ronques —dijo de espaldas a mí.
—No sabría decirte, nadie con el que he dormido se ha quejado. —Su cabeza giró para mirarme.
—¿En serio?
—Últimamente solía dormir con varios hombres en el mismo barracón. Probablemente más de uno roncaba, pero no puedo decirte si yo era uno de ellos. —Me acurruqué muy cerquita de su cuerpo. Estaba algo fresquita, justo lo que necesita un cuerpo caliente en un desierto como Nevada.
—Bueno. No dejes que coja frío y te perdonaré lo otro. —Pasé mi brazo por su cintura, para acercarla a mi cuerpo tanto como pude. Manteniendo a raya a mi impertinente amigo de ahí abajo, por supuesto.
—Cuidaré de ti, pequeña, lo prometo. —Y pensaba cumplir con esa promesa.
He dormido en lugares difíciles, incómodos, y en todos he conciliado el sueño. Pero dormir con Becca fue diferente a todo lo que pudiese imaginar. No dormí bien porque el colchón fuese cómodo, ni fue porque me sentía seguro con aquella puerta de particular blindaje, ni porque después de mucho tiempo sintiera que aquella casa era mía. Sino porque ella hacía que todo fuese un añadido. Quiero decir, que si estaba ella, me sentía bien, tranquilo, en paz, a gusto, completo. Becca era como ese viejo y maltrecho peluche al que me aferraba de niño cuando iba a dormir, como si él pudiese protegerme de los gritos y golpes del otro lado de la puerta. Ahora entiendo que ese objeto por sí solo no podía hacer nada, pero en aquel entonces, era todo lo que tenía para mantenerme a flote.
Becca era mi salvavidas en aquella ciudad, en mi perdida vida. Ella era la roca que me mantendría a salvo de la tormenta, el hogar al que regresar después de cada día. No tenía dudas, ella era la que convertiría mi apartamento en un hogar. Y por primera vez en mi vida lo quería, lo necesitaba, lo deseaba. Me daba igual el precio que tuviese que pagar por tenerlo, Becca lo merecía. Ahora solo tenía que convencerla para quedarse junto a mí. ¿Merecerlo? No, no lo merezco, pero no me importa. Lo quiero, y lo tendré.