Porque tenía la mascarilla puesta, que si no parecería una niña que ve por primera vez la noria de un parque de atracciones. ¿De verdad mi tía Desiré vivía en aquella enorme mansión? No recordaba que nuestra familia fuese así de rica.
—No te quedes ahí parada. —Sentí el pequeño azote en el trasero, que me propinó para obligarme a moverme.
—¿Tú vives aquí? —Tenía que cerciorarme.
—Ahora tú también vas a hacerlo. —La vi atravesar la puerta de madera, que sostenía una mujer con uniforme. ¡Madre mía! Tenían servicio y todo.
Aferré con fuerza la correa de mi bolsa, en la que llevaba mi más preciado tesoro; mi ordenador portátil, y seguí los pasos de mi tía.
—Buenas noches, señorita. —saludó la mujer de la puerta.
—Dorothy, esta es mi sobrina, Dennise. Denise, esta es Dorothy, el ama de llaves de Robert. Cualquier cosa que necesites, ella es la persona a la que tienes que pedírselo. —Desiré sonreía mientras se retiraba la mascarilla.
—¿Necesita algo más, doctora? —dijo Esteve mientras dejaba el resto de mis cosas junto a la puerta.
—No, gracias, eso es todo. ¿Tendrás suficiente con los test que te he conseguido? —preguntó mi tía al paramédico.
—Sí, gracias. Le agradezco el que me los haya facilitado. —Estaba claro que ellos dos habían llegado a un acuerdo por sus servicios.
—Si necesitas alguno más, me lo dices. Quizás pueda conseguir alguno más.
—Gracias.
—Cuídate. —Los ojos de la tía parecían realmente preocupados por él.
—Lo haré. —Él llevaba una sonrisa bajo su mascarilla cuando se fue.
—Ya estáis aquí. —Un hombre en mangas de camisa bajaba por las escaleras hacia nosotras.
—Negativo. —Desiré alzó los test que nos habíamos hecho durante el trayecto. A mí me dejó muy tranquila el saber que no estaba infectada de Covid.
—Menos mal, habría sido muy duro estar dos semanas separado de ti. —La tía pasó los brazos alrededor del cuello del hombre, que la abrazó con ganas. Realmente la había echado de menos. ¿Cuánto tiempo habrían pasado sin verse?
Después de darse algunos besos de esos dulces, ya saben, nada escandalosos, sino tiernos, Desiré tiró de su mano para acercarlo a mí.
—Quiero presentarte a alguien. Dennise, este es Robert, nuestro anfitrión, y tu mecenas. —Así que él era el que había costeado mi matrícula en Yale. Con una casa como esta, seguro que podía permitírselo.
—Un placer conocerte, Dennise. Desiré habla maravillas sobre ti. —Estiró la mano hacia mí, para saludarme de manera formal. Yo correspondía a su gesto.
—Encantada de conocerte, Robert. —No le llamé de usted, porque desconocía completamente su apellido, y no me pareció apropiado tratarle de señor, era demasiado formal si iba a vivir en su casa, y además mi tía y él parecían tratarse con mucho afecto.
—Hola. —Alcé la vista para ver a una chica más o menos de mi edad bajando los últimos escalones de la escalera. Su paso lento y elegante parecía muy estudiado, incluso su aspecto era refinado y demasiado perfecto para esas horas de la noche. Algo me decía que nos habían estado esperando. Pero el motivo no parecía ser porque estuviese ansiosa por conocer a su nueva compañera de casa, era más bien como si estudiase a una rival. ¡Mierda!, ¿dónde me había traído la tía Desiré?
—¡Ah!, Eli, creí que estabas en la cama. —Robert extendió la mano hacia ella, conminándola a acercarse a él. —Dennise, esta es mi hija Elisabeth. Estudia segundo de Historia del Arte en Yale. —La chica estiró el cuello con altanería.
—Encantada de conocerte. —Estiré la mano para saludarle, igual que hijo su padre antes conmigo. Ella aceptó el saludo, pero su apretón fue más breve, desganado. Como pensaba, no le caía bien, y ella no tenía ningún reparo en dejármelo claro.
—Lo mismo digo. —respondió sin emoción.
—Supongo que traeréis hambre. Dorothy os ha dejado algo ligero. —Robert indicó el camino de la cocina con cortesía.
—Tengo tanta hambre que me comería una vaca. —dijo en broma Desiré. Sonrió a Robert, pero cuando este no miraba, me hizo un gesto extraño con los párpados, como diciendo “ya te contaré”. Más le valía, porque este tipo de cosas podía habérmelas comentado durante el camino.
Eli y Robert no comieron nada, pero permanecieron con nosotras mientras manteníamos una charla insustancial sobre Columbia y las restricciones que se habían aplicado allí. Eli me puso al día sobre las diferencias con Yale, para que fuese preparándome. Campus diferentes, medidas diferentes, aunque no demasiado.
Alguien se había encargado de subir mis cosas a mi nueva habitación, supuse que Dorothy, pero no me dispuse a deshacer el equipaje, era demasiado tarde. Rebusqué entre mis cosas y saqué mi pijama y mis útiles de aseo, ayudada por la tía Desiré. Practicante había hecho ella mi maleta, así que sabía perfectamente dónde había guardado lo que iba a necesitar para esa noche.
—Descansa bien esta noche, cariño. Mañana arreglaremos lo de traspasar tu expediente académico con administración. —Sus dedos arrastraron un mechón de mi cabello, para colocarlo detrás de la oreja.
—No le caigo bien. —susurré. Esperaba que Eli no estuviese escuchando detrás de la puerta, aunque no me sorprendería.
—No es a ti a quien odia, sino a mí.
—¿A ti? —pregunté curiosa. ¿Quién odiaría a una mujer tan cariñosa y dulce como la tía Desiré?
—Verás, las niñas siempre quieren a sus papás para ellas. Que su padre y yo empezáramos a salir no le cayó demasiado bien. El divorcio de sus padres lo tenía más o menos asumido, pero siempre albergó la esperanza de que ellos se reconciliasen. Cuando su madre se echó novio, comprendió que eso no era posible. Así que se aferró a su padre. Él siempre la ha consentido y mimado, así que ella vivía en su propio cuento de hadas, hasta que aparecí yo. Ya sabes, la madrastra siempre es la mala del cuento.
—Eso es porque no te conoce. —la defendí.
—Cuando madure un poco más entenderá que no soy su enemiga, pero hasta entonces, no puedo meterme en esa batalla. No tengo fuerzas para pelear con una chica de 19, dos proyectos y una pandemia.
—Si puedo ayudarte en algo, sabes que lo haré. —Eli me odiaba, pero ya saben, es más fácil encontrar puntos en común con alguien de tu edad que con una mujer que casi le saca más de 15 años.
—Déjame a Eli a mí. Tú tienes otras cosas en las que preocuparte. Eso me recordó…
—Supongo que no estás hablando solo de mi último trimestre académico. —Noté el brillo en los ojos de mi tía.
—Ese otro proyecto lo iremos desarrollando poco a poco. Tú confía en mí, lograremos tus objetivos—se inclinó hacia mi oído para susurrar—. Los dos tendrán lo que se merecen.
La sonrisa que me dedicó fue como la de los malos de las películas, y me gustó estar en ese bando. Cuando volviese a cruzarme con Ray y Diana, estaría preparada y sería mala con ellos, muy mala. Otra vez resonó esa risa maléfica en mi cabeza.
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