La maniobra de desestabilización del enemigo funcionó, no podía ser de otra manera. Pero como todo, depende de su fortaleza el recuperarse rápido. No podía darles ese tiempo para hacerlo, debía golpear antes de que alzaran los puños para golpear.
No les dio apenas tiempo de reaccionar cuando nos vieron allí, esperando. Como supuse, esa hora se convirtió en la mitad, porque ellos querrían prepararse para recibirnos, ya se sabe, todos presentes, con una idea en mente y concentrados. Es como los deportistas profesionales antes de lanzarse a por su objetivo o entrar en el juego. La concentración hace que estén dentro del partido antes de que este haya empezado, y esos primeros minutos pueden ser determinantes en el resultado.
Con las negociaciones pasa lo mismo. Todo el equipo está centrado en alcanzar su objetivo. Por eso una maniobra que te desconcentre, que aparte tu focalización del objetivo, puede ser crucial. Si el enemigo golpea, puede ganar la batalla antes de que te des cuenta.
Antes de que el equipo de Abbot tuviese tiempo de agruparse, ya los estábamos llevando a la sala de reuniones. Y apenas se hubieron sentado frente a nosotros, extendí las dos copias de los contratos que teníamos; su propuesta y la nuestra.
—¿Esto qué significa? —Seguramente Abbot pensaba que sería una charla en la que iríamos haciendo peticiones, no que les daríamos el contrato ya cerrado.
—Esta es vuestra propuesta, y esta nuestra contraoferta. —Toqué cada contrato mientras los mencionaba. —Ahora negociemos. —No me pasó desapercibida la expresión que había en las caras de todos ellos; desconcierto. Seguramente pensaban que estaba de su bando, pero acababan de descubrir que no era así.
—¿Tú vas a negociar con nosotros? —preguntó estupefacto y algo descolocado el tipo que me dio el contrato de Jonas. Según nos presentaron, se llamaba Mortimer Schullz.
—El señor Sanders me ha contratado como asesora para esta negociación. —clarifiqué. —Así que, si no tienen otra pregunta que no sea sobre el asunto que nos ha reunido aquí—señalé con un par de golpecitos sobre nuestra oferta—doy por entendido que no hay más que negociar. —ellos podían entender dos cosas, o que aceptaban nuestra oferta tal cual, o que la rechazaban completamente, motivo por el que nos levantaríamos de la mesa de negociación y nos iríamos.
Nadie se levantó de aquella mesa en un buen rato.
—Bueno, señores, no podemos alargar esto mucho más. El señor Sanders tiene un vuelo que tomar, y con las medidas de seguridad de los aeropuertos, eso supone que tenga que estar allí con bastante tiempo de antelación. —No tenía ni idea de a qué hora sería ese vuelo, no lo habíamos comentado previamente, pero no estaba mintiendo realmente, porque no les dije a qué hora sería.
Abbot y el director de los Whale cruzaron miradas. La situación no les encantaba, pero podrían cumplir con las concesiones que finalmente habíamos acordado. Si querían a Jonas durante los dos próximos años, tendría que ser con las cláusulas que habíamos estado ajustando hasta ese momento. Nosotros no pensábamos ceder más, y Jonas lo entendió así, porque me apoyó en silencio.
—Está bien. Cerramos el acuerdo. —Cedió el director de los Whale, con el beneplácito de Abbot.
—Perfecto. —Repasé en mi teléfono el documento que tenía en mi correo, y que había dejado a medio terminar, en previsión de los cambios que pudiesen producirse. Con las cifras correctas, le envié una copia al correo de Mortimer.
—Entonces supongo que debo darte la bienvenida al club —Abbot se puso en pie, tendiéndole la mano a Jonas por encima de la mesa.
—Eso será efectivo cuando hayamos firmado. —les interrumpí. —Te he enviado la copia modificada a tu correo, Mortimer. Si la imprimes, podemos dejar esto zanjado ahora mismo. —Le sonreí afablemente, pero dejando en el aire ese dominio que siempre había tenido durante la reunión. Ellos intentaron llevar las riendas, pero no se lo permití. ¿Agresiva? Soy joven, enérgica e inexperta, no podía detenerme a pensar si lo que hacía era socialmente correcto.
—Iré a imprimirlo. —Mortimer le dedicó una mirada asesina a Abbot, pero no lo suficientemente agresiva como para intimidarle, a fin de cuentas, Abbot era el jefe.
Salieron juntos, pero no les perdí de vista en todo momento. Una suerte de que aquellas oficinas tuvieran los despachos separados por paredes transparentes. No podía oírlos mientras hablaban, pero sí grabarlos, algo que hice disimuladamente. Y si quieren saber por qué, es sencillo, ¿saben que existen aplicaciones que leen los labios? Exacto, podía averiguar parte de lo que habían comentado.
Después de la firma del contrato, Jonas y Abbot por fin cerraron el acuerdo con un apretón de manos. Le siguieron algunos cumplidos, los deseos de dar lo mejor en el campo de juego, y ese tipo de cosas.
Cuando por fin estuvimos a solas, de camino a la sala de espera donde nos aguardaba Susan, Jonas se atrevió a soltar toda esa tensión que había contenido.
—Creí que no cederían. —reconoció.
—No ha sido fácil, pero lo hemos conseguido. —si él había estado nervioso, yo mucho más, solo que no me permití exteriorizarlo. Al enemigo no hay que dejarle ver que eres vulnerable.
—Esto tenemos que celebrarlo. —sugirió Jonas. ¿Por qué me miraba como si fuese a besarme?, ¡oh, porras!
—¿Cómo ha ido? —Salvada por Susan y su entusiasta impaciencia.
—Lo hemos conseguido. —respondió su hermano.
—¡Bien! —Susan sacudió los puños con fuerza.
—Vamos a… —Jonas no pudo terminar la frase, en la que seguramente insistiría en esa celebración.
—¡Dennise! —llamó Abbot mientras se acercaba a nosotros a paso rápido.
—¿Sí? —respondí.
—¿Podríamos hablar contigo? —Sopesé con rapidez si aceptar o no esa charla. Seguramente sería un reproche o algo parecido. Pero mis padres no educaron a una cobarde. Y como me había mantenido con el control desde un principio, decidí que era momento de cederlo.
—De acuerdo. —me giré hacia los hermanos Sanders para despedirme—Tenéis que coger ese avión, así que nos mantendremos en contacto. —Era mi despedida. Pude notar las ganas de Susan de estrujarme en un efusivo abrazo, pero su hermano la contuvo, adelantándose con un gesto más profesional.
—Hablaremos pronto. —me estrechó la mano como despedida. —Y espero que su departamento de contabilidad contacte conmigo. —le estrechó la mano a Abbot de igual manera.
Observamos como se alejaban hacia los ascensores, y fue entonces cuando Abbot por fin habló de lo que le interesaba tratar conmigo
—He estado hablando con nuestro equipo legal, y nos interesaría contar sangre nueva que aporte un punto de vista fresco como has hecho hoy. ¿Te interesaría trabajar con nosotros, aquí en Connecticut?
—Sería un placer, Abbot.
Poco después descubrí que Mortimer había luchado contra ello, pero se vio obligado a aceptarme como becaria. El sueldo no era gran cosa, y me comía mucha morralla, pero la experiencia, y el acceso a los cientos de contratos que podía consultar de sus archivos, compensaron ampliamente la carencia económica.
¿Quieren saber qué le dijo Abbot a Mortimer cuando se escabulleron? Más o menos vendría a ser algo como “… esa niñata nos ha puesto contra las cuerdas, así que no te atrevas a decir que puedes destrozarla si conseguimos más tiempo. Si Sanders se la lleva a una negociación con otro equipo, puede que consiga más y nos quedemos fuera. Así que cierra el pico y vamos a firmar”.