Repasé la hilera de libros que tenía en mi estantería. Me negué a que fuesen nuevos, me servían unos de segunda mano, como los que se pueden encontrar en el banco de libros de la universidad. Pero no por ello dejaban de tener ese magnetismo de las cosas nuevas, para mí lo eran. Todo el conocimiento que estaba entre sus páginas era desconocido para mí, aunque sería por poco tiempo.
—¿Estás lista? —Giré el rostro hacia la voz que provenía de la puerta de mi habitación, Desiré me sonreía de esa manera que avisaba de que lo que venía me iba a gustar.
—¿Para qué? —Esperaba que no fuese una costumbre de ricos, como vestirse apropiadamente para la cena. Primero, porque eso ya no se utilizaba, ¿o sí? Y segundo, porque era realmente muy pronto.
—Para nuestros ejercicios. —Me fijé en su atuendo; llevaba unas mallas de deporte y una camiseta de manga corta.
—¿Ahora? —Me había comentado que tenía que trabajar mi físico, pero no esperaba que fuese precisamente el mismo día.
—Ponte algo cómodo. Por ser tu primer día, seré indulgente contigo. —Después de media hora, a mi cuerpo no le pareció que lo fuera.
Dolía, pero no en plan “me he roto algo”, sino más bien como “ya es hora de que te dieses cuenta de que existimos”. Lo que no se usa se atrofia, y yo tenía músculos que no había usado en mi vida. Al día siguiente no solo tendría agujetas en lugares que ni siquiera sabía que podían tenerse. ¡Diablos!, ni siquiera imaginaba que tuviese músculos en esos lugares. Pero como dijo Desiré, no has hecho bien tus ejercicios de Pilates si al día siguiente no tienes agujetas. Doy fe de que debí hacerlos a la perfección.
Casi parecía una abuela de 95 años con reuma avanzado, mientras recogíamos los aparatos que habíamos utilizado para ejercitarnos. El único al que podría perdonarle por existir, era aquella pelota gigante en la que había estirado mi espalda. Al resto los odiaría para toda la eternidad.
—Estoy molida —escapó de mis labios, mientras trataba de enderezarme sin mucho éxito.
—Te acostumbrarás. —dijo mi tía con una sonrisa.
—Voy a meterme bajo la ducha de agua caliente durante una o dos horas.
—Apenas has sudado. —¿En serio? Pues me sentía como si hubiese escalado el K2.
—Primitivo. —La voz de Eli llegó desde la entrada a la sala de ejercicios en la que estábamos. Nos observaba con un gesto de repugnancia y superioridad que era difícil de ignorar. Estaba claro que sabía que su padre no le recriminaría ese gesto, porque no estaba presente. Esta era la Eli que escondía a todo el mundo, estaba segura.
—Mi invitación sigue vigente, Eli. Puedes unirte cuando quieras. —Aquel comentario me dijo que la tía Desiré había tratado de incluirla en sus actividades. Pero está claro que si alguien te odia, no hará el mínimo esfuerzo por ser tu amigo.
—No, gracias. Prefiero seguir con lo mío. —Se dio la vuelta para irse, llevándose consigo su nariz arrugada.
—¿Qué es lo suyo? —pregunté curiosa.
—Básicamente no comer, sesiones de presoterapia y cualquier técnica estética que esté de moda y cueste un pastizal. Su padre no es capaz de negarle nada a su pequeña. —La expresión de Desiré se tornó triste. —Algún día se dará cuenta de que no tiene que comprar el afecto de Eli con dinero, porque no es a él a quien querrá, sino a su cartera.
—Supongo que todos los padres divorciados hacen lo mismo, malcriar a sus hijos para ganarse su afecto por encima del otro progenitor. —Al menos es lo que siempre pasa.
—Robert no lo hace por competir con su exmujer, sino porque se siente culpable.
—¿Fue su culpa el que se rompiese el matrimonio? —Muchas cosas pueden romper una relación: una infidelidad, el fin del amor, o descubrir que no te has casado con la persona que creías. Mi relación con Ray se rompió por todo ello a la vez.
—Si hay que culpar a alguien, diría que fueron las expectativas. —Eso estaba fuera de cualquier motivo que hubiese esperado.
—¿Expectativas? —Desiré me tendió una botella de agua y me empujó para que saliéramos de la sala de ejercicio.
—Eran muy jóvenes, y ambos esperaban algo diferente de un matrimonio. Ella pensó que su marido pagaría un ritmo de vida más alto al que estaba acostumbrada, sin tener que aportar nada más que un hijo. Y él quería una compañera, una amiga con la que compartir la carga del día a día, y no una hija adolescente a la que satisfacer sus caprichos. Y si te preguntas cómo es la ex de Robert, solo tienes que ponerle un par de décadas más encima a Eli.
—¿Una muñeca de exposición por fuera, y una víbora caprichosa y retorcida por dentro? —Mi observación arrancó una carcajada de Desiré.
—Tienes un don para catalogar a la gente. —Ya, con Ray no acerté precisamente. Pero en mi defensa diré que con Eli era fácil, ella no fingía tan bien como lo hizo Ray.
—No a toda. —Su sonrisa se desdibujó.
—Aprenderás, la vida es una gran maestra. —Pasó su brazo por mis hombros, para luego aprisionar mi cuello y pegarme a ella de forma traviesa. —Y ahora vamos a por esa ducha. Tengo planes para esta noche. —Me guiñó un ojo de forma cómplice.
—Estamos en plena pandemia, no puedes salir por ahí. —La acusé.
—¿Quién ha dicho nada de salir? —Me dio un cariñoso azote en el trasero.
¿Por qué me sorprendía? En la mansión había de todo para no necesitar salir al exterior en su busca. Si quería tener una cena romántica con su marido, no solo le prepararían una cena deliciosa en un lugar íntimo, sino que después no tendría que esperar a llegar a casa si la cosa se calentaba. ¿Por qué pensaba en esas cosas? Sacudí la cabeza para sacarme esas ideas de novela romántica de la cabeza.
Puede que la tía Desiré hubiese encontrado a su príncipe, uno con el que vivir ese cuento especial que se merecía. Pero mi objetivo no era ese, sino cobrarme una deuda que tenía con esa persona que rompió mi “felices para siempre”. Los cuentos con finales felices ya no eran para mí.
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