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    Capítulo 14

    04/03/2026

    Varios meses después…

    No podía dejar de mirar mi reflejo en el espejo, admirando los cambios que se habían producido en mi cuerpo en este tiempo. Mi figura había tomado forma, mi carne estaba más prieta, y los músculos estaban más definidos, que no abultados, eran… Toda yo era una versión bastante mejorada. Ya no tenía un cuerpo de adolescente, me estaba convirtiendo en una mujer, pero no en una cualquiera, sino en más fuerte. Y no me refiero a la fuerza de mis músculos, sino a lo que transmitía.

    Pero el gran cambio no estaba en el exterior, sino dentro de mí, y podía verse en mis ojos. Tenía más seguridad, más confianza, y sobre todo me sentía más poderosa. Apenas estaba a mitad de camino del plan maestro que Desiré había preparado para mí, pero ya podía decir que estaba cumpliendo los objetivos marcados.

    Terminé de vestirme para esa salida que teníamos programada al club de campo. La vida estaba de nuevo regresando a esa normalidad que cacareaban los medios, y la gente estaba desesperada por volver a lo de antes, incluso diría que todos teníamos más ganas de salir y respirar esa libertad que no supimos apreciar. Nada como que te quiten algo para valorarlo más.

    Yo nunca fui de ir a ese tipo de sitios de gente adinerada y elitista, pero Desiré me dijo que no era un acto al azar, teníamos que empezar a conseguir esos contactos que necesitaría para el futuro, y nada como acudir a un punto de encuentro social donde se reunirían la flor y nata de las élites. Seguro que habría alguien importante que me interesaría conocer. El tejido empresarial se basa no solo en los productos o el valor de la empresa, sino también en los contactos que tengas.

    Revisé de nuevo la ropa que iba a ponerme; algo elegante, sobrio, pero sin dejar atrás esa parte juvenil que resultaría innocua para la gente mayor. Reconozcámoslo, un hombre de negocios se prepara para la guerra cuando entra en modo negocios, pero se siente relajado y más receptivo a los contactos cuando no advierte peligro, y eso ocurre cuando ves a una chica bonita que apenas acaba de salir del cascarón. Es más, muchos se sentirían importantes por el simple hecho de abrirle la puerta hacia ese nuevo mundo desconocido para ella. A los hombres ricos e importantes les encanta hacerse el Pigmalión.

    El vestido estaba bien, pero lo que definía realmente el conjunto eran los zapatos; unos inocentes zapatos de salón sin tacón. Los hombres enseguida relacionen zapatos de tacón alto y estilizado con algún sueño erótico. Un zapato sobrio y carente de sexapil me ayudarían a transmitir esa imagen inocente y aniñada que buscaba, la que decía “Eh, estoy a punto de saltar al mundo de los adultos, ¿puedes guiarme?”.

    Mientras caminaba por el pasillo, en dirección a las escaleras que llevaban a la parte baja, me di cuenta de que Desiré estaba medio oculta, a todas luces escuchando la conversación a gritos que estaban manteniendo Eli y su padre. Me acerqué a ella con sigilo, tomando su mano para indicarla que estaba allí. Me hizo un gesto con la cabeza para que yo también escuchara.

    —No puedes mantenerme aquí encerrada hasta que a ti te dé la gana, soy una adulta. —gritó Eli a pleno pulmón. Debían llevar un rato discutiendo, porque su tono sonaba demasiado crispado.

    —Una adulta se paga sus facturas. —Robert también parecía enfadado.

    —Cuando cumpla los veintiuno me iré de esta casa y no volverás a verme, jamás. —Casi esperé escuchar un portazo, porque era de ese tipo de frases con los que uno terma la conversación.

    Desiré tiró de mí, para que ambas apareciésemos en lo alto de las escaleras. Empezamos a descender, para cruzarnos a mitad de camino con una Eli que pisaba con odio cada escalón. La mirada que nos dedicó, sobre todo a Desiré, podría haber provocado sangre.

    Desiré me detuvo con un gesto, para que no entrase al salón al mismo tiempo que ella. Estaba claro que necesitaba mantener una charla en privado con Robert. Otra cosa es que yo me quedase escuchando. Justo en el momento que Desiré estaba cruzando el umbral de entrada, escuchamos un fuerte portazo en la planta superior. No hacía falta ser un genio para deducir que esa había sido Eli entrando en su habitación, o mejor dicho, declarando de forma violenta que estaba enfadada.

    —No puedo con ella. —Escuché suspirar a Robert, derrotado.

    —Os estáis haciendo daño sin necesidad. —La voz de la tía era suave, conciliadora.

    —Es ella y sus caprichos los que lo ponen difícil. —protestó. Escuché el crujido del sofá cuando se sentaron.

    —Tiene razón en una cosa. Cuando sea mayor de edad podrá hacer lo que quiera y no podrás impedírselo.

    —No podrá hacer nada si le cierro la tarjeta de crédito. —contraatacó ofuscado.

    —Si quiere irse, yo le dejaría, pero con tus condiciones.

    —¿Qué quieres decir? —preguntó curioso.

    —Entiéndela, no pudo regresar a la independencia de su hermandad, el confinamiento y su padre le quitaron eso. Está desesperada porque cree que está perdiendo esas experiencias que se viven a los 19. El tiempo pasa, y cada año tiene sus propias expectativas. No podrá recuperar lo perdido, porque esa madurez la alcanzará antes de haber sido libre, como ella quiere.

    —Pero era por su seguridad. Su madre me mataría si le ocurre algo a Eli mientras está bajo mi cuidado.

    —Ya está vacunada, se siente lo suficientemente segura como para volver a vivir su adolescencia. Pero el caso aquí es lo que os está separando, y eso no es otra cosa que lo mismo de siempre, da igual el covid. Ella quiere independencia, alejarse del control paterno.

    —Y yo quiero su seguridad. Todavía no es seguro que vuelva a su hermandad con toda esa gente. —Según los científicos, lo que había que hacer era mantener las medidas de distanciamiento social con personas distintas a nuestro círculo.

    —¿Y qué tal si le das esa libertad de otra manera?

    —¿A qué te refieres?

    —El contrato de mi apartamento todavía sigue vigente. No podía dejar de pagar el alquiler o perdería la fianza de cuatro meses. —Se justificó, al tiempo que dejaba en el aire la sugerencia.

    —¿Estás sugiriendo que Eli ocupe tu apartamento?

    —Si era bueno y seguro para mí, lo sería para ella.

    —No sé. —Podía imaginar a Robert rascándose la nuca mientras lo sopesaba.

    —Puede que lleve alguna compañera o amigo a su piso, pero ya se dará cuenta de que tiene a la Gestapo como vecinos.

    —¿Qué quieres decir?

    —Que no es precisamente una fraternidad o una residencia de estudiantes. Hay algunos vecinos mayores que se encargarán de recordarle que ese tipo de visitas, o el ruido de música alta, no son toleradas. Si no he olvidado a la señora Harris, ella y su perrito pekinés estarán golpeado su puerta a la menor infracción.

    —Eso suena bien. —No creo que le pareciese igual de bien a Eli.

    —Además, viviendo en su propio apartamento, nadie se encargará de las tareas que aquí realiza Dorothy. Tendrá que apañárselas por su cuenta.  —Ya, con una línea de crédito, seguro que contrataría a alguien para que le limpiase la casa. Las niñas pijas siempre serán niñas pijas.

    —Si limito el crédito de su tarjeta  se verá obligada a ajustar su presupuesto a lo estrictamente necesario. —Y si conocía a Eli, seguramente eso serían cosméticos de calidad y ropa cara. Pero como decía mi madre, puedes no limpiar, pero cuando los bichos empiecen a corretear a tu alrededor, o huelas como un cadáver, ya verás como limpias.

    —Nada como la vida real para asimilar una buena clase de economía doméstica. —¿Desiré estaba sonriendo? Oh, era malvada.

    —No creo que acepte ir a vivir a tu apartamento. —reconoció Robert con frustración.

    —Eso déjamelo a mí. Sabes que se me da bien ese tipo de negociaciones. —Pues claro, ella era especialista en hacer que los potentados ricachones hiciesen donaciones a la universidad. Seguro que convencería a Eli para que aceptase la oferta.

    —Pero yo pagaré el alquiler de tu apartamento, y eso no es negociable.

    —Oh, eso no…

    —Y deberías habérmelo comentado. No quiero que soportes gastos innecesarios, sobre todo porque es mi culpa el que cambiases de residencia. —¿Su tono era acaramelado? Seguro que la estaba abrazando.

    —Tampoco pensaba renovar mi contrato. —Me asomé un poco, para ver a la tía Desiré con los brazos alrededor del cuello de un encantado Robert.

    —Eres la señora Williams, es mi privilegio cuidar de ti. De los dos. —¡Oh, mierda! Le estaba mirando el estómago. ¿Quería decir que…?

    —Otro motivo más para que Eli se vaya de casa. No podré lidiar con dos bebés caprichosos al mismo tiempo. —Embarazada, estaba embarazada.

    —Tarde o temprano se va a enterar, Desiré.

    —¿No podemos esperar a que el bebé haya salido? El embarazo ya será bastante duro, no quiero tener a tu ex mujer llamando cada dos por tres para amargarme la existencia.

    —Rebeca no se acercará a ti, ni a nuestro bebé, te lo prometo.

    —Bien, porque no quiero tener que explicar a Eli el motivo por el que su madre tiene una orden de alejamiento de mi persona. —Yo misma solicitaría esa orden, a fin de cuentas, ya era una abogada.

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    3 Comments
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    3 Comments

  • Reply Capítulo 13 – Iris Boo 04/03/2026 at 17:01

    […] Seguir leyendo […]

  • Reply Ana 05/03/2026 at 20:49

    Ah más secretos jijiji, pero que bomba para Eli. Así aprenderá a valorar las cosas

  • Reply Karen Garcia 07/03/2026 at 16:49

    Me encanta!!! ya quiero saber mas ☺️ gracias

  • Leave a Reply Cancel Reply

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