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    Capítulo 11

    13/08/2026

    ¿Cómo conseguí el teléfono de Becca? Diciéndole que, como amiga, sería a la primera persona a la que querría llamar para decirle que me habían dado el trabajo. No sé si me lo dio porque le di pena, o porque realmente le interesaba como persona. De cualquiera de las maneras, lo tenía.

    Puede sonar un poco rollo acosador, pero estaba frente a su edificio, con el teléfono en la mano, esperando a que ella me cogiera la llamada.

    —¿Por qué me odias? —Su voz somnolienta me dijo que no había sido una gran idea llamarla.

    —Perdóname. Te llamaré más tarde.

    —De eso nada—protestó—. Ya me has despertado, y espero que sea por un buen motivo, o juro que te arrancaré…—¿No era adorable?

    —Me han dado el trabajo.

    —¿Ya? —Noté un crujido al otro lado de la línea, como si se hubiese incorporado bruscamente.

    —Sí.

    —Pero si apenas son las 9 de la mañana, no te ha dado tiempo a hacer esa maltita prueba. Como no haya sido comprobar que te queda bien el uniforme, no me explico que…

    —Nos la hicieron a las 5 de la mañana.

    —¡Joder!, qué cabrones. —Ya me estaba acostumbrando a los comentarios sin filtro de Becca. Ella decía lo que pensaba, sin importar como le sentaría a la otra persona.

    —Me han contratado, así que…

    —Ya, ya. Señores cabrones —solté una carcajada por su comentario.

    —Acabo de firmar los contratos, y me han dado el horario, y la dirección donde tengo que presentarme mañana para empezar a trabajar. —Esperaba que no me preguntase por qué más de un contrato, no podía empezar ocultándole secretos. Se suponía que ella entraba dentro del grupo de personas a las que no podía hablar de mi trabajo, y la primera norma de un contrato de confidencialidad es no mencionar dicho contrato.

    —¿Y el uniforme?

    —No, no me han dado uniforme. —Se suponía que todo el material nos lo entregarían al día siguiente, pero si de algo estaba seguro, es que no habría un uniforme como el que estaba imaginando Becca.

    —¿No?

    —¿Desilusionada?

    —¡Pues claro! Me muero de ganas de verte con él puesto. —Eso despertó mi interés.

    —No serás de esas fetichistas, ¿verdad?

    —¿A qué mujer conoces que no le atraiga un tipo al que le quede bien el uniforme?

    —¿Y tú como sabes que me quedaría bien? —Me estaba divirtiendo esta conversación, porque se estaba inclinando hacia cierto terreno picante.

    —Oh, soldadito. Porque dejabas muy poco a la imaginación con mi camisa encima. —¿Había ronroneado? ¡Mierda!, ese sonido fue directo a mis pelotas.

    —Así que no fue caridad lo que te impulsó a prestármela.

    —No, cariño. Quería saber lo que escondías debajo de aquella anodina camisa azul. —¡Mierda, mierda! Estaba volviendo a jugar conmigo. Esta mujer sabía cómo hacer que picases el anzuelo con el que arrastrarte.

    —¿Y te gustó? —No he dicho que no me apeteciese jugar a mí también.

    —No tienes ni idea lo que me costó no romper mi propia regla. —Podía imaginármela mordisqueando su labio inferior. Definitivamente estaba perdido.

    —¿Qué regla? —escuché su sonrisa.

    —Nada de sexo con chicos calientes a los que acabo de conocer. —“Chicos calientes”, yo le parecía caliente. Pues ella era capaz de incendiarme con solo imaginar su boca. ¡Dios! ¡Qué tortura!

    —Pero ahora somos amigos —le recordé.

    —No soy buena para ti, Tucker. —Su tono serio me desinfló rápidamente, pero no era porque hubiésemos dejado la conversación divertida, si no por la tristeza que noté en su voz.

    —¿No crees que eso debería decidirlo yo? —escuché una risa triste y cansada.

    —¿Y si el que no es bueno para mí eres tú? —Esa pregunta me dejó noqueado.

    —Yo no te haría daño, jamás. —le aseguré. Aunque por un momento olvidé toda la carga que traía detrás. Sí, eso sí que la haría daño. Pero no permitiría que la alcanzase, a ella no. Lo nuestro no tendría que llegar a ser tan serio como para que mi pasado llegase a alcanzarla.

    —Lo sé—sonó cansada—. Tú eres un buen chico, Tucker. Mereces que te quieran, y te cuiden.

    —No soy tan bueno. —reconocí.

    —Lo eres.

    —Apenas nos hemos visto dos veces, Becca. No puedes saberlo.

    —Me has respetado en todo momento, Tucker. No me has pedido más de lo que yo he estado dispuesta a darte, y eso que te he tentado. Eres un buen chico, Tucker. Y de esos no se ven muchos por aquí. —¿Malas experiencias en el pasado? Estaba seguro de que así era. Apreté los dientes, aguantándome las ganas de romperle la cara a ese desgraciado que la había hecho pensar así. Por desgracia, tendría que descargar esa ira golpeando algún objeto inerte, como un saco de boxeo.

    —No vayas por ahí, Becca.

    —¿Que no vaya por dónde?

    —No vas a romper nuestra amistad, o lo que sea que tengamos, por pensamientos derrotistas como esos.

    —Tucker. —Sonó como una súplica.

    —No. Soy un soldado, Becca, no me rindo con facilidad. Así que ya puedes ir haciéndote a la idea de que voy a seguir aquí, no me vas a asustar tan facilmente. Si quieres mandarme a la mierda tendrás que ser más contundente.

    —Tucker.

    —He caminado durante dos días por el desierto, con solo media cantimplora de agua y un GPS estropeado. Si no me rendí entonces, no voy a hacerlo porque tengas un bajo concepto de ti misma.

    —Tucker. —Estaba funcionando, su voz no sonaba a punto de ceder.

    —Solo el simple hecho de avisarme significa que tienes buen corazón, no quieres lastimarme, y como bien has dicho, no hay mucha gente que piense en los demás y no en su propio beneficio. Y eso, pequeña, es todo lo que necesito para saber que mereces la pena —dije tajante.

    —Tucker, Tucker. ¿Qué he hecho yo para que me veas así? —¿Había vuelto a sonreír?

    —Existir, pequeña. Solo existir. —Esperé unos segundos en los que el silencio me envolvió con esperanza.

    —Si estuvieses aquí, te estrujaría como el enorme osito de peluche que eres.

    —Pues entonces ábreme la puerta, pequeña, porque estoy aquí fuera.

    —¡¿Aquí?! —se sobresaltó.

    —En la calle, no sé si bajo tu ventana, porque no tengo ni idea de cuál es tu apartamento. Pero estoy delante de tu portal, así que dime a que timbre debo llamar para que me abras. —Miré a ambos lados de la calle antes de cruzar. Menos mal que esta no era una calle principal, porque mi integridad correría peligro.

    —Oh, Romeo, Romeo. ¿Por qué eres tú Romeo?

    —¿Me estás recitando Romeo y Julieta? —Evité que me atropellara un sedán antes de alcanzar la otra acera, mientras trataba de recordar lo que había aprendido sobre esa obra de Shakespeare.

    —Eres tú el que ha empezado a ponerse romántico —me acusó—. No puedes decirle esas cosas a una chica, y pensar que no se va a poner a volar entre nubes de algodón azucarado.

    —El piso —le urgí cuando alcancé el portal.

    —Quinto F. —No tardé ni un segundo en llamar un par de veces.

    —Voy, voy. Que impaciente. Dame tiempo a llegar. —¿Desesperado? Totalmente.

    En cuanto el chirrido de la puerta me advirtió de que estaba abriendo la empujé. Casi que corrí hacia el ascensor. Ocupado. No podía esperar, así que subí por las escaleras sin bajar el ritmo, de dos en dos casi hasta el final. De algo tenía que servir el entrenamiento infernal al que nos sometían en el ejército.

    Me planté frente a su puerta, respiré profundamente y me dispuse a llamar. No llegué a hacerlo. Su sonrisa fue lo primero que vi, lo único que vi, antes de saltar sobre ella y devorar sus labios. ¡Diablos! Había soñado con esto desde que la conocí.

    • Capítulo 10

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