Aunque Yale era diferente a Columbia, todos los campus universitarios en el fondo acaban pareciéndose. Y no, no es lo mismo realizar los trámites de registro como otra alumna más, que hacerlo acompañada de la tía Desiré. Con ella no solo no había colas, sino que los funcionarios eran mucho más amables.
—Aquí tiene, doctora Williams. —La secretaria le entregó mi resguardo, en vez de dármelo a mí.
—Gracias, Anette. —Nos retiramos del mostrador con todo el trabajo ya hecho.
—Oye, tía. Todos te llaman doctora Williams, pero se supone que mamá y tú tenéis el mismo apellido, Legrand. —Ella sonrió con algo de timidez.
—Ya sabes que aquí en Estados Unidos las esposas suelen tomar el apellido de su marido.
—¿Marido? ¿Te has casado? —Me sorprendía, porque algo así tendría que habérnoslo dicho al resto de la familia. Ya se sabe, con su ceremonia, banquete… Lo que se suele hacer en una boda.
—Digamos que el confinamiento precipitó la decisión, e hicimos una ceremonia muy sencilla. Solo nosotros dos en el registro civil. Con las medidas de distanciamiento social era imposible hacer una gran boda. Pero cuando todo esto pase, prometo que la haremos, con vestido, tarta y damas de honor. —Apretó mi brazo, como si de esa manera me dijese que yo sería una de ellas.
—El covid ha cambiado mucho las cosas. —convine con ella.
—En mi caso, más de lo que tenía pensado. En solo un mes pasé de quedarme a dormir esporádicamente en casa de Robert, a mudarme allí, casarme en una boda exprés y convertirme en madrastra de una jovencita. Por resumirlo de alguna manera. —Quería saber más, ¿qué le voy a hacer? Me gustan las historias románticas con finales felices, a ser posible con un poco de sustancia que le diese sabor, ya me entienden.
—Muy resumido. —Desiré soltó una carcajada, me tomó el brazo, y nos arrastró a ambas hacia la salida.
—Contarte la historia completa requiere de un lugar tranquilo y algo caliente. —Me gustaba la propuesta, pero con las restricciones eso iba a ser complicado. A menos…
—Podemos hacerlo en casa. —Aunque fuese la mansión de Robert, podía llamarla así, casa.
—No creo que sea precisamente un lugar tranquilo—se inclinó para susurrarme al oído—. Demasiados oídos indiscretos.
—¿Eli? —Creí entender.
—Hay detalles que prefiero que ella no conozca. —Esperaba que esos detalles fueran jugosos.
—Detalles que tu sobrina se muere por conocer. —confesé, provocando que aumentase su sonrisa, o eso suponía. Con la mascarilla hay que suponer esas cosas.
Nos alejamos del edificio de administración, pasamos por una cafetería para tomar un par de cafés y unas galletas para llevar, para terminar en el que era su despacho. Como esperaba, estaba pegado a un laboratorio enorme, donde varios estudiantes seguían realizando experimentos, debidamente pertrechados con sus batas, guantes y mascarillas.
—Salvo por alguna medida extra más, aquí no se han notado las medidas higiénicas por el covid. —Me lo imaginaba. ¿Existe algún lugar más aséptico que un laboratorio? Creo que no.
Me puso una bata que sacó de su embalaje original, extendió gel hidroalcohólico en mis manos, y me llevó hasta su escritorio. Eso sí, antes pasamos por los puestos de sus estudiantes para supervisar su progreso e indicarles que estaría en su despacho si la necesitaban.
No me preocupó el que el café pusiese enfriarse, seguro que por algún lado habría algún utensilio con el que calentarlo de nuevo, sino que había creado cierta inquietud en mi sed de conocimiento. Quería escuchar lo que tenía que contarme sobre su historia con Robert.
—Bien, ¿dónde lo habíamos dejado? —dijo al sentarse frente a mí.
—Ibas a empezar a contarme lo tuyo con Robert, desde el principio. —puntualicé, provocando su sonrisa. Al menos en su despacho, mientras tomábamos ese café con galletas, podríamos vernos las caras.
—Está bien. Supongo que lo correcto sería contarte cómo le conocí. —Mi trasero se reacomodó mejor en la silla, estaba lista para su historia. —Aunque…—se acercó a mí de forma cómplice y misteriosa—Quizás deba empezar mi historia un poquito antes. —Sus palabras me intrigaron.
—¿Qué ocurrió antes de que conocieras a Robert? —pregunté inocente.
—Que conocía a María. —Me parecía a mí que le estaba dando demasiado misterio. Pero le seguiría la corriente.
—Y María es importante porque… —Dejé sin terminar la frase para que ella lo hiciera.
—Porque María me convirtió en una cazadora. —sentenció.
—Vale, estoy perdida. ¿Una cazadora de qué?
—Antes de ir más allá debes hacer un juramento, uno que jamás, bajo ningún concepto, deberás romper. —dijo seria.
—No puedo jurar algo que desconozco.
—Debes jurar que nunca revelaras la existencia del club de las cazadoras, a nadie. Nuestro anonimato nos protege y al mismo tiempo nos hace fuertes. —No veía ningún problema, o eso esperaba. ¿Sería algo así como el club de los poetas muertos?
—Si tú estás en él, guardaré el secreto. —Ella sonrió.
—Debes jurarlo. —aclaró.
—Juro guardar en secreto la existencia del club. —dije con la mano sobre el corazón.
—También juras cumplir sus reglas.
—¿Qué reglas?
—La primera acabas de jurar cumplirla; jamás revelar la existencia del club. La segunda; jamás perseguirás la presa de otra hermana. Y la última; siempre ayudarás a una hermana a atrapar a su presa. —¿Dónde me estaba metiendo? Pero algo me decía que, si ella me lo estaba proponiendo, es que sería bueno para mí. Y si no lo era, en fin, siempre podría regresar a Europa. Francia tenía muchos encantos, y allí estaba el resto de la familia.
—Juro cumplir las normas del club. —dije con convicción.
—Bien —dijo satisfecha—. Cuando conocí a María yo estaba desesperada por conseguir financiación para mi segundo proyecto. El rector me dejó claro que no había fondos, y que si quería seguir con mi investigación, debía mover el culo y conseguirlos. No es que me pidiese algo poco ético, tan solo que acudiese a la gala de la universidad, socializara con los posibles benefactores, y consiguiese un cheque con bastantes ceros. El caso es que yo era joven, inexperta, y como científica había pasado la mayor parte del tiempo con la nariz metida entre mis libros. El caso es que no conseguí que ninguno de los benefactores se parase siquiera a escucharme, y aunque me armé de valor y abordé a algunos de ellos, mis explicaciones sobre mi proyecto acaban aburriéndoles o espantándoles. Cuando ya lo había dado todo por perdido, María se acercó a mí, me extendió un cheque y me dijo que veía potencial en mí, y que si lo deseaba, me enseñaría a conseguir engatusar a los fósiles forrados de dinero para que me abriesen su cartera.
—¿Te enseñó a seducir a los hombres? —dije sorprendida.
—Me enseñó mucho más que a eso, me enseñó a cazar.
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