¿Que cómo he acabado aquí? Bueno, hace dos días ni siquiera tenía claro qué iba a hacer con mi vida. El ejército no estaba mal, al menos al principio, ahora sabía que me habían mentido, nos mienten a todos. Siempre creímos que había que sacrificar a unos pocos para salvar la vida de muchos, todo era por el bien de la mayoría, o eso creíamos. Pero resulta que es al revés, a ellos no les importa sacrificar a muchos por el bien de unos pocos, y esos son los que siempre están arriba, siempre ha sido así, y no quieren cambiarlo. Los de abajo no somos más que peones que sacrificar cuando ya no son necesarios.
Al final sabía que no quería seguir atado a esa dinámica que perpetuaba el poder de aquellos que ni siquiera dan la cara. Pero tampoco me veía con ganas de regresar a casa. Hogar. Esa palabra nunca significó lo mismo para mí que para el resto. Y familia, la única que de verdad podía considerar mi familia era a mi equipo, los SEAL sí que somos lo más parecido a una familia, porque nos cuidamos entre nosotros.
Y por eso he terminado aquí, en Las Vegas. Mi hermano Isaac, uno de los miembros de nuestro equipo, iba a casarse, y decidió que no había mejor sitio para hacer su despedida de soltero que Las Vegas. O más bien lo decidió el hermano de su prometida, el cretino que nos metió en este lío. Y cuando me refiero a lío, no estoy hablando solo de haber entrado en aquel club de bailarinas exóticas, por llamarlo educadamente, sino que él había sido el que empezó con aquella maldita pelea. ¿A quién se le ocurre agarrar a la camarera y sentarla sobre su regazo? Pues está claro, a un descerebrado borracho como él.
El resultado era evidente, los gorilas del local fueron a rescatar a la pobre chica, y no lo hicieron con buenas palabras, sino usando la fuerza bruta. Pero un SEAL es un SEAL, da igual que no lleve uniforme, que esté desarmado y que haya bebido más de la cuenta. Si hay una pelea, un SEAL saldrá de ella a puñetazos si hace falta, pero no se rendirá, esa palabra no existe en nuestro diccionario.
Resumiendo, La Vegas, despedida de soltero, gilipollas borrachos y algunos SEAL usando los puños contra los gorilas del local. ¿Qué podía salir mal? Bueno, no fue exactamente así como ocurrió, pero digamos que el resultado fue el que fue; yo recostado en un sofá en el despacho del gerente del local siendo cosido por una camarera que no estaba mal, pero que nada mal.
—¡Auch! —Me quejé cuando el hilo de coser tiró de la piel de mi ceja.
—Creí que los soldados eran tipos duros. —No le dije que lo fuera, pero mis chapas de identificación en algún momento escaparon de debajo de mi camiseta.
—Pregúntaselo a los de ahí afuera. —Era para sentirse orgulloso, podía decir que había ganado, y eso implicaba machacar al resto. Recordar cómo quedó la cara de ese imbécil me hizo sonreír.
—Sí, el mobiliario no va a poder recuperarse de esta. —¿Se estaba riendo de mí? Esta chica si que era difícil de impresionar, y eso me gustaba. Suponía un desafío, y soy un marine, un SEAL, me atraen las cosas difíciles.
—¿Cómo te llamas? —No me quejé cuando la aguja se clavó en mi carne esta vez, y eso que la chica estaba haciendo su trabajo sin haberme puesto ningún tipo de anestesia en la zona.
—¿En serio? —Detuvo las puntadas para mirarme fijamente con aquellos preciosos ojos color miel.
—Ya que me estás cosiendo a cara de perro, al menos puedes darme algo. Tu nombre no es demasiado. —Pareció meditarlo un par de segundos antes de continuar con su trabajo.
—Pickles*. —(*En inglés significa pepinillos) Ese no podía ser su nombre.
—¿Tus padres te odiaban? —dije en broma. Pero por su gesto no le había hecho gracia.
—Listo. —Se puso en pie y se quitó los guantes quirúrgicos. Al menos tenía que reconocer que era profesional, o lo intentaba.
—Siento si mi broma te ha molestado. —Si metes la pata con una chica, lo único que puedes hacer es pedir perdón y esperar a que acepte tus disculpas.
—Mira, soldadito, no tienes de qué preocuparte. Tú estás de paso y lo más seguro es que mañana ni te acuerdes de mí, salvo por ese bonito zurcido que te he dejado ahí arriba. —señaló el punto de mi ceja que había remendado— Así que no hace falta que te esfuerces en caerme bien. —La chica fue directa. ¿He dicho que me gustaban los retos?
—Solo quería hacer la situación menos tensa. —Sus cejas se alzaron sorprendidas.
—La tensión estuvo ahí afuera, aquí te has comportado como un buen chico. —Empezó a recoger todo el instrumental del botiquín que había usado conmigo.
—¿Dejarías que este buen chico te invitase a cenar? —Sus dedos se quedaron paralizados encima de un montón de gasas.
—No hace falta que me des las gracias por coserte, soldado. —siguió recogiendo el material.
—Insisto.
—Salgo muy tarde de trabajar —se excusó.
—Esperaré. —Finalmente se atrevió a mirarme.
—Que te haya cosido esa ceja no quiere decir que entre tú y yo haya ningún tipo de vínculo amistoso, ni siquiera afectivo, así que ya puedes ir descartando la idea de que voy a acostarme contigo, soldadito. Yo no soy de esas. Y si te he cosido es porque me lo ha pedido mi jefe. —Supuse que hicieron eso para no tener que dar explicaciones a la policía si aparecíamos en el hospital con este aspecto tan lamentable. No hay heridos, no hay trifulca, no hay denuncia, el club no cuenta con la visita de la policía.
—Ya, pero me has cosido tú, no tu jefe. Y quiero agradecerte el que no me hayas dejado un culo de pollo en la cara. —señalé mi ceja herida, donde esperaba que ella hubiese hecho un buen trabajo. Al menos su concentración y su manera de tratarme así me lo indicaban.
—No sabes si he hecho un buen trabajo, no te has mirado al espejo todavía. —Una sonrisa maliciosa apareció en su cara. Ahora era ella la que estaba jugando conmigo. Esto pintaba bien.
—Me ha dado la impresión de que has hecho esto un montón de veces, así que voy a suponer que eres una buena profesional. —Aun así, lo primero que haría al salir de allí sería echarle un vistazo a su trabajo. Si tenía que ir a un hospital para que alguien arreglase su estropicio, era mejor hacerlo cuanto antes.
—Salgo a las doce. Pero repito, no voy a acostarme contigo. —Lo dijo sonriendo, pero el que estaba más feliz de los dos era yo. No es que mi objetivo fuese echar un polvo en mi primera visita a Las Vegas, ese tipo de cosas no han estado entre mis prioridades. Pero ojo, no soy un monje, si surge, surge. Lo que buscaba en ella era una conversación entretenida mientras cenaba una buena hamburguesa. Compañía agradable. Odio comer solo.
Pero ¿cómo le explicas a una chica que acabas de conocer, que prefería cenar con una desconocida a soportar al imbécil del futuro cuñado de mi amigo Isaac? Desde que tomé la decisión de alistarme en el ejército decidí que me alejaría de todo lo que pudiese de las personas tóxicas, y ese impresentable tenía la palabra problemas escrita en la frente.
Me dolía dejar a Isaac con ese idiota, pero el grupo no me echaría en falta. Además, no quería hacerle escoger a mi amigo entre su futuro familiar y yo. A fin de cuentas, a él le quedaban algunos meses más en el ejército, y tenía pintas de que iba a reengancharse. Me acababa de licenciar hacía apenas dos días. Si el destino no volvía a unirnos, cada uno de nosotros seguiría caminos diferentes. Y quién sabe, quizás Las Vegas fuese un buen lugar donde empezar de nuevo.