Sus labios eran suaves, carnosos, jugosos. Era como tener en mi boca fresas recién recolectadas del campo. Pero no una de esas que puedes comprar en cualquier tienda, sino de esas que cultivas en tu propio huerto. Su sabor era deliciosamente intenso, adictivo. Me pasaría la vida robando aquel néctar que acababa de descubrir, y del que estaba seguro que jamás tendría suficiente. ¡Mierda!, estaba perdido.
Escuché el ruido de la puerta al cerrarse, lo que me hizo inspeccionar brevemente el lugar; estábamos dentro. Bien, porque no quería dar un espectáculo a sus vecinos, esto era algo privado entre Becca y yo.
Había soñado con deslizar mis manos bajo la camisa de su uniforme, acariciar la piel que imaginaba sería suave, el encaje de su ropa interior. Pero no estaba preparado para notar aquella caliente y sedosa textura bajo mis dedos. Miles de pequeñas descargas eléctricas recorrieron mi cuerpo hasta llegar a mis pelotas, haciendo que mi pene se endureciera en menos de una milésima de segundo. Mala idea, esto no podía ir tan deprisa.
Ante la protesta de todo mi ser, aparté mis manos de su envenenada piel, para apoyarlas bien lejos de ella, en la puerta de madera, justo encima de su cabeza. Al menos tenía un punto de apoyo sobre el que sostenerme, mientras mi boca libraba aquella dura batalla contra la suya. Aunque la ganase, ella vencería.
—Tucker. —Cuando la mujer que deseas gime tu nombre, ya nada podrá detenerte.
—Dime lo que quieres, Becca. —La primera vez tiene que ser perfecta, y no me refiero a pétalos de rosas o velas, sino a darle lo que ella quiere, lo que desea, y nunca, jamás, pensar solo en tu propio placer, al menos si lo que quieres es volver a repetir. Cagarla no era una opción, no esta vez.
Ella no respondió, solo deslizó su mano hasta mi pene para estrujarlo con firme delicadeza por encima del pantalón. ¡Dios! Mi mandíbula se tensó al sentir aquella retorcida caricia. El gran problema era mantener la cabeza fría cuando todo el resto de mí ya estaba ardiendo. Uf. Ella me arrastraba sin control.
—Espero que estés segura de eso, porque ya no habrá marcha atrás. —No pude apartar la vista de sus ojos, porque necesitaba ver la respuesta en ellos. No quería encontrar dudas.
—Haz que no me arrepienta. —Y ahí estaba, esa derrota que me decía que había luchado contra lo que sentía hacia mí, pero que había perdido. Mi ego y yo ascendimos al Olimpo de los dioses.
—No, señora. —Mi boca la tomó con ansia, con hambre. Devorando el gemido que escapó de su garganta, alimentándome de él.
Una bestia primitiva tomó el control de mis actos, dominando mi necesidad de marcar cada centímetro de Becca, imprimiendo un sello que ningún otro hombre pudiese romper. Pretendía mucho más que su deseo, ansiaba su necesidad.
Mis manos abandonaron la seguridad de la madera, para estudiar las partes de su cuerpo que iba a cartografiar con meticulosidad. Su cuello esbelto, sus senos maduros y turgentes, su pequeña cintura, y sus perfectas caderas. Me detuve en cada parte de ella, saboreando sus agónicos gemidos cada vez que mis dedos le dedicaban una nueva caricia. Necesitaba saber qué la provocaba, la intensidad que podía soportar, y sobre todo, cuanto tardaba en caer. Mi cuerpo no podía ser el único que ardiera, necesitaba arrastrarla conmigo a aquel infierno del que no saldríamos ninguno de los dos hasta pagar el precio.
Sus uñas se deslizaron bajo mi camisa, marcando un camino de fuego sobre mi abdomen. Mi piel ardía cuando tiró de mi camisa para sacármela. Ingenuo de mí, yo tratando de marcarla y ella estaba haciendo lo mismo conmigo. Pero no me importaba, esta guerra podíamos ganarla ambos.
Rivalizamos por quién le sacaba la ropa al otro más rápido, sin abandonar la pelea que mantenían nuestras lenguas. Sus dientes eran un arma letal, que atrapaban sin piedad mis labios para martirizarlos y someterme. Su sabor era adictivo, no podía dejar de moverme en su boca tratando de apropiarme de tanto como pudiese. Era un delicioso helado en plena mañana de agosto, del que no podía permitir que se desperdiciase ni una sola gota.
Y sus pechos… En cuanto aquellos endurecidos pezones se mostraron ante mí, la idea de saborearlos se convirtió en mi única prioridad. Mis manos sostuvieron aquellos dos globos perfectos, mientras me recreaba con sus puntas.
—Mmmm —Mi pene respondió a su gemido, como si fuera la llamada que esperaba para entrar en acción. Era el momento de ampliar el campo de batalla.
Una de mis manos bajó hasta su trasero, para ayudar a su pubis a pegarse a mi ingle. La presión en el lugar correcto la hizo jadear, bueno, jadeamos los dos. Aquello era delicioso. Sus piernas se anclaron en mis caderas, dándome la señal de que era el momento de buscar un lugar más cómodo.
Necesitaba ver hacia dónde iba, así que abandoné su boca. Pero no podía irme muy lejos, así que asalté su cuello como si fuese un vampiro hambriento. Había muchas opciones, y la más cercana era el sofá. Una cama habría sido un mejor lugar, pero estaba tan desesperado que no tenía tiempo que perder. Necesitaba adentrarme en su cuerpo, deslizarme en su resbaladizo interior … Tomé aire profundamente para tranquilizarme, porque todo podía terminar para mí en menos de 10 segundos si seguía por ese camino.
Mi trasero aterrizó en el apoyabrazos. Podía haberme deslizado hacia el asiento, pero Becca me montó como una amazona, regalándome una intensa pasada a lo largo de mi pene. ¡Oh, sí!
—Becca —siseé al sentir el intenso placer de aquella tortura. Su calor, la presión, y sus ojos… Aquel fuego que ardía en sus profundos ojos me derretía, me encendía, me quemaba, me abrasaba…
—He soñado con esto —sus uñas se deslizaron sobre mis trabajados abdominales, saltando en cada cresta como si surfeara entre ellas.
Mi cuerpo se rindió, dejándose caer contra el extremo del respaldo. Pero ella no estaba lista para dejar el asedio. Su boca asaltó de nuevo la mía, mientras una de sus manos descendía peligrosamente hacia la cintura de mi pantalón. Tímidamente sus dedos se adentraron bajo la tela hasta donde pudieron, alcanzando la punta de mi impaciente amigo. Estaba a punto de soltar el botón y bajar la cremallera para facilitarle el acceso, cuando ella se adelantó a mis movimientos.
En mi éxtasis de placer, me di cuenta de que Becca había dejado de torturar a mi pene. Abrí los ojos para encontrarla mirando mi ropa interior.
—¡Blancos! ¿en serio? —Su mirada se volvió interrogativa al volver a mi rostro.
—¿No están limpios? —me incliné para ver mejor. Había un pequeño cerco de humedad, seguramente de fluido pre seminal. ¡Mierda!
—¿Son los reglamentarios del ejército? —Sus uñas se deslizaron tortuosamente sobre la fina tela de mi ropa interior, provocando una ola de llamas mientras ascendía por aquel trozo de mi necesitada carne.
—No hay ninguna normativa al respecto —confesé con voz afectada. ¡Diablos!, si seguía haciendo eso los diez segundos pasarían a ser solo dos. Y su sonrisa ladina me decía que sabía lo que estaba provocando, y le gustaba. ¡Maldita! —Si no te gustan, puedo quitármelos. —Sus pupilas se dilataron ante mi sugerencia.
—Me encantan —metió la mano dentro del calzoncillo, para acunar mi pene en su palma con una contundente y exquisita caricia. Podía vender mi alma al diablo si me prometía hacer esto durante el resto de mi vida.
—Necesito que me cabalgues, Becca. —Mi voz sonó demasiado ronca, cuando la susurré cerca de su boca. ¿Desesperado? Había pasado ese punto hacía tiempo.
—Dame el preservativo. —Mis ojos se abrieron, asustados.
—Yo… no tengo. ¿Tienes tú? —La tensión de sus piernas se aflojó, dejando el peso de su cuerpo sobre mis muslos. Mala señal.
—¡Maldita sea! —Era evidente que tampoco. Si ella estaba frustrada, no tenía ni idea de cómo se sentían mis genitales.