Si fuésemos realmente conscientes del peligro que nos rodea, probablemente viviríamos en un constante estado de alerta y miedo. Atracadores, violadores, asesinos en serie, conductores borrachos… Eso solo si nos centramos en la maldad humana que nos rodea, porque todos ellos saben que hacen mal. Luego están esas cosas que no podemos predecir o evitar, como que te caiga un rayo, que el viento tire algún objeto que te golpee en la cabeza… Lo sé, da miedo.
Afortunadamente, nos conformamos con estar preparados para que ninguna de esas desgracias nos golpee con fuerza, quiero decir, que están los espráis de pimienta, evitamos las zonas oscuras, y tratamos de evitar los lugares conflictivos. El peligro existe, está ahí, pero no por ello debemos salir a buscarlo. ¡Diablos!, ningún pescador sale a faenar con su barco en mitad de un huracán.
Pero con el covid mucha gente se obcecó en no ver el peligro, como si las advertencias de la comunidad científica no fueran importantes. En este tipo de situaciones, cuando la vida de uno mismo y los que quiere está en riesgo, es mejor pecar por exceso que por defecto.
Puede que yo utilizase las normas de seguridad como una gran excusa para mantener a Ray lejos de mi persona, pero eso no le quitaba importancia al hecho. La actitud de Diana, su desprecio por las precauciones higiénicas, no hacían más que aumentar mis ganas de estrangularla, que ya de por sí eran muchas.
Todavía no entiendo como hay gente así en el mundo, egoísta y descerebrada como Diana. Como Ray lo comprendo, el egoísmo es su método de supervivencia. Pero al menos no dejes de escuchar a tu instinto de protección. No saltes desde una ventana esperando que haya una piscina ahí abajo. Olviden lo que he dicho, aunque exista una piscina, eso no te garantiza que sobrevivas a la caída, o que lo hagas en buenas condiciones.
En fin. Enfadarme con Diana no iba a mejorar mi situación. Era mi compañera de habitación, y todavía nos quedaba un largo trimestre para terminar mi carrera universitaria.
—¿Estás bien? —Giré la cabeza hacia Diana, que estaba sentada sobre su cama, con un libro sobre las rodillas.
—¿Yo? —No entendía a qué venía ahora esa pregunta.
—Has suspirado. —¡Ah!, había sido eso.
—Solo pensaba en lo largo que se me está haciendo todo esto. —Ella podía creer que estaba hablando sobre el confinamiento y las medidas por el covid, pero realmente era por todo lo que ella y Ray habían provocado, y lo incómoda que me hacía sentir el tenerlos cerca. Estaba demasiado tentada de decirle que no quería saber nada de él, que nuestra relación se acabó.
No me compensaba el estar pendiente todo el rato, algún día encontrarían mis auténticos apuntes, y este juego de estropear sus notas ya no serviría de nada. Egoístas sí, pero no eran estúpidos, acabarían encontrando el tesoro.
Un par de golpes en la puerta llamaron nuestra atención.
—¿Esperas a alguien? —le pregunté. Diana era la única que recibía visitas, yo solo a Ray, pero acababa de echarle de la habitación hacía algo más de dos horas, no creía que se le ocurriese regresar tan pronto.
—No. —Diana revisó su teléfono, como si esperase encontrar algún mensaje que advirtiera de esa visita.
Me puse en pie, me coloqué la mascarilla en el rostro, y abrí la puerta. La persona que estaba al otro lado era la última que esperaba encontrarme, o bueno, una de las últimas.
—¿Tía Desiré? —La mascarilla cubría la mitad de su cara, pero la reconocería solamente por sus ojos. Y su olor, ese exquisito olor que ni el desinfectante podía enmascarar.
—Recoge tus cosas, nos vamos. —Dos segundos, ese fue el tiempo en que el golpe mantuvo fuera de juego a mi cerebro.
—¿Qué? —Ella pasó delante de mí ante mi aturdimiento.
—¿Dónde están tus cosas? —Miró a Diana, como si le preguntase a ella directamente. Y resultó, porque ella señaló tímidamente mi lado del armario.
—¿Qué ocurre? ¿Papá y mamá están bien? —Me estaba asustando.
—Todos están bien, cariño, no te preocupes. —Sacó mi maleta y la tendió sobre la cama vacía, para poder empezar a llenarla.
—No entiendo entonces a qué viene esto. —Pero no me interpuse en su trabajo, es más, comencé a sacar y colocar mi ropa dentro de la maleta.
—Te lo explicaré en el coche. —Diana enseguida se acercó a la ventana para curiosear.
—¿Una ambulancia? —Giré el rostro hacia Desiré, preguntándola en silencio.
—Estamos en confinamiento, los vehículos sanitarios pueden desplazarse con libertad. —No quería preguntar cómo lo había conseguido, pero estaba claro que era la mejor manera de pasar el estado de Connecticut, donde ella vivía, al estado de Nueva York, donde estaba yo.
En cuanto vi como vacía todas mis perchas y mis cajones, me di cuenta de que este no era solo un viaje rápido, era una mudanza en toda regla.
—Recoge tu ordenador y tu material de estudio. —Miré mis libros.
—Ya he terminado mis exámenes. Tendría que devolver los libros que me prestaron. —Aunque con las medidas covid, no tenía muy claro si antes de prestárselos a otro estudiante no tendrían que esterilizarlos.
—Entonces mételos en una caja. Pasarán a recogerlos mañana. —Iba a decirle que no tenía cajas, cuando un hombre, que no había visto antes, me tendió una desmontada.
—Gracias. —El hombre tomó la maleta que le tendió mi tía y la sacó de la habitación.
Como no, el ayudante que se había buscado Desiré iba perfectamente ataviado con su traje de paramédico, su mascarilla, sus guantes…
Con eficiencia recogimos todas mis pertenencias, bajo la sorprendida mirada de Diana, que no volvió a abrir la boca.
—¿Está todo? —preguntó Desiré cuando le entregué el neceser en el que había metido mis útiles de aseo del baño.
—Sí.
—Bien. Entonces nos vamos. Un placer conocerte. —Se despidió de Diana. No es que intercambiasen alguna palabra.
Desiré tiró de mi brazo para sacarme de la habitación.
—Adiós. —me despedí de mi compañera de habitación. Puede que la odiase, pero siempre he sido una persona educada.
Cuando salí de la habitación, no pude evitar fijarme que el paramédico y mis cosas ya no estaban, pero sí algunas compañeras de las habitaciones contiguas, que se habían dado cuenta de que algo pasaba.
Sentí algo de vergüenza, porque parecía que me estaban sacando arrastras de allí, como si fuese una contagiada.
—Regresen a sus habitaciones, aquí no hay nada que mirar. —ordenó Desiré.
Me guiñó un ojo y no dijo nada más, hasta que estuvimos con un pie en la ambulancia.
—Sabes lo que parece esto, ¿verdad? —le acusé.
—Parece que van a tener algo sobre lo que cuchichear durante un tiempo, pero a ti no te va a importar lo más mínimo. Átate el cinturón, tenemos dos horas de camino hasta New Heaven.
Obedecí, porque sabía que el trayecto iba a ser entretenido. La tía Desiré tenía mucho que explicar.