Jonas analizaba con ojo crítico el borrador que había preparado de puño y letra, repasando las especificaciones que habíamos incluido en el nuevo contrato, y sobre todo, revisando que había dejado bien clara la anulación de aquellas cláusulas abusivas de cesión. Si querían jugar con Jonas, cosa que él asumía que ocurriría, tendría que ser con sus condiciones.
—¿Crees que lo aceptarán? —preguntó, mientras dejaba el cuaderno sobre la mesa.
—No. Pero es un buen comienzo sobre el que negociar. —No podía mentirle.
—Pero es lo que quiero. No voy a firmar por menos de lo que hay aquí. —Golpeó un par de veces con su dedo sobre el papel.
—Entonces tendremos que jugar con ellos.
—¿A qué te refieres?
—Que una cosa es lo que esperas conseguir, y otra lo que pidas en un principio. Ellos harán una oferta menor de la que creen que es la adecuada, y tú pedirás más porque sabes que harán todo lo posible por rebajarla. Al final se trata de llegar a un término medio, por eso las posturas suelen estar muy alejadas en el comienzo. A lo largo de la negociación, se definirán esos límites en los que ambos acabaréis jugando.
—Hablas como alguien que sabe mucho de estas cosas. —Si él supiera.
El motivo por el que estaba ese día en la oficina de Abbot era precisamente el conseguir entrar a formar parte de su equipo legal como becaria. Nada como coger experiencia sobre el terreno. Pero la vida me había brindado la oportunidad de entrar haciendo mucho ruido, y eso podría ser un triunfo o un desastre en toda regla.
Pero no iba decírselo a Jonas, porque la primera regla de un abogado es no asustar a tu cliente. Había que darle confianza para que no se rindiese a la primera de cambio.
—He negociado alguna que otra vez. —No iba a decirle que esa negociación había sido con mi primo Gorka, por el uso de una bicicleta cuando tenía 12 años.
—De acuerdo. ¿Qué te parece si cerramos estoy hoy mismo? —Estaba claro que quería irse de Hartford con una respuesta clara por parte de los Whale.
—No tengo ningún otro plan para esta tarde. —dije con una sonrisa.
—Entonces les llamaré. —Empezó a sacar su teléfono para hacer esa llamada. Antes de que empezase a marcar, lo detuve.
—Deja que lo haga yo. —Lo miré de esa manera que decía; ¿confías en mí?
—Está bien.
Saqué el teléfono de mi bolso, marqué el teléfono que Abbot había escrito en el block, y esperé a que se abriese la línea. Para darle más confianza a Jonas, dejé el teléfono sobre la mesa y activé el altavoz, así vería que no le ocultaba nada.
—¿Diga? —contestó la voz de Abbot.
—Señor Grantshow, soy Dennise Legrand. —me presenté.
—¡Ah!, Dennise, ¿tienes algo para mí?
—El señor Sanders es proclive a firmar con los Whale, siempre y cuando se cumplan algunos requisitos. —Miré a Jonas, que parecía taladrarme con la mirada.
—¿Qué requisitos?
—Hemos confeccionado una lista. Si quiere podemos pasar por su oficina esta tarde y discutirla. —Los puños de los dos hermanos estaban apretados mientras esperaban la respuesta.
—Avisaré al equipo legal. ¿Dentro de una hora está bien?
—Perfecto, nos reuniremos allí. —Cerré la comunicación y les presté atención a los Sanders.
—Creo que nos hemos ganado un postre. —sugirió Susan.
—Tenemos tiempo para un helado, si quieres. —Era evidente que en aquel lugar no venderían helados, por lo que tendríamos que encontrar una heladería de camino a la oficina, aunque yo tenía otros planes.
—No tenemos tiempo. —Me puse en pie mientras sacaba la cartera para pagar.
—No, a esta invito yo. —Jonas me detuvo, sacó su cartera e hizo una señal a la camarera. La chica corrió hacia él como si fuera un perro al que le enseñan una salchicha, y no creo que fuera porque esperase una buena propina. Podía entenderla, cuando Jonas sonreía era un imán para las chicas.
—Pero ha dicho una hora. Apenas estamos a 10 minutos de allí. —puntualizó Susan.
—¿Sabes lo que es un golpe de efecto? —Susan arrugó el entrecejo.
—¿Cuándo sorprendes al público?
—Ellos saben que juegan en su terreno, son sus oficinas. Pero si nosotros estamos allí para recibirles cuando lleguen, nos habremos apropiado del rol de anfitrión. Una sorpresa como esa puede hacer que sus pies no se sientan tan firmes. —No parecía que entendiese mi maniobra, pero no necesitaba que lo hiciera, solo que me siguiera.
—Eres rara. —me acusó.
—Yo prefiero calificarme como edición especial limitada, le da más glamour. —Giré a tiempo para encontrarme el gesto extrañado, pero sonriente de Jonas. Me había escuchado, estaba claro.
—Eso me la apunto. —Susan me adelantó hacia la salida. Estaba segura de que en algún momento ella utilizaría esa frase.
Un abogado aprende a jugar con las palabras, haciendo que lo desagradable no lo parezca tanto, y si es posible confundir al oponente. Desiré me enseñó a sacar partido de lo que los demás piensan que son defectos. Como ella dice; “si no puedes disimularlo, conviértelo en el punto fuerte”.
Los arrastré hacia las oficinas, donde no detuve mi paso. Fui directa a por la recepcionista, la misma que me había dado el cuaderno que le pedí.
—Buenas tardes. Necesito acceso a un ordenador con impresora para pasar esto a limpio. —Deposité el cuaderno sobre el pequeño mostrador con un pequeño golpe. Puse mi expresión más seria y un poco prepotente, para que ella no cuestionase mi exigencia. Tengo que reconocer, que me inspiré en Eli para darle ese toque de “no tienes autoridad para cuestionarme”. Si tú no vacilas, el que está delante no duda.
—Yo, no sé si… —Pero a veces había que presionar un poco más para conseguir lo que quería. Solté un suspiro cansado.
—Mira, esto tiene que estar preparado antes de que llegue Abbot, y no seré yo la que se lleve la bronca. —Llamarle por su nombre de pila me hacía parecer no solo del equipo, sino además alguien importante.
—¿Eh?
—¿No te avisó de que veníamos? Me sorprende que no lo haya hecho. —Rebusqué en mi bolso para sacar mi teléfono, dejando clara mi intención de llamar al jefe.
—Supongo que puede utilizar este. —Se puso en pie con rapidez, cediéndome su lugar. Nada como presionar y amenazar sin hacerlo. Seguramente ella no podría darme acceso a otro equipo, porque no tenía las contraseñas de acceso.
—Señor Sanders, ¿le apetece un café mientras esperamos al señor Grantshow? —Le miré fijamente, incitándole a que me siguiera la corriente. No quería tener a la recepcionista cotilleando por encima de mi hombro. Hay secretos, como mis contraseñas de acceso al correo y esas cosas, que es mejor mantener alejadas de ojos curiosos.
—Eh, sí. Con leche y una de azúcar.
—¿Y usted, señorita Sanders? —ella trató de ocultar su sonrisa.
—El mío con dos de azúcar. —Miré directamente a la recepcionista, de esa manera apremiante que decía “¿Te quieres dar prisa?”. Con ella lejos, podría empezar mi trabajo. Como esperaba, ella vaciló, pero se apresuró a complacer a los clientes.