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    Capítulo 18

    01/10/2026

    Podía sentir la mirada cruzada de Becca sobre mí, pero no hice nada al respecto. Solo un hola, y me fui a cubrir mi puesto en la entrada junto con Maxim. Ella fue la que se alejó, ella era la que tenía que dar el paso de vuelta. Si quería respuestas a las preguntas, que sabía que tenía, tendría que venir a buscarlas.

    —¿Qué os traéis vosotros dos? —preguntó mi compañero de guardia.

    —Somos amigos, solo eso. —Al menos pensaba que lo éramos, ella no dijo que no.

    —Ya —Maxim se rascó la barbilla, como sopesando esa información—. Pues no parece que lo seáis. ¿Habéis discutido?

    —Discutir no es la palabra, pero sí que tenemos una visión diferente del mismo asunto.

    —Entiendo. —Podía leer es su cara que para él eso era una discusión. —A las nueve. —Cuando tu compañero te señala un punto, tienes que comprobarlo. Así que busqué lo que él había advertido entre los clientes. No parecía que alguno estuviese sobrepasándose con alguna de las camareras o con las chicas que bailaban en alguno de los escenarios.

    —¿Puedes ser más específico? —le pedí.

    —Camisa roja, traje oscuro. —Enseguida lo localicé.

    —Lo tengo. —No parecía borracho, ni que estuviese a punto de liarla. Más bien al contrario, estaba charlando con alguno de los otros clientes.

    —Si ves que intercambia algo con alguno de los otros clientes, vamos por él. —Espera, estaba diciendo.

    —¿Drogas? —Quise cerciorarme.

    —La familia Vasiliev es muy estricta con lo que se cuela en sus dominios. Ni drogas ni prostitución. Todo el mundo sabe que no debe hacerse, pero siempre hay algún idiota que se cree más listo que los demás. —Eso sonaba a territorios y mafiosos. ¿La familia Vasiliev era una de esas mafias?

    —¿Cómo sabes que él es un traficante? —me fijé un poco más en el tipo.

    —Siempre llevan ropa con la que es fácil distinguirle del resto. Ya sabes, “¿quién te ha pasado esa pastilla? Yo también quiero. El tipo de la camisa roja”. Si buscas en el local, no muchos tipos llevarán esa camisa roja. Es una manera de que los potenciales clientes encuentren al camello.

    —También puede ser un gilipollas con mal gusto —añadí. Pero Maxim sonrió con suficiencia.

    —Cuando lleves tanto tiempo como yo en esto, aprenderás a distinguirlos. Y mi olfato me dice que ese tipo es uno de ellos.

    Volví toda mi atención hacia el tipo, estudiando lo que podría darme más pistas sobre sus intenciones. No era solo la camisa roja, ni lo simpático que parecía con gente que no conocía, sino que estaba el hecho de que venía solo. ¿Venir a hacer amigos a un club de bailarinas exóticas? Había pocas probabilidades, casi ninguna. Los tipos que vienen aquí solos vienen a una sola cosa, y es a devorar a las chicas que bailan casi desnudas frente a ellos.

    Entonces lo vi, su forma de inspeccionar su alrededor, antes de deslizar una pequeña bolsita en la mano del tipo a su lado.

    —¿Lo has visto? —pregunté.

    —Sí. Tú encárgate de sacar de aquí al cliente, yo me encargo del camello.

    Obedecí las instrucciones de Maxim. El tipo protestó, pero en cuanto le susurré al oído que había visto lo que su nuevo amigo le había dado, y que ese tipo de sustancias no estaban permitidas en el local, entendió perfectamente por qué le sacaba. Bueno, siguió quejándose, pero al menos sabía por qué lo echaba.

    No vi a Maxim ni al tipo, así que fui directo hacia la garita de seguridad, donde los tipos del equipo iban a tomarse un descanso. De pasada allí, escuché golpes en al otro lado de una puerta. Abrí, porque se supone que mi misión es evitar altercados, y lo que encontré fue a Maxim dándole un repaso al traficante.

    —Es la primera vez que te veo por aquí, así que voy a suponer que no sabes a quién pertenece el local.

    —Yo no he hecho nada —se quejó el tipo.

    —No me insultes haciéndote el inocente. Ambos sabemos que no lo eres.

    —Solo me estaba divirtiendo. Solo quería que mi amigo también lo hiciera.

    —Eso es lo que le dirías a un policía, pero yo no lo soy. —Maxim se inclinó amenazadoramente hacia él. —Este local está bajo la protección de la familia Vasiliev, y eso significa que nada de drogas. La primera vez solo será un aviso, la segunda no será agradable para tu familia. —Los que estábamos en aquella habitación entendimos perfectamente.

    Maxim tiró de él para sacarlo de la habitación, he hizo un gesto para que otro de los chicos se encargase de sacar esa basura del local.

    —¿No tendríamos que haberle entregado a la policía? —Maxim sonrió ante mi comentario.

    —Voy a explicarte por qué no lo hacemos. Primero, porque la policía solo lo fichará, le quitará la mercancía y lo devolverá a la calle antes de que tú te cambies de calzoncillos. Y cuando salga, volverá a hacer exactamente lo mismo. Con un poco de suerte, cuando haya acumulado unas cuantas detenciones, pasará por un juicio y una reclusión menor. Y cuando salga, volverá a hacer exactamente lo mismo. —Visto así tenía razón —Segundo, si le aplicamos un correctivo directamente, ese tipo se lo pensará dos veces antes de regresar aquí. Se irá con su mierda a otra parte. Y tercero, el nombre de la familia Vasiliev es una promesa en sí misma. Si te metes con un Vasiliev ya puedes darte por jodido. No se juega con un Vasiliev. Y amigo, tu y yo trabajamos para los Vasiliev, así que somos parte de la familia. —Tragué saliva, bastante nervioso, porque las palabras de Becca aquel día habían dado en el clavo. Aquí estaba la mafia, y yo había entrado a formar parte de sus filas. —¿Estás bien? —giré la cabeza hacia Maxim, que me observaba preocupado.

    —Sí, ¿por qué? —No muestres debilidad, solo disimula antes de salir corriendo.

    —Estás pálido.

    —Probablemente sea que tengo el estómago vacío. Iré a tomarme una café. —Tenía que salir de allí.

    —Dile a Pickles que te prepare uno bien cargado. —Los ojos de Maxim me observaban de una manera extraña, como si reconociese lo que había en mi cabeza. ¡Mierda!, él se había dado cuenta, sabía lo que había en mi cabeza. —Y que lo acompañe con algo sólido. Necesitas asentar ese estómago. —Lo sabía, estaba claro. Seguro que no era el primer novato que descubría para quién trabajaba y no le gustaba haberse metido en este agujero.

    Caminé hacia la barra, me senté en un extremo y le hice señas a Becca.

    —No tienes buena cara.

    —Maxim me ha dicho que puedes prepararme un café con algo de comer. —Asintió en respuesta.

    —Ahora te lo traigo. —En menos de cuatro minutos tenía frente a mí un café y un bollo. Lo miré con recelo, mi estómago no estaba listo para recibir nada de eso, pero hice de tripas corazón y lo engullí con fingido apetito. —¿Vas a contarme lo que te ha pasado?

    —¿El qué?

    —Lo que te ha quitado el color. —Vale, no servía hacerse el tonto. Pero podía esquivar su curiosidad.

    —Si tú me cuentas lo tuyo, yo te cuento lo mío. —Y ahí estaba. Sus ojos entrecerrados, mientras daba un portazo a la conversación.

    —Idiota. —Bien, ella lo había entendido. Si no me contaba sus problemas, yo no tenía que contarle los míos. Fin del asunto. Y como ella decía, iba a escapar sola de los suyos, yo lidiaría solo con los míos.

    • Capítulo 17

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