Algo no estaba bien. No podían convocarnos en una nave industrial abandonada, en mitad de ninguna parte.
—¿Está seguro, señor? —verbalizó el taxista, como si hubiese podido leer mis pensamientos.
Giré la cabeza para ver cómo un coche estacionaba no muy lejos de nosotros. Seguido de una ruidosa moto tipo Harley. Mi respuesta estaba allí, la dirección era la correcta.
—¿Esta es la dirección que le he mostrado? —le pregunté.
—Sí, señor. —Entonces no había más que hablar.
—Entonces es aquí —salí del taxi y esperé. El taxista no lo hizo, salió de allí como si esperase el ataque de una manada de velociraptor. ¿Se dice así, manada?
Supe quién era el hombre que salió del coche mucho antes de reconocer su cara. Su físico, su forma de caminar, me dijeron que se trataba de Han. Y la envergadura del tipo de la moto, gritaba bien alto que era el tipo grande con malas pulgas y cero ganas de hacer amigos.
—¿Se habrán confundido en la hora? —preguntó Han nada más llegar hasta mí.
—Parece que a todos nos han puesto la misma. —Observé como dos pares de luces se aproximaban hasta nosotros.
—Puede que nos hayan enviado el mismo mensaje erróneo a todos. Ya sabes, uno de esos envíos en masa —Han giró la cabeza para observar como bajaban de los vehículos el resto de integrantes del grupo de prueba.
—Solo hay una manera de averiguarlo —busqué en mi bolsillo la tarjeta de Nick y marqué su número. Era mala hora si se habían confundido, pero tampoco era plan quedarnos allí si los examinadores estaban en otro lado, como por ejemplo durmiendo en sus camas.
Mientras esperaba a que contestase, recorrí con la mirada nuestro alrededor. El amanecer pronto llegaría, dando un poco de luz a aquel lugar. Pero de momento, lo único que iluminaba era un viejo foco que colgaba de una pequeña puerta en un lateral del edificio. Solo faltaban algunos lobos aullando de fondo y tendríamos el ambiente perfecto para una película de miedo.
—¿Dónde andáis? Llevo un rato esperándoos —miré la hora antes de contestar, solo pasaba un minuto de las cinco.
—Hemos llegado hace unos minutos, pero aquí no hay nadie. ¿Seguro que nos habéis enviado la dirección correcta?
—¿Creíais que os llevaríamos a un campo de juego de paintball? Vamos a usar fuego real, Tucker, no podemos asustar a… ¿qué mierda…?
—Alto, pendejo —Aquella voz venía de algún lugar cerca de Nick, pero lo que me puso los bellos de punta fueron los disparos de armas, puede que algún subfusil o alguna semiautomática.
—¡Joder! ¿Nick? —no escuché nada, solo gritos, jadeos, lucha… —¿Nick?
—Han sonado disparos allí dentro —indicó Han, señalando el edificio.
—Tienen a Nick. —Para mí era evidente.
—Pero ¿qué? —Ivan estaba tan desconcertado como nosotros. —Hay que llamar a la policía.
—Ve llamando entonces. ¿Alguien tiene un arma? —El grandullón regresó a la moto sin responder, pero sabía que ese gesto significaba que sí.
—Tengo un revolver en el coche —informó Han—. Pero ¿no pretenderás entrar ahí?
—¿Cuánto tiempo crees que tardará la policía en llegar? Nosotros ya estamos aquí. —Han me sostuvo la mirada un par de tensos segundos, hasta que cedió.
—Tienes razón. Cuando lleguen los refuerzos, puede que sea demasiado tarde. —Un par de disparos apoyaron sus palabras.
En treinta segundos nos reunimos los cinco, con lo que parecía era todo el arsenal con el que contábamos; una pistola y un revólver.
—No es mucho —reconoció Han.
—Pues tendrá que servir —dijo el grandullón. Claro, él sí iba a entrar allí armado.
—Se suponía que íbamos a usar armas reales allí dentro, así que mejor nos hacemos con unas cuantas.
—Mientras vosotros las buscáis, yo me voy cargando a los que me encuentre —señaló el grandullón.
—Genial, y ya puestos buscas a Nick y le disparas tú mismo. —negué con la cabeza. Este hombre era un descerebrado.
—Entonces ¿cuál es tu plan, listillo? —Si le dejaba inconsciente saldríamos ganando.
—Hay que entrar ahí sin que se den cuenta, armarnos, tomar posiciones y atacar. ¿Te parece bien? —El grandullón lo meditó sin decir nada.
—Quizás no lleguemos a tiempo de salvar al jefe —apuntó Han. Poco tiempo, poco tiempo. No era momento de perderlo con dudas.
—¿Alguno tiene experiencia militar? —Solo Anderson, el silencioso alzó la mano.
—¿Sirven juegos de guerra con bolas de pintura? —preguntó Han. Bueno, menos es nada.
—Dame tu arma —le pedí a Han—. Entraré ahí, reconoceré el acceso, y después me seguirá… —miré al grandullón para que me dijese su nombre.
—Buck —respondió.
—Bien. Buck vendrá detrás de mí, y reconocerá el lado izquierdo. Después entraréis Han, Ivan y Anderson. Mientras Buck vigila su zona, nosotros buscaremos el lugar donde pueden estar esas armas. Supongo que habrá una oficina o dispensario donde las tengan bajo llave. Nos armaremos, localizaremos al rehén, tomaremos posiciones. Cuando tengamos cubierto al enemigo, lanzaremos un ataque simultáneo, centrándonos en derribar primero a los sujetos que pueden causar más daño al rehén. Cuanto más cerca, mayor prioridad de derribo. ¿Queda claro? —Anderson asintió, seguido por el resto.
—Ya tenemos un plan —verbalizó Han.
No tengo que explicar mucho como se desarrolló la misión. Silencio, sigilo, y coordinación. Cuando entré, advertí una especie de oficina a nuestra derecha, no había más estructuras cerradas, así que el armamento tendría que estar allí. Hice señas a Buck para que tomase posiciones, y que vigilase el punto iluminado en el centro de la estructura. Desde allí llegaban las voces, los gritos y el sonido que suponía eran golpes y quejidos. Nick parecía estar aguantando.
Cargarse un candado no era difícil, pero es mucho más fácil romper las bisagras de un armario metálico. Dentro había más de lo que esperaba, no solo había fusiles, sino chalecos antibalas. Pero lo que me encantó fueron los comunicadores. Todo estaba preparado, listo para su uso. Con rapidez los chicos tomaron lo que necesitaron, y esperaron a que les indicara las posiciones. Una vez dentro, era más sencillo hacerse una composición del lugar.
Les indiqué que escuchasen las órdenes que iba a darles por la radio, y que procurasen ser escuetos y sigilosos. Un sí o un no era todo lo que necesitaba.
Con precaución y sigilo nos fuimos acercando al centro de la nave, donde encontramos a Nick sentado en encima de una vieja silla. Tenía las manos atadas a la espalda, la cabeza gacha, y un montón de sangre en la cara magullada. Puede que incluso algún corte más en brazos y torso. Su pecho subía y bajaba, lo que me indicaba que todavía seguía con nosotros.
Los tipos que merodeaban a su alrededor no hacían más que soltar improperios, fanfarronadas, amenazas, que enriquecían con algún que otro golpe. Se estaban divirtiendo con él.
Los habíamos rodeado, cuando escuchamos algunos gritos femeninos desde uno de los laterales. Sus súplicas, su llanto… Apreté los dientes, porque era muy consciente de lo que estaban haciendo aquellos desgraciados con la chica.
—Buck —llamé por la radio. Él volvió la cabeza hacia mi dirección. Hice el gesto de reconocimiento visual, pero él negó. ¡Joder!, era el que estaba más cerca desde el lugar del que llegaban los gritos, tenía que ir él.
—Voy yo —escuché la voz de Han. Era el segundo más cercano, así que tendría que valer.
—Vas a morir. —La voz del tipejo que encañonaba a Nick nos puso los pelos de punta a todos. Estaba claro que se había cansado de jugar con él. A estos tipos no les importaba matar a nadie, ni violar. Seguro pensaban en enterrar las pruebas de lo que habían hecho.
Antes de que pudiese dar una orden, Buck abandonó su posición disparando directamente al tipo que encañonaba a Nick. Rápido, valiente, pero estúpido. Sí, derribó al tipo, pero los otros dos tipos se pusieron en guardia. Uno le disparó justo en el pecho con una recortada, lo que detuvo en seco a Buck. Pese al chaleco, eso tuvo que doler, y mucho.
—¡A la mierda! Entramos a saco. —El infierno se desató en aquel momento.
Disparos, golpes y bajas, muchas bajas. Estaba a punto de estrangular a uno de los tipos con los que había mantenido una intensa pelea, cuando una mano apretó mi hombro con fuerza.
—Es suficiente —era la voz de Nick. Estaba parado de pie, detrás de mí, lo que me hizo girarme hacia él, sin soltar mi presa. Pero no fue su sonrisa la que me desconcertó, sino ver a Han a su lado, sonriendo de la misma manera. —Acabas de pasar la prueba —me tendió la mano para ayudarme a ponerme en pie.
Revisé la periferia para comprobar que todos los tipos estaban a nuestro alrededor, sonriendo o quejándose de algún golpe. La sangre manchaba sus cuerpos, pero por su forma de moverse, sabía que no era real. ¡Maldita sea!, nos habían engañado a todos, esto había sido una farsa. Prueba, me corregí, había sido una maldita prueba, y la había superado. ¿Cabrearme? ¡Diablos, sí!, pero estaba dentro, así que sonreí.
Seguir leyendo