Al igual que hago siempre antes de saltar de un avión, tomé aire profundamente un par de veces, y después lo solté con lentitud. Es un pequeño truco para bajar las pulsaciones de nuestro corazón cuando los nervios lo aceleran. Y no, no iba a jugarme la vida al otro lado de aquella puerta, pero sí que estaba cagado de miedo. No estaba preparado para el rechazo, y no sabía por qué me importaba tanto. Hay muchas mujeres en Las Vegas, y seguro que más de una estaría encantada de tenerme como ¿novio? Pero el caso es que no quería cortejar a ninguna otra, solo a ella.
Atravesé la puerta del local, y con decisión avancé directo hacia la barra donde sabía que estaría ella. Si algo me ha enseñado el ejército, es a ir directo hacia mi objetivo. Enseguida se dio cuenta de que avanzaba hacia ella, por lo que se preparó con ambas manos apoyadas en la barra, y una sonrisa traviesa que hizo saltar mi corazón. ¡Dios!, parecía un perrillo que se emociona con solo ver a su dueño llegar a casa. Qué patético.
—Vaya, soldadito. Es un placer verte de nuevo por aquí. —Mi ego estaba feliz, hasta que vi como un billete de 20 era posado en la barra junto a ella.
—Suertuda —le acusó la mujer. Por la edad, y por la forma de mirarla, solo había una persona que encajaba; la encargada, la que le puteaba cada vez que podía. Algo me decía que esa situación no iba a mejorar.
—Creo que acaban de invitarte a una cerveza. —Becca me guiñó un ojo antes de abrir la cámara frigorífica.
—Puede que esa apuesta no acabe bien para ti —le advertí, sin apartar la vista de la otra mujer, que no nos quitaba ojo de encima. ¿Creería que habíamos hecho trampa?
—Puede, pero esta victoria no podrá quitármela. —Su sonrisa me dijo que merecía la pena.
—¿Soléis hacer esto con frecuencia? —tomé el botellín de cerveza fría y me lo llevé a los labios. Era sin alcohol, por supuesto. Ella no olvidaría algo así.
—Lo suficiente como para saber que no se deben hacer apuestas que no puedes asumir.
—Chica lista. —Y por eso, entre otras cosas, me gustaba. Guapa, inteligente, avispada y con los pies en el suelo. Toda una joya.
—Supongo que lo que traes ahí sea para mí —señaló con la mirada la bolsa que había dejado muy a la vista.
—Limpia y perfectamente doblada. —Lo primero era gracias al eficiente servicio de lavandería de mi hotel, lo segundo a las manías militares y a la falta de protagonismo que me caracterizaba. ¿Por qué llamar la atención sobre una camisa en una percha y metida en una funda de lavandería, cuando es más discreto doblarla con cuidado y llevarla en una sencilla bolsa?
—Eres una joya de hombre, soldadito —me alabó.
—El mérito no es mío, sino de la tintorería del hotel. —A cada uno lo suyo. Becca echó un vistazo al interior de la bolsa.
—Sí que son buenos. Los de mi tintorería no doblan así las camisas. Y bien, aparte de traerme la camisa, ¿has venido por algo más? —se mordió el labio de esa manera que estaba empezando a volverme loco. Pero no podía dejar que siguiese jugando conmigo de esa manera.
—Seguí tu consejo —sus cejas se alzaron, sorprendidas.
—¡Ah!, ¿sí?
—Fui a la entrevista de trabajo. —Por primera vez desde que entré en el local, empezó a mirarme de la misma manera que durante nuestra cita, como si yo no fuese un cliente del club.
—¿Y qué tal te fue? —preguntó realmente interesada.
—Pasé la primera prueba. —Su sonrisa esta vez fue auténtica.
—Me alegro por ti.
—Y el tipo ese, Nick —me incliné más hacia ella, como si fuese a contarle un secreto. Ella imitó mi gesto.
—¿Sí?
—Trabaja allí, en V- Security, la empresa que se encarga de la seguridad de este local. Y le he visto recoger camisetas sudadas, así que dudo que sea un tipo muy importante.
—Interesante —Becca ladeó la cabeza, mientras sopesaba esa información. —Así que te propuso para esa entrevista porque… —esperó a que yo terminase la frase.
—Necesitan cubrir una vacante, y pensó que yo podría encajar, así que me incluyó en el grupo de candidatos que se presentaron.
—Entonces eres un tipo con suerte. Hay una vacante, y alguien le dice a Nick que hay un tipo que sabe pelear, montando un buen lío en el club. No es tan insignificante si consiguió hacerte un hueco en la lista, creo yo. —¿No dije que era perspicaz?
—Su cuñada es la instructora que se encargó de la primera prueba —le aclaré.
—Vaya. —Ese detalle no se le esperaba.
—Así que creo, que toda mi suerte ha llegado hasta aquí. A Partir de ahora tendré que pasar las pruebas por mis propios méritos. —Al menos esa era la conclusión a la que había llegado.
—Estoy segura de que lo harás. —Aquella confianza en mí me infló el ego.
—Pareces muy segura.
—Te vi moverte la otra noche —señaló con la barbilla la zona donde se desarrolló toda la pelea—. Reconozco el buen material cuando lo tengo delante.
La tenía dónde quería, ahora solo tenía que empujarla un poco más hacia el agujero para que cayese. Era consciente de que no era posible que la campana sonase para mí esa misma noche, pero con el tiempo…
—Sé que tu dieta no te permite otro exceso tan pronto, pero ¿me dejarías invitarte a cenar si consigo el trabajo? A fin de cuentas, no lo habría conseguido si no es por ti. — Nada como darle un buen motivo antes de que tomase su decisión. Ella sonrió.
—¿Y cuánto tiempo tendré que estar comiendo pepinillos para compensar ese exceso?
—Nos llamarán para decirnos dónde y cuándo será la siguiente prueba. —No podía darle más.
—Mmm, sí que son misteriosos.
—Las empresas de seguridad se parecen mucho al ejército, dan la información justa, no la que quieres saber, sino la que ellos consideran que es suficiente. —Al menos es lo que había oído. —Y hablando de información, ¿me dejarías acompañarte a casa cuando termines tu turno? Prometo ser un buen chico. —Levanté las manos como si eso mostrase mi falta de malas intenciones.
—No voy a acostarme contigo, soldadito —se defendió con rapidez.
—No he dicho que vaya a pedírtelo.
—¿No quieres acostarte conmigo? —No sé si estaba sorprendida u ofendida.
—¡No! —lo pensé mejor—¡Sí! Joder —me tapé la cara para esconder mi vergüenza—. Quiero decir que me gustaría. ¡Diablos!, ¡mírate! No sería un hombre si no soñase con hacerlo. Pero sé encajar la negativa de una chica. Si quieres que solo seamos amigos, a mí me vale.
—¿Solo amigos? —preguntó curiosa.
—Acabo de aterrizar en la ciudad, no conozco a nadie. Lo poco que he hablado contigo me dice que eres una persona que merece la pena conocer.
—Quieres decir que si no tuviese tetas…
—Si fueses un tío también me gustaría conocerte —la interrumpí—. Como he dicho, estoy escaso de amigos aquí. —No sé si podría conseguir emular esa mirada de cachorrito que enternecía a las mujeres, pero al menos lo intenté.
—Está bien, amigo —Becca me tendió la mano por encima de la barra para que se la estrechase —Yo también ando algo escasa de amigos últimamente. Me encantaría contar con uno que no se meta en líos por culpa del alcohol. —¡Diablos!, eso era un sí.
—Pedido —gritó una de las camareras en el extremo de la barra. Becca me dejó solo para atenderla, pues era su trabajo. Yo le di un trago a mi cerveza, mientras sonreía como un niño que ve el árbol cargado de regalos la mañana de Navidad.
Y si eso no fuese suficiente, mi teléfono vibró con la llegada de un mensaje. Era de la empresa, me conminaban a acudir a la siguiente prueba. Había una dirección y una hora. ¡Joder!, las cinco de la mañana, ¿esta gente no dormía? ¿De qué me quejaba? Yo mismo había dicho que las empresas de seguridad se parecían al ejército, y allí no se cortaban a la hora de ponernos en movimiento a las horas más intempestivas.
Le di otro trago a mi cerveza. Bueno, puede que durmiese poco, pero no me pillarían con resaca.