Lo malo de ser una incorporación de última hora al grupo era tener que compartir habitación con la persona que nadie quería como compañero. Era eso o pedir una cama supletoria que arrinconar en algún extremo de la habitación de Isaac, y lo siento, pero tenía ganas de descansar en una cama de verdad.
He dormido en situaciones y posiciones impensables, así que no me preocupaba el compartir una noche con un tipo que roncase, le oliesen los pies o algo por el estilo. Pero una cosa es dormir o descansar, y otra muy distinta es hacerlo completamente. Un soldado es como una madre, tiene el oído pendiente de todo lo que le rodea, eso nos lo dijo el segundo día nuestro instructor. Y precisamente por eso, aun estando dormido, me di cuenta de que alguien estaba tratando de abrir la puerta de mi habitación. Alguien muy torpe tengo que decir, porque escuché varios intentos, seguidos de maldiciones, de conseguir que la cerradura colaborase.
La lógica me decía que mi compañero de habitación acababa de llegar, pero eso no me permitió bajar la guardia. Agudicé el oído, así fue como escuché murmullos, quejas y finalmente el pitido de la cerradura al abrirse.
Esperé a que entrase dando tumbos, golpeándose con cada mueble que encontrase en su camino, hasta llegar a la cama libre a mi lado. Pero eso no ocurrió, el tipo llegó hasta su cama y se sentó en ella con un crujido.
—Sé que estás despierto —dijo la conocida voz de Isaac. Abrí los ojos, pero no me incorporé.
—Esta no es tu habitación —Isaac soltó un pesado suspiro, al tiempo que se recostaba sobre el colchón.
—Lo siento, por todo. —Ese era un buen principio.
—No te preocupes.
—Daniel se convierte en un gilipollas cuando bebe más de dos copas. —Daniel. Registré su nombre en mi memoria.
—Es un gilipollas incluso antes. —Al menos a mí me lo parecía, y por la carcajada de Isaac soltó, creo que él tenía la misma opinión que yo.
—Sí, lo es. Con gusto le habría dado un buen golpe en la cabeza para dejarlo inconsciente. Te juro que en más de una ocasión deseé romperle la nariz, pero no creo que a su hermana le hiciese mucha gracia. —No, no lo creía, a menos que no quisiese tener la boda en paz.
—Siempre podrías decir que fue un accidente —le recomendé. Escuché una pequeña risa de Isaac, confirmándome que ya había pensado en ello.
—A los amigos los escoges, la familia es la que te toca. —Yo era el mejor ejemplo de ello. A mi familia era mejor tenerla lejos, me divorciaría de ella si pudiese.
—Conociéndolo, ¿todavía quieres tenerlo como cuñado? —Giré la cabeza hacia él, como si en verdad pudiese distinguir su cara en aquella media oscuridad.
—Su hermana está muy buena —se defendió.
—Eso no es suficiente —le recordé.
—Y la quiero. —Ahí ya no había nada que hacer.
—Entonces ya tengo mi respuesta. —Amor. La de estupideces que cometemos por él.
—Y hablando de mujeres. ¿Qué tal te fue? —El recuerdo de Becca me hizo sonreír de forma inmediata.
—Bien. —Escuché un crujido en el colchón de Isaac.
—¿Solo bien? Tuvo que ser mejor que eso. Tú no desapareces con una chica a menos que esté buena. —Y eso que él no la había visto en su uniforme de trabajo.
—Lo estaba —le confirmé.
—Me alegro —volvió a recostarse—. El covid nos ha tenido en dique seco a todos por demasiado tiempo.
Entre el confinamiento, el aplazamiento de las misiones por la imposibilidad de viajar a otros países, y el caos en las medidas de seguridad de cada país, al final había pasado más de dos años encerrado como un monje, sin tener relaciones sexuales con una mujer. Y precisamente no había tenido suerte con Becca, así que ese contador seguía corriendo.
—Ya, como si tú no te hubieses encerrado con tu novia en el primer permiso que nos dieron —le recordé.
—Los mejores tres días de mi vida —suspiró con anhelo.
—Todavía tendrás la entrepierna en carne viva. —Apenas habían pasado cinco días desde que nos dieran ese permiso, y los dos últimos él había estado peleando conmigo para que viniese a su despedida de soltero. Pero algo me decía que no había venido a Las Vegas sin despedirse de su chica, o que ella le recordase lo que dejaba en casa, y que no se metiese con ninguna otra mientras estaba aquí. Resultado, tendría que tener la ingle pelada de tanto mete y saca.
—Nada que no se solucione con mucha crema hidratante. Sí, definitivamente julio de 2022 hay que erigirle como la mejor temporada de mi existencia.
—Todavía queda una semana, eso puede cambiar. —Apreté los dientes nada más decirlo. No quería ser un agorero, pero había caído en la trampa de decirlo en voz alta, y eso era malo, muy malo.
—Me caso en dos días. Ya puede estallar el apocalipsis zombi que nada me va a fastidiar la luna de miel. Julio va a cerrarse bien porque yo lo haré posible. —Esa era la actitud. —Y hablando de aprovechar el tiempo—volvió a girarse hacia mí—. ¿Ya has pensado en si reengancharte o no? —Sabía que él estaría encantado si lo hacía, porque éramos del mismo equipo.
—Mañana tengo una entrevista de trabajo. —El colchón crujió bruscamente cuando su silueta se incorporó bruscamente para sentarse frente a mí.
—¿Qué? ¿Por qué no me lo habías dicho?
—La he conseguido hoy.
—¿Hoy? —Tardó unos segundos en llegar a la respuesta— ¿Aquí? ¿En Las Vegas?
—Ahá —confirmé.
—Vaya, sí que te mueves rápido —volvió a recostarse.
—Fue algo inesperado. —A cualquiera que se lo contase, no me creería. ¿Debía decirle que había conseguido esa oferta por hacerle una llave de “mata león” a su futuro cuñado?
—Parece que la suerte te sonríe. Follas, encuentras trabajo… O es la ciudad, o es que el karma te está devolviendo todo lo que has pagado antes. —Lo medité unos segundos. Sí, podía ser que el karma me estuviese compensando por toda una vida de mierda.
—No cantemos victoria. No he conseguido el trabajo, solo es una entrevista. —No debía hacerme ilusiones todavía.
—Ya, y quién sabe si esa chica no te ha pegado una gonorrea. —¡Será cabrón!
—No lo creo. —No pensaba decirle el motivo porque estaba seguro de que eso no era posible. ¡Diablos!, ni siquiera había conseguido un beso.
—Duérmete. No queremos que mañana lleves unas enormes ojeras a esa entrevista. —Y el cabrón seguía riéndose a mi costa.
—Siempre puedo robarte algo de maquillaje —esquivé su almohada por pocos centímetros.
—Solo era para quitarme los brillos de la foto, y yo no me lo puse, fue asistente del fotógrafo. —Ahhhh, qué bien sentaba sacar a la luz esos pequeños e incómodos momentos. El pobre Isaac sufrió la mofa de toda la sección y lo que le quedaba por sufrir.
Tenía una enorme sonrisa en la cara cuando Morfeo me acogió de nuevo en sus brazos.
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