No pude esperar, en cuanto Diana llegó a nuestra habitación, el ruido me puso alerta. Escuché como tropezaba con la cama, como se quejaba por golpearse el pie, y como finalmente caía sobre el colchón con muy poca gracia. El alcohol es lo que tiene, que te convierte en un payaso sin coordinación ni vergüenza.
No tardé mucho en escuchar sus ronquidos, señal de que Morfeo la había acogido en sus brazos. Con sigilo fui hasta el baño, un extra que agradecí, porque tener un aseo en la habitación y no tener que compartirlo con toda la planta, era un pequeño regalo para alguien como yo, y para Diana, todo hay que decirlo.
Tomé el vaso de plástico que dejé junto al retrete, me senté, y dejé que el contenido de mi vejiga fluyese para llenar el recipiente. No todo acabó dentro, así que me lavé las manos antes de salir del aseo.
Permanecí en silencio antes de avanzar dentro de la habitación, tratando de asegurarme de que todo estaba como debía. La luz que se colaba por la ventana me dejaba apreciar las formas que ya conocía, y el ronquido de Diana confirmaba que ella también estaba en la misma condición de hacía un rato.
Caminé de puntillas hasta su cama. La maldita me lo había puesto fácil, no se había cubierto con la colcha. No es que hiciese calor precisamente, pero el alcohol debía mantenerla caliente. Me acuclillé a su lado, porque no quería que me viese allí de pie si por casualidad abría un ojo. Con cuidado empecé a derramar el líquido sobre su entrepierna, mientras trataba de contener la sonrisa que sabía ya estaba creciendo en mis labios.
Con el vaso vacío, regresé a mi cama y escondí las pruebas del delito en un lugar donde sabría no iría a buscarlas. Me acosté y me cubrí con el edredón, solo tenía que esperar. Me quedé dormida mientras lo hacía, así que no me sorprendió que el grito de Diana llegase cuando las luces del día iluminaban nuestro cuarto. Mejor, porque así no me perdí ningún detalle.
—¡Agh! —gritó con dramatismo mientras saltaba de la cama.
—¿Qué ocurre? —pregunté inocente, asomando la cabeza por encima del edredón.
—Nada, nada. —Trató de quitarle importancia, y yo sabía que era porque se avergonzaba. ¿Una mujer de 20 años que se mea en la cama? Esa noticia correría por el campus como un embarazo.
Diana salió corriendo hacia el baño, desde el que escuché algunos improperios. Me costaba contener la risa, pero me mantuve en mi papel.
—¿Diana? —pregunté. —¿Estás bien?
Como una exhalación, ella volvió a aparecer en la habitación, solo que sin la parte inferior de su ropa. No era la primera vez que se paseaba medio desnuda, así que no le pregunté, como era de esperar.
—No pasa nada. —Corrió hasta su cama, para tirar de su edredón y enrollarlo de mala manera entre sus brazos.
—¿Te vino la regla? ¡Oh, señor! —dije con la vista clavada en la mancha amarilla que quedaba en la cama. —Te has…
—No digas nada. —Me amenazó con su dedo frente a mi nariz. Sí que estaba enfadada.
—Claro. —Me tragué la risa y fingí sorpresa. Pero mi diablo interior se estaba desternillando como una posesa, y creo que mi angelito también.
—¡Mierda!, ¡mierda! —Tiró del resto de la ropa de cama, pero el enorme cerco del colchón seguía ahí. Me parecía a mí que había perdido su fianza, la habitación no estaba como la encontró.
La vi meter toda la ropa en una bolsa de basura, calzarse unos pantalones, y salir con la bolsa hacia a lo que supuse sería la lavandería. Parecía que la perseguía una jauría de perros rabiosos.
Yumi tenía razón, la venganza sentaba bien, muy bien. Ahora quedaba mi adorado novio, es ironía.
Mientras Diana estaba en su misión de ocultación de pruebas del delito, yo me deshice de las mías. Y de paso, me puse a pensar en la manera de castigar a Ray. Debía encontrar algo al nivel de su traición, algo que realmente fuese tan traumático como lo que él me había hecho a mí. Que se mease en su cama ya no podía hacerlo, en primer lugar, porque sería demasiado sospechoso, y segundo, porque no iba a acercarme a ese despojo de persona nunca más.
Mi atención fue directa hacia mis bien ordenadas carpetas de apuntes. Los cuadernos estaban pasados a limpio, subrayados en colores y con marcas de acceso directo a lo importante. Ray no iba a ponerles una mano encima. Empecé a ordenarlos, reubicando y guardando, para que, si le daba por acceder a mi habitación, no pudiese encontrar lo que necesitaba. ¿Por qué pensaba que lo haría? Tenía una aliada en la cama de al lado, seguro que ella le dejaría entrar.
Estaba escondiendo un par de cuadernos entre mi ropa, cuando encontré la caja que me envió la tía Desiré. No la había vuelto a abrir desde que la escondí bajo un jersey, porque pensé que no iba a necesitarlo. Pero después de lo que me había dicho Yumi, quizás era el momento de empezar a usar lo que había dentro. Tener una científica en la familia, con acceso a material de laboratorio, iba a ser una gran ventaja.
Saqué el contenido para exponerlo sobre mi cama; guantes, gel hidroclórico y lo más importante, un par de lotes de mascarillas, normales y FPP2. En su momento pensé que Desiré era una exagerada, pero si Yumi estaba aislada en su casa, es que los de arriba sabían hacia dónde se dirigía todo esto. Mejor prevenir que lamentar.
Un par de conocidos golpes sonaron en mi puerta, y sabía quién era antes siquiera de abrir. Era el momento de dejarle bien claro que no era bien recibido en mi habitación. Me coloqué una mascarilla azul y abrí la puerta. Como esperaba, la sorpresa de Ray fue mayúscula.
—¿Estás bien? —Tenía la intención de entrar, como era su costumbre, pero la visión de la mascarilla sobre mi boca lo detuvo, como esperaba.
—Acabo de venir de viaje, no está de más mantener una pequeña cuarentena. ¿Y si me han contagiado? —Sus cejas se alzaron, entre sorprendidas y preocupadas.
—¿Tienes síntomas? —Nada como meter miedo.
—De momento no, pero para eso son las cuarentenas, para evitar contagios si es así. Por si acaso, será mejor que te mantengas alejado de mí y de los lugares en los que yo estoy. —Lo meditó un par de segundos.
—Eres una exagerada. —Noté como sus ojos se desviaban a mi escritorio. Ya sabía lo que le interesaba.
—Es posible, pero no está de más tomar precauciones. —Alcé la mano la para indicarle que se mantuviese lejos. —Nos veremos en clase.
—Eh… —Trató de buscar una justificación para no tener que irse sin su trofeo. —Te veo mañana, nena. —Nena. Escuchar aquel apelativo me puso los pelos de punta.
Por fortuna, al día siguiente el gobernador de Nueva York decretó el cierre de las escuelas públicas en la ciudad. El asunto era serio, y Ray no tuvo más remedio que mantener la distancia ante mi reticencia al contacto personal. Tenía mi excusa para tenerlo alejado de mí. Por una vez, las malas noticias eran buenas noticias para mí.