Maryorie
Tenía que haber sido un buen plan, pero tuvo que llegar aquella piltrafa de mujer para fastidiármelo. Sé lo que suele suceder con los médicos y las enfermeras, ellos creen que tiene cancha libre para jugar con ellas, y ellas a cambio esperan poder atrapar a un médico. No tenía ni idea de lo que aquella mosquita muerta estaba tramando, pero estaba claro que debía estar funcionando, porque Leo la saludó con demasiado entusiasmo. Y ese era uno de los motivos por el que estaba allí, en Las Vegas, tenía que recuperarle. ¿Quién en su sano juicio dejaría escapar a un Cardiólogo Infantil? Yo no.
La noticia de que había conseguido el puesto de director médico del departamento de Cardiología Pediátrica en el Hospital Altare de Las Vegas, corrió por todo el Saint Francis Memorial de San Francisco, el que fue su antiguo lugar de trabajo, y esperaba que también el mío. Sí, había decidido cambiar de aires, igual que Leo. Con su ayuda, mi currículum podía llegar a las manos indicadas. Era consciente de que seguramente no conseguiría el puesto de directora de recursos humanos, pero una vez dentro, podía ir abriéndome camino.
Volver a trabajar en el mismo hospital me facilitaría el recuperar nuestra relación. Mi última rabieta acabó en ruptura. Pero aprendí, sabía que la próxima vez no debía apretarle tanto las tuercas para conseguir lo que quería de él.
No fui directamente al departamento de Recursos Humanos a entregar mi currículum. Había revisado por encima el organigrama del equipo directivo, y si bien no me pasó desapercibida la reiteración del apellido Costas, lo que más me llamó la atención es que una mujer ocupase el puesto de subdirectora. Si conseguía ganármela, tendría la mitad del trabajo hecho. Llegar al puesto de subdirectora no debía haber sido por méritos propios, su apellido así me lo decía.
La subdirectora Costas solo podía ser dos cosas, o una mujer a la que su familia había colocado a dedo en un puesto importante, o alguien a la que no le importaba utilizar todos los recursos a su alcance para conseguir lo que quería. Y eso último era lo que quería encontrar, porque entonces estaría ante una igual. Ya se sabe, nadie puede conocerte mejor que tú mismo, y si éramos iguales, sabía perfectamente qué teclas podía tocar.
Entré en el ascensor que me llevaría a la zona de administración. Estaba por pulsar el botón que me indicaron me llevaría hasta aquella oficina, cuando vi que había más opciones por encima. Si era la subdirectora, seguramente estaría en una planta superior. Pulsé el botón que estaba convencida me llevaría a sus dominios.
Nada más pisar el suelo al otro lado, me encontré a un hombre sentado en la sala de espera. Sus ojos me siguieron a medida que avanzaba por el pasillo. No pude evitar esbozar una sonrisa. Jugar con él sería fácil, todos los hombres son manipulables, solo había que conseguir que pensasen con sus genitales, no con el cerebro.
—Es tu marido, ¿en qué puedo yo ayudarte a elegir su regalo de cumpleaños? Nadie le conoce mejor que tú. —Dos mujeres se dirigían hacia mí. Enseguida reconocí a la subdirectora por su foto del organigrama de la empresa. La otra era mucho más joven, y llevaba una identificación del hospital. ¿Amigas?
—¿Subdirectora Costas? —Tenía que presentarme antes de que aquel hombre se interpusiera en mi camino, no tenía tiempo para él.
—¿Sí? —Bien, la había pillado desprevenida.
—Disculpe que la moleste, soy Maryorie Prior. ¿Podría dedicarme unos minutos? —miré a la joven, para que entendiese que era algo entre la subdirectora y yo.
—Te veré en el almuerzo, mamá. —¿Mamá?
—Claro, cariño. —Se despidieron con un beso y nos quedamos solo ella y yo, bueno, y el hombre que estaba junto a la entrada. La subdirectora alzó la mano para detenerlo, ¡Vaya!, pues parecía que él estaba allí por alguna razón que tenía que ver con su seguridad. —Que yo sepa no tenemos una cita.
—Solo serán unos minutos, de verdad. —Traté de poner mi cara más suplicante. Ella vaciló, eso era bueno.
—Yo me encargaré de esto. —Vaya, el director Costas, esto se ponía interesante.
—¿Estás seguro? —le preguntó ella. Oh, sí. Sería más fácil engatusar a un hombre, y este era además muy atractivo, e irradiaba esa aura autoritaria que me ponía. Al final esta entrevista iba a gustarme.
—Completamente —el director esbozó una cariñosa sonrisa.
—De acuerdo —ella se rindió.
—Acompáñeme, señorita Prior. —Me señaló el camino a su despacho. Una vez dentro, me señaló la silla frente a su escritorio. —Por favor. —Era educado. Le sacaría unos diez años a Leo, pero no me importaría cambiar de objetivo. Un director de hospital estaba muy por encima de un director médico. —Bien, usted dirá.
—El tema no es lo suficientemente importante como para tratarlo con usted, señor…—Traté de hacerme la desinformada. Él sonrió.
—Llámame Anker, Maryorie. —Mi estómago dio un salto. Esto iba por buen camino, quería tutearme, lo que implicaba un trato más personal.
—Anker —accedí —. Solo quería entregarle mi currículum a la subdirectora Costas, porque me encantaría trabajar aquí. —No era una mentira.
—Podías haberlo enviado por correo electrónico a nuestro departamento de Recursos Humanos. —me recordó.
—Presentarlo en mano es algo mucho más personal. No quería que mi solicitud se perdiera entre los montones de ellas que deben recibir. —Me humedecí lentamente el labio inferior para provocar su lívido un poquito. Él sonrió de forma ladina, había interpretado mi juego. Bien, así podía ir directa al grano, sin tener que perder el tiempo enviando señales encubiertas. Si los dos nos entendíamos, podíamos dejar los términos de nuestro acuerdo bien claros.
—¿Qué puesto es el que tienes en mente? —Directo al grano. El tipo tampoco se andaba con rodeos.
—Aquí está mi currículum —deslicé la hoja sobre su mesa—. Como verás, he estado trabajando en el departamento de Recursos Humanos en el Hospital Saint Francis Memorial —él lo estudió con una rápida ojeada.
—Subdirectora del departamento.
—Eso es —le aseguré.
—Ese puesto lo tenemos cubierto —dijo mientras dejaba la hoja de nuevo sobre la mesa.
—No me importaría empezar desde un puesto inferior, o incluso en otro departamento. Siempre y cuando tenga posibilidades de ascender. —Me mordí el labio inferior de forma sugestiva. Él entendería cual era mi oferta para conseguirlo. Me sonrió, había aceptado. Bien.
—Voy a decirte porqué no vas a trabajar aquí, Maryorie. —¡¿Qué?! —Primero, aquí contratamos a la gente por su capacidad, pero la laboral. Los méritos que nos interesan se demuestran con su trabajo. Segundo, nos gusta la gente con integridad, y no me parece que tu oferta sea la apropiada para un hombre casado. Felizmente, he de decirlo. Y por último, nos gusta la gente con iniciativa, pero no la que se salta las reglas en beneficio propio. Y dicho esto, cierre la puerta cuando salga, y llévese esto. Puede que lo necesite para encontrar trabajo en alguna otra parte de la ciudad. —¡¿Qué?!
—Pero… —Todavía no daba crédito a lo que estaba oyendo.
—¿Necesitas que alguien te acompañe hasta la salida, Maryorie? —Y el impresentable este se recostó en su asiento como si fuese Vito Corleone, el gran capo de la mafia italiana de la película esa tan famosa.
—Eh… No —me puse en pie de forma vacilante. En mi vida me habían tratado de esa manera, y mucho menos me habían despachado con aquel desprecio. Me giré hacia la puerta para irme. No iba a mostrarme débil delante de él.
—Maryorie —me llamó con voz dulce. Sí, esto no podía ser más que una broma.
—¿Sí? —me giré de nuevo hacia él.
—Olvidas tu currículum —sus dedos empujaron la hoja sobre la mesa hacia mí. La cogí con rabia contenida, pero no dije lo que tenía en la punta de la lengua. Todo lo que tenía de atractivo lo tenía de grosero.
—Gracias. —Cogí mi orgullo y salí de aquel despacho con la cabeza bien alta. No podía permitir que me viesen salir de allí derrotada.
Anker
En cuanto la puerta de mi despacho se cerró, marqué el número de Drake.
—¿Y bien? —preguntó.
—Si no intervengo, habría engatusado a Amy para que le diese un puesto de trabajo en administración. —Estaba bien que me hubiese avisado a tiempo de la llegada de esa mujer. La muy ladina me había lanzado la caña a la primera oportunidad que se le presentó. ¿Peligrosa? Más que un tiburón hambriento en mitad de un banco de atunes. Ese tipo de mujeres cuanto más lejos mejor. Eran problemas con tacones.
—Amy no es tan ingenua. —No, no lo era, pero no podía arriesgarme. Una zorra como Maryorie era mejor mantenerla lejos de las gallinas, lo más lejos posible de mi mujer.
—Conozco a mi mujer, pero no a esa otra. Perdóname si prefiero cortarle la cabeza a la serpiente sin saber si es venenosa o no.
—A mí tampoco me gustan las serpientes. Supongo que es una cosa de familia. —Dudo que Drake tuviese que protegerse de una mujer como Maryorie. Casi que puedo imaginarme a mi prima Tasha encargándose personalmente de ella. Pensándolo bien, yo había sido muy suave con ella. Al menos tenía todas las piezas de su cuerpo encima cuando salió de mi despacho.
—Será mejor que vuelva al trabajo. Algunos tenemos que trabajar duro para mantener este hospital a flote —le pinché.
—Siento haberte interrumpido —se disculpó, aunque no tenía el tono que se supone de alguien arrepentido o compungido.
—Sabes que puedes llamarme para cosas como estas cuando quieras. De vez en cuando está bien sacar las narices del papeleo aburrido.
—Idem. —Otro al que le gustaba un poco de picante. Somos una familia curiosa.