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    Tucker

    Capítulo 13

    27/08/2026

    Becca sopló con frustración el rizo que le caía sobre la frente, mientras asumía que el juego se había acabado. Estaba a punto de desmontar de mi regazo, cuando aferré su cadera para detenerla. Como le dije, soy un soldado de los que no se rinden. Y soy un SEAL, si no tengo opciones, me las fabricó.

    La besé con intensidad, dejándole claro que no habíamos terminado.

    —¿Tucker? —Sus ojos me observaban confundidos, como si creyese que iba a saltarme todas las normas sanitarias, contraviniendo el concepto de buen chico que tenía de mí.

    —Sin penetración. —Mi propuesta la sorprendió más.

    —¿Quieres hacerlo sin…? —volví a besarla.

    —Me sirve cualquier cosa mientras nos de placer a ambos. Si tengo que volver a la adolescencia, pues adelante. —La besé profundamente, mientras empujaba su trasero hacia mí, instándola a retomar aquella caricia de amazona que me había llevado al límite solo hacía unos minutos.

    Su pubis volvió a arrastrarse sobre mi verga, provocando esa deliciosa presión en toda mi longitud. Becca cambió el ángulo, para frotarse así misma el clítoris. Sus dientes se ensañaron con su labio inferior, a medida que la caricia iba encendiendo su horno interior.

    Verla allí, encima de mí, su rostro sonrojado, sus pezones duros, mientras ejecutaba contundentes pasadas de su cuerpo sobre el mío, estaba acercándome peligrosamente al orgasmo, como si fuese un tierno adolescente. Pero lo peor no era su tentador cuerpo y el uso que estaba haciendo de él, sino los sonidos que escapaban de su garganta, que tensionaban un poco más mis testículos cada vez que alcanzaban mis pobres oídos.

    Apreté la mandíbula, conteniendo los deseos de mi cuerpo de liberarse dentro de mi ropa interior. Ella todavía no estaba preparada, ella necesitaba… Atrapé su cuello para acercarla más a mí boca y poder devorarla, no solo para acallar aquella tortura que golpeaba sin clemencia todo mi ser, sino para arrastrarla contra mi cuerpo lo suficiente, como para que mi otra mano descendiera por su trasero. No era para marcarle el ritmo, ella había encontrado el ángulo y el ritmo perfecto, sino para alcanzar con mis dedos la entrada a su vagina.

    No pude contener el rugido de satisfacción cuando encontré la entrada de aquel estrecho canal. Estaba empapada, lista para que la penetrase. Mi pene se habría deslizado hasta el fondo sin mucho esfuerzo. Sentí el tirón en mis pelotas, ellas estaban deseosas de participar en esa experiencia, empujando hasta meter mi mástil endurecido en aquella acogedora funda. Pero esta vez no.

    El gemido de Becca me animó a continuar con la caricia, adentrando más profundamente mis dedos, buscando con las yemas aquel lugar que sabía era el botón de su éxtasis. Por un momento, todo el camino que había recorrido para adquirir aquellos conocimientos sobre la anatomía femenina había merecido la pena. Atrás quedó el cómo, atrás quedó el con quién, para solo prevalecer el para qué. Era para Becca, para volverla loca a ella, para llevarla al orgasmo que deseaba darle.

    —Tucker. —Su gemido se fusionó con mi nombre, mientras sentí las paredes resbaladizas de su vagina contraerse alrededor de mis dedos.

    Absorbí en mi boca el pequeño grito que escapó de su garganta al alcanzar el orgasmo, mientras seguía penetrándola con mis dedos, y manteniendo el vaivén de su cuerpo con la otra mano. Me derramé dentro de mis calzoncillos, mientras sentía las sacudidas de su cuerpo. ¡Ahhh!, aquello era el cielo.

    Su cuerpo exhausto se derrumbó sobre mi pecho, que lo recibió con delicadeza. Nuestras agitadas respiraciones se fueron acompasando a medida que nos recuperábamos. Tenía que ver el placer en sus ojos, así que alcé su rostro hacia mí para poder recrearme en sus mejillas sonrosadas, y el sudor perlando su piel. Ser consciente de que yo había conseguido eso, me alzaba a tres kilómetros sobre las nubes.

    —Vaya. Debiste de tener una adolescencia interesante. —Su comentario me tensó. No estaba dispuesto a descubrirle esa parte de mi pasado.

    —Podría decirse así. —Los dedos de Becca empezaron a dibujar perezosamente sobre mi pecho, haciéndome cosquillas, borrando ese mal sabor de boca que el pasado había dejado con su recuerdo.

    —Esto no va a quedar así, lo sabes ¿verdad? —alcé la cabeza para mirar su rostro de nuevo.

    —¿Qué quieres decir? —Algo parecido al miedo apretó mi estómago, convirtiendo el desayuno en una masa compacta que pedía una salida rápida.

    —Que tenemos que hacerlo bien —mi estómago empezó a relajarse—. Así que vamos a darnos una ducha, a vestirnos y salir a por unos preservativos. —Una sonrisa lenta apareció en mis labios.

    —Quieres el lote completo —le reté. Su mano se apoyó en mi abdomen para poder alzarse y mirarme desde su posición de amazona. Mi pene dio una pequeña sacudida cuando contemplé aquellos tentadores pechos de nuevo frente a mí.

    —Oh, soldadito. Si eres capaz de hacer esto sin desenfundar tu mejor arma, me muero por probar lo que eres capaz de hacer con ella. —Le dio un pequeño toque a mi pene con la punta de su dedo. El cabrón estaba medio muerto, pero eso no impidió que alzara levemente la cabeza, como si despertase de un largo sueño, todo descansado y dispuesto a ponerse en acción si recibía la orden.

    —¿Quién ha dicho que esta sea la mejor? —me incorporé mientras la tomaba entre mis brazos, impidiendo que cayera.

    —¿Tienes más? —preguntó con una ceja alzada. ¿Que si conocía más formas de llevarla al orgasmo sin incluir a mi pene en el lote? Esta mujer no sabía lo que me estaba pidiendo.

    —No pretenderás que te descubra mis secretos la primera vez —le reté con una sonrisa.

    —¿Por qué no? —¿No he dicho que ella era una experta jugadora? Pues además era de las que exprimía a su oponente en cuanto tenía ocasión. No tenía clemencia. Pero daba la casualidad de que estaba dispuesto a ganarme ese punto.

    —Está bien —me puse en pie, cargándola en mis brazos. Sus piernas se aferraron por instinto a mi cintura—. Tú lo has pedido. Luego no llores cuando me vaya. —Lo que se dice irme, solo sería para volver otra vez.

    —Eres un poco arrogante, ¿no crees? —Esta vez fue mi ceja la que se alzó, mientras se dibujaba una sonrisa ladina en mis labios.

    —¿La ducha? —pregunté.

    —Por allí —señaló con el dedo por encima de su hombro.

    Nos llevé a ambos hasta el baño, abrí el grifo y esperé a que el agua caliente llegase, sin dejar que sus pies tocasen el suelo.

    —Puedo caminar. —Pero no hizo ademán de bajarse.

    —No dirás lo mismo en unos minutos. —Su ceja volvió a alzarse, adornando un brillo travieso en sus ojos. Lujuria, pecado, ella era la fuente de todo ello. La deposité sobre el borde del lavabo mientras me deshacía de la ropa que me quedaba encima.

    —Ah, ¿sí? —Mi mano tocó el caudal caliente antes de meternos a ambos bajo la lluvia de la ducha. La deposité con cuidado junto a la pared, y me incliné, hasta tener su pubis a la altura de mis ojos. Abrí sus piernas y alcé la vista hacia su expectante rostro.

    —Agárrate a mis hombros. —No le di tiempo a replicar, posicioné mi boca sobre su clítoris, y empecé a succionar en el punto correcto. Sus gemidos y gritos de placer se mezclaron con palabrotas que me sonaron a dulce música.

    ¿Decía que era arrogante? Ella estaba entendiendo que no soy de los que alardean sin tener una buena base para ello.

    Cuando terminé con ella, su cuerpo estaba casi derrotado, temblando entre mis manos, y tratando de recuperar el resuello. Solo había algo mejor que ver esto, y sería hundirme en ella contra aquellos azulejos mientras volvía a repetir todas y cada una de las palabras que había pronunciado en esos pocos minutos.

    —¿Convencida? —Su sonrisa traviesa ya me estaba dando la respuesta.

    —Tendré que igualar la apuesta, soldado. —Antes de terminar la frase, se había puesto de rodillas, y estaba aferrando mi enhiesto pene para prestarle la misma atención que yo le había dado a sus genitales.

    No sabía si mirar como su boca hacía desaparecer mi pene dentro de ella, enviando miles de hormigas ardientes por toda mi piel, o cerrar los ojos y disfrutar de la experiencia. ¡Mierda!, ella tampoco se quedaba atrás. Y yo pensando que Becca caería rendida a mis pies gracias a mis habilidades amatorias. Ella ya me había convertido en su esclavo por el resto de mi vida. ¡Dios!, dame fuerzas para no claudicar aún más.

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