Nick estaba retirando las etiquetas en las taquillas de las personas que no habían pasado la primera criba, mientras los cinco supervivientes nos cambiábamos de ropa. Me moría de ganas por preguntarle, pero me estaba aguantando. ¿Qué demonios hacía recogiendo la ropa sucia, un tipo que parecía importante para los tipos del club de estriptis? No me encajaba. ¡A la mierda!, cogí mi ropa sucia y la metí en la cesta en la que Nick había metido la de los demás, para así tener una justificación con la que acercarme.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —Él sonrió, como si hubiese estado todo este tiempo esperando a que diese el paso de hacerlo.
—Dispara.
—Alguien del club me dijo que eras un tipo importante allí, ¿qué haces aquí recogiendo ropa sucia? —Una de sus cejas se alzó curiosa.
—Concreta más ese “importante”.
—No quiero meter a nadie en un lío. —No podía decirle que esa información me la había dado Becca.
—No vas a hacerlo, tranquilo. Pero me gustaría saber qué te han contado de mí. —Dudé si decirle todo, pero como alguien dijo, “si quieres peces, tienes que meterte en el río y mojarte los pies”.
—Dicen que no necesitas pagar tus consumiciones, y que los de seguridad te tienen mucho respeto. —Más o menos era lo que me dijo Becca. Apreté el culo, esperando no haber metido la pata. La sonrisa de Nick me dio buenas vibraciones.
—La mayoría de los chicos de seguridad del Blue Parrot han pasado por aquí, como tú ahora. Nuestra empresa se encarga del personal de seguridad allí, entre otros lugares. Tanto mi cuñada como yo trabajamos para esta empresa, y a estas alturas ya deberías saber que tanto ella como yo podemos darte una buena paliza. ¿Tú no nos mostrarías cierto respeto? —Visto así…
—Mejor llevarme bien con vosotros dos, entendido. —Nick sonrió, satisfecho.
—Y no es que no pague mis consumiciones, es que el encargado del local es un tipo astuto. ¿Tú no tratarías bien al representante de la empresa que te cubre el trasero? —¡Mierda!, tenía su lógica. Y Becca pensando que era algo más oscuro. Quizás debería explicárselo. Sí, lo haría.
—Nick, el gran jefe quiere hablar contigo. —Pues había alguien que estaba por encima, eso estaba claro, y ese alguien era capaz de borrarle la sonrisa al risueño de Nick.
—Voy —dejó todo y siguió a su cuñada. Parecía que el jefe sí que imponía. —¡Ah!, y estad pendientes de vuestro teléfono, os llegará un mensaje con la ubicación y la hora de la siguiente prueba.
—Sí, señor —respondí, pero Nick ya no estaba prestando atención a lo que ocurría en aquel lugar.
Estaba volviéndome para recoger mi chaqueta, cuando el hombro de otro de los candidatos me golpeó mientras pasaba a mi lado, haciendo que me tambalease. Me dedicó una mirada asesina durante apenas unas milésimas de segundo, pero ya con eso me dejó claro que quería el puesto, y que no le gustaba que fuese el recomendado de Nick. El tipo tenía una espalda enorme, seguramente trabajada durante horas en el gimnasio, con una exageración de pesas. Era grande, muy grande. Era algo así como si Dwayne “La roca” Johnson y Mike Tyson hubiesen tenido un hijo, espeluznante.
—No le hagas ni caso —me aconsejó un tipo bajito con rasgos asiáticos. Bajito comparado con el engendro de antes, y también como la mitad de sus músculos. Pero no me engañaba, lo había visto en el tatami, y era letal a su manera. Ágil, fibroso y rápido. Su presencia no imponía como la del otro, pero estaba seguro de que podía ser decisivo en una confrontación. En otras palabras, preferiría tenerlo en mi equipo que en el del adversario. —Soy Han —se presentó.
—Tucker —respondí, al tiempo que le estrechaba la mano. ¿Por qué no lo hicimos antes? Bueno, digamos que hasta ahora éramos competidores. Aunque supongo que lo seguíamos siendo en ese momento.
—Iván —se presentó otro de los tipos, que se había acercado hasta nosotros. Este era más fornido, pero tampoco le alcanzaba al físico del tipo que se acababa de ir.
—¿Y él? —todos giramos la cabeza hacia el último tipo que estaba al fondo del vestuario. Podía notar que nos había oído, pero no se dio por incluido en la conversación.
—Según el nombre de su taquilla, es Anderson —comentó Han. El tipo era observador. Yo, desde mi apartado lugar, solo pude leer algunos nombres, pero eran de candidatos que habían sido eliminados, así que no me servía de gran cosa recordarlos.
—¿Qué os parece si nos vamos a tomar una cerveza e intercambiamos opiniones? —propuso Iván.
—Es demasiado pronto para beber, pero no diría que no a algo para comer. —Después de toda la energía que habíamos gastado, mi cuerpo pedía a gritos un reconstituyente.
—Me gusta como piensas —Han entrecerró sus ojos rasgados hacia mí, al tiempo que me señalaba con el dedo.
—A mí también me gusta esa idea —añadió Iván.
—Conozco un lugar donde hacen unas hamburguesas que están de muerte, ¿qué os parece? —Pasar la primera criba merecía una buena celebración.
—Que yo conduzco —se ofreció Han. Lo dicho, no sabía si el local estaba a la vuelta de la esquina, pero ya contaba con ir en coche. ¿Es que la gente ha olvidado caminar? En fin, saqué mi teléfono y busqué la ubicación de la hamburguesería. Según Google, estaba a tres manzanas de distancia. Por esta vez cedería el control a mi estómago, y tomaría el medio de transporte más rápido.
Pensé en Isaac, y en que le debía algo de información. Según la hora, estaría a punto de abandonar la habitación del hotel, para regresar a con su chica. Tecleé rápido.
—Primera entrevista superada. Estoy a la espera de la segunda —y envié.
Media hora más tarde, estábamos saboreando aquella carne tan jugosa. Han engañaba el cabrón, con lo pequeño y delgaducho que era, comía como un oso hambriento. Más te valía no meter la mano en su plato o te la arrancaría.
—¿Cuál crees que será la siguiente prueba? —La pregunta la hizo Iván, pero Han se volvió hacia mí con el mismo interés.
—No tengo ni idea —reconocí —. Aunque si ya han empezado con las pruebas de lucha, la siguiente, por lógica, tendría que ser una prueba de tiro.
—Armas —Han entrecerró los ojos mientras sopesaba mi propuesta—. Podría ser.
—Creo que en esa os machacaré a los dos. Y lo siento, porque me estabais cayendo bien. —Iván le pegó un mordisco a su hamburguesa de forma indolente, como si no acabase de descartarnos en la carrera por el puesto. No quise levantar la liebre, dejando que mis labios dibujasen una sonrisa, pero ¡Diablos!, soy un SEAL, podía manipular armas que estos dos ni siquiera sabrían por dónde agarrar.
—Yo esperaría a cruzar la meta para colgarme esa medalla. —Han sí que sabía cómo pararle los pies. Yo no debía ser el único que sabía usar un arma. Mi nuevo amigo asiático seguro que escondía tantas o más sorpresas que yo.
—¿Quieres apostar? —le retó Iván.
—¿Qué propones? —Han no era de los que se echaba atrás, y eso me gustaba.
—El que gane invitará a comer al resto —propuso Iván.
—¿Nada de una muestra de humillación para los perdedores? —Iván se encogió de hombros ante mi sugerencia.
—No os conozco lo suficiente como para saber qué os avergonzaría más, así que he ido a lo seguro. —Ahí tenía razón.
—De acuerdo —estiré mi mano para posar la palma sobre la mesa—. Estoy dentro. —Si tenía trabajo, invitarlos a comer era algo que podría asumir sin remordimientos.
—Y yo —Han fue el siguiente en poner su mano sobre la mía.
—Ha sido fácil. —Iván fue el último. —Y ahora, será mejor que saquéis vuestras carteras, esta vez cada uno paga lo suyo.
Todos sonreímos. Era una pena que tuviésemos que competir, porque parecía que congeniábamos. Esto me recordó a mi entrada en mi antiguo equipo SEAL. Allí éramos varios tipos duros dispuestos a ingresar en la unidad, aunque además de nuestras capacidades, teníamos que formar un equipo compacto. Esa es la auténtica fuerza de una unidad, la cohesión entre los miembros que la componen. Nos convertimos en hermanos de armas. Era una lástima que en esta ocasión solo pudiese quedar uno.