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    Tucker

    Capítulo 4

    25/06/2026

    No soy un hombre romántico, eso se acabó para mí desde que ella me decepcionó. Pensándolo bien, todas las mujeres que dejaron huella en mi vida me han decepcionado; Kayla, Margaret y, por supuesto, mi madre. Como he dicho, no soy un hombre romántico, así que todavía no entiendo cómo estaba allí parado, con un billete de cincuenta en la mano, listo para abrirle la puerta del taxi a una chica que apenas acababa de conocer.

    —¿De verdad no quieres que te acompañe? —Ella sonrió traviesa, mientras dibujaba con una de sus uñas un círculo alrededor de uno de los botones de mi camisa. Se me estaba erizando algo más que los pelos de mi nuca, y ella lo sabía. Pero no me lanzaría sobre ella, yo no era de ese tipo de hombres. Si ella me invitaba, daría el paso, pero si no lo hacía… Para mí lo de “solo sí es sí” es una regla inquebrantable. Solo los enfermos son capaces de encontrar placer forzando a una chica. Yo, por el contrario, sé que lo que una mujer te ofrece no tiene ni punto de comparación con lo que puedes conseguir por la fuerza.

    —Me está costando no caer en la tentación, soldado, pero los dos sabemos que no sería una buena idea, al menos para mí no lo es. —Su mirada se perdió en ese botón que torturaba, pero parecía mirar mucho más allá. ¿Por qué me parecía que ocultaba un gran secreto?

    —No te estoy pidiendo un final feliz para esta cita, Becca. Solo quiero asegurarme de que llegas sana y salva a tu casa. —No estaba mintiendo.

    —No tienes que preocuparte por mí, soldado. Sé cuidar de mí misma. Siempre lo he hecho —ella se giró, pero yo fui más rápido y le abrí la puerta. Me sonrió de una manera tierna, que contrastaba notablemente con la actitud desvergonzada y mundana que me había mostrado hasta ese momento.

    Le mostré el billete al conductor, que bajó la ventanilla del acompañante con rapidez para poder alcanzarlo.

    —Asegúrese de que la señorita llegue bien a su destino —le tendí el billete—. ¿Será suficiente? —No tenía ni idea cuánto costaría la carrera, pero no me importaba sacar otro igual para dárselo al tipo.

    —Más que suficiente —respondió Becca, que había bajado su ventanilla.

    —Me ha encantado conocerte —reconocí. Su sonrisa, aquella maldita sonrisa era el motivo por que los hombres volvían a casa cada día.

    —Cuídate, Tucker.

    El coche empezó a rodar para adentrarse en el tráfico, mientras yo me daba cuenta de que era la primera vez que ella me llamaba por mi nombre. ¡Diablos!, sonaba demasiado bien en sus labios.

    Dejé escapar un suspiro mientras tomaba mi teléfono. Tenía que mirar dónde me encontraba, y buscar la mejor manera para regresar a mi hotel. El GPS me dijo que estaba a dos manzanas. Sé que en Las Vegas todo el mundo usa el coche, pero en vez de tomar otro taxi decidí ir paseando. No tenía otra cosa mejor que hacer, y me serviría para bajar un poco la temperatura de mi cuerpo. Además, no es que sea un tacaño, pero como le dije a Becca, simplemente hay cosas por las que merece la pena gastar mi dinero, y un paseo hasta el hotel no era una prioridad para mí, aunque sí que lo era el que ella llegase a su destino.

    La caminata me ayudó a pensar, algo que necesitaba hacer. Isaac no había dado señales de vida desde que le dije que nos veríamos en el hotel. Seguro que pensaba que me había salido un buen plan, aunque él pensaría que era de otro tipo.

    Entré directo a la recepción, porque tenía algo que pedir. La recepcionista me sonrió profesionalmente en cuanto me vio.

    —Buenas noches, señor. ¿En qué puedo ayudarle?

    —Hola, ¿tienen servicio de lavandería? —Había decidido acudir a esa entrevista, siguiendo el consejo de Becca. No tenía nada que perder, y podía ser que sí algo que ganar. No soy de los que pierden oportunidades.

    —Sí, señor. Tenemos servicio de lavandería 24 horas. —No era de extrañar, seguro que más de un cliente entregaba su ropa por la noche y la quería limpia por la mañana, como era mi caso.

    —¿Podría tener mi camisa mañana a primera hora? —Le tendí la bolsa por encima del mostrador.

    —Para menos de 12 horas, tiene un recargo de 20 dólares. —¡Jesús!, por ese precio casi podía comprarme una camisa nueva.

    —¿Para cuándo estaría sin ese extra?

    —A mediodía, señor. —Lo medité unos segundos. No estaba seguro de que las manchas de sangre se limpiaran bien, he sufrido las bastantes para saber que se agarraban al tejido. Si me presentaba en la entrevista con una camisa que no luciese perfecta, eso podría perjudicarme.

    Mi madre siempre decía que “según te ven, te tratan”, por eso nos revisaba antes de ir al colegio, al menos lo hacía antes de que no me importase cambiar la opinión del resto de la gente. Mi reputación era lo que había que limpiar, y eso no sería fácil de hacer, o al menos no se solucionaba con una camisa limpia y bien planchada. Aunque Las Vegas quedaba muy lejos del pueblo de mala muerte en el que vivía en Colorado.

    —Con eso me sirve. —Si salían las manchas, podría usar la camisa más veces, y si no, de todas formas ya había decidido comprarme una camisa nueva.

    —Necesito su nombre y su número de habitación para hacer el pedido. —Le tendí la llave de mi habitación por encima del mostrador.

    —Colson, de la 715. —Ella tomó la tarjeta y tecleó en su terminal.

    —Perfecto, señor Colson. Se la entregaremos mañana a mediodía en su habitación, salvo que desee recogerla aquí en recepción.

    —En recepción está bien. —No tenía idea de a qué hora regresaría de mi entrevista.

    —Pues ya está. —Me devolvió la tarjeta.

    —Gracias.

    —Que tenga una buena noche, señor Colson.

    No había dado dos pasos, cuando me di cuenta de algo; la camisa de Becca. Sería una buena excusa para volver a verla el devolvérsela. Me giré de nuevo hacia la chica y me quité la chaqueta.

    —¿Podría incluir también esta camisa en la orden? —Me quité la camisa bajo la atenta mirada de la recepcionista. Sus ojos no se apartaron de mi pecho en ningún momento, y sabía por qué. Soy un SEAL, mi cuerpo está trabajado a conciencia, con músculos definidos y apenas un 1% de masa corporal. Traducido, un deleite para la vista de cualquier mujer heterosexual.

    —Por supuesto, señor —ella arrastró las palabras, al tiempo que su sonrisa crecía. Su mirada finalmente se posó en mi rostro. Oh, podía ver la lujuria despertando en su interior.

    —Se lo agradezco —le tendí la camisa, me puse la chaqueta encima, y desaparecí en dirección a los ascensores.

    En otra ocasión habría aprovechado aquella muda invitación en su mirada, quizás la habría invitado a pasarse por mi habitación. Pero esa noche no, porque tenía aún grabado en mi piel el tacto de Becca. ¿Y qué iba a hacer al respecto? Solo tenía dos opciones, y las dos acababan en la ducha. Una con el agua muy fría, maldiciéndome a mí mismo por ser un buen hombre. Y la otra con el agua caliente, mi mano dándole cariño a mi necesitado pene, y los ojos cerrados, tratando de recrear la imagen de Becca junto a mí. Apreté el paso, porque esa idea estaba encantando a mi entrepierna, y no quería sorprender a algún cliente con una maldita erección empujando la tela de mis pantalones.

    Paciencia, pequeño. Si los astros se alineaban, era posible que esa probabilidad aumentase, y quién sabe, soy un hombre que afronta desafíos que a otros les parecen locuras. Soy un SEAL; lo imposible lo hacemos de inmediato, para los milagros tardamos un poco más.

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    1 Comment
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    1 Comment

  • Reply Patty Meson 26/06/2026 at 14:49

    Ando perdida con este capítulo 🤔 entendí de dónde salieron estos personajes en fin espere la al 5 cap a ver si hay claridad después de

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