Pickles era rara. ¿Qué chica te preguntaría cuál es tu presupuesto antes de entrar a comer una hamburguesa?
—No te preocupes por el dinero. —Salvo que pidiese langosta, podría pagar cualquier cosa. Mi cuenta corriente no es que tuviese muchos ceros, pero yo no era una persona de grandes gastos, así que podía permitirme hacer un gran exceso por un día. ¡Diablos!, no me importaba si pedía langosta. Ella merecía la pena.
—No me preocupa el dinero, me preocupa dejarte sin él. No tienes pinta de nadar en la abundancia, soldado —repasó con su mirada mi vestimenta, dejando claro que mi chaqueta vaquera hacía tiempo que necesitaba una renovación. No me había preocupado antes; la mayor parte del tiempo suelo llevar uniforme.
—Soy de los que gastan su dinero en lo que es realmente importante, Pickles. Darte de comer está por encima de una chaqueta que apenas uso. —Me encogí de hombros, como si para mí no tuviese la mayor importancia, que no la tenía.
—Como quieras, vaquero. Pero será mejor que te cambies antes de que nos sentemos a comer. No quiero que llamen a la policía porque piensen que eres un asesino o algo así. —Estaba claro que se estaba refiriendo a la sangre que había goteado de mi cabeza al pecho, donde había dejado un llamativo dibujo.
Pickles me tendió una bolsa. Al abrirla, comprobé que había una camisa blanca dentro de ella. Eso podía significar…
—¿Tu uniforme de trabajo?
—¿Eres de los que les molesta ponerse ropa usada por otra persona? ¿O es que tienes miedo a que te confundan con una chica porque huele a mí? —Solo con aquella última frase ya me tenía empalmado. ¡Mierda! Su olor rodeando todo mi cuerpo. Era una retorcida manera de ser abrazado por ella.
—Trae aquí. —No iba a darle tiempo a retractarse.
El local no es que fuese demasiado elegante, pero tampoco era una cadena comercial como McDonald’s o Burger King. Aquí el olor a carne de verdad impregnaba todo el local. Mi estómago ya estaba retorciéndose de anticipación. Nos sentamos en una mesa libre y revisamos la carta que estaba impresa en uno de esos miniexpositores de sobremesa.
—Yo voy a pedirme una “campera” —dijo Pickles sin apartar la vista de la carta. La revisé, tenía buena pinta, pero soy un hombre que aprovecha todas las oportunidades que tiene delante cuando no está obligado a alimentarse con el menú militar o raciones deshidratadas.
—Yo quiero una “torpedo”. —La ceja derecha de Pickles se alzó.
—Eres un tipo de apetitos grandes. —Esperaba que eso fuese un halago.
—Lo soy. Así que no te comas mis patatas mientras me cambio. —Alcé la bolsa y me puse en pie para ir al baño a cambiarme.
—Así que tengo que pedir yo —dedujo.
—Tú pides, yo pago. Ese era el trato. —Le guiñé un ojo y me fui al aseo de hombres.
Con rapidez me deshice de mi camisa sucia y me puse la de Pickles. No contuve el impulso de olfatearla antes de ponérmela. ¡Dios!, era una amalgama de olores que ya había olido en el club de estriptis, pero el sudor no era el mismo, sino el de ella. El aroma que había dejado su piel sobre la tela era algo que no había olido antes; picante y dulce, sensual y tímido. Sacudí la cabeza para apartar esas estúpidas ideas de mi cabeza. Ella no era nada más que una cita pasajera, alguien que se ha cruzado en mi camino y que desaparecerá pronto, como todas las demás.
Metí los brazos por las mangas, y solo con ese gesto ya sabía que la camisa me quedaría justa. A mí me gustaban las prendas más cómodas, con las que pudiese moverme con más libertad. Si tenía que enfrentarme a una pelea, prefería no encontrar en mi ropa a un enemigo. Me até los botones con cuidado. Sí, me quedaba justa, pero no reventaría ningún botón. Con los brazos… Mejor no comprobaba hasta dónde podían tensar mis bíceps aquella tela.
Cuando regresé a la mesa, el camarero estaba colocando la comida y la bebida. Me senté frente a una hamburguesa descomunal, de la que no pensaba dejar ni las migas. En cuanto a la bebida, tenía una cerveza sin alcohol bien fría. Eso me hizo sonreír. Un hombre podía acostumbrarse a este tipo de gestos.
—Mmmm, ¡Dios! —Pickles habló con la boca llena, pero no me pareció desagradable, con ella no. Imité su gesto y le di un buen mordisco a mi hamburguesa.
—Mmmm. —Gemí, sí, gemí. Mastiqué deprisa para tragar aquella delicia. —Tenías razón. Esto está de muerte —ella sonrió triunfal.
—Si vas a pecar, hay que hacerlo bien.
—Esto no puede ser pecado. —No podía. Aquella comida era deliciosa, y no se parecía en absoluto a esa comida basura de las grandes multinacionales.
—Oh, sí que lo es —me aseguró. —¿Sabes por qué me llaman Pickles? —Aquella pregunta me hizo prestarle toda mi atención. Quería saber eso.
—Creía que era tu nombre.
—La encargada de la barra tiene la mala costumbre de ponerle un apodo a todo el mundo, se cree que así lo ridiculiza o se siente superior. Supongo que es demasiado vieja para poner cachondos a los clientes, y ha decidido compensarlo maltratando a las chicas jóvenes que sí lo hacen.
—Eso no explica lo de… —Ella me interrumpió.
—Sí, sí. Pickles. Siempre estoy a dieta; no puede ser de otra manera si tengo que pasearme en ropa interior. —Una imagen de ella con su uniforme, detrás de la barra, se materializó en mi mente. —¿Y qué haces cuando te mueres de hambre y no puedes comer?
—¿Comer pepinillos? —deduje.
—Exacto —me señaló con el dedo—. No engordan y sacian el apetito. Me los como como si fueran pipas. Estoy rumiando a todas horas. De hecho, tengo siempre un bote de pepinillos debajo de la barra. —Pickles, ahora entendía. Ella volvió a dar un gran mordisco a su hamburguesa, para después cerrar los ojos en un gesto de placer absoluto. ¡Mierda!, eso fue directo a mis pelotas.
—Entonces, ¿cómo te llamas de verdad? —le pegué otro mordisco a la hamburguesa mientras esperaba su respuesta.
—Rebecca, pero mis amigos me llaman Becca —me guiñó un ojo al decirlo. ¿Me estaba incluyendo entre esos amigos?
—Becca —saboreé su nombre en mi boca—. Suena mejor que Pickles.
—Lo sé. Pero, como he dicho, así me llaman mis amigos. Prefiero que los clientes me conozcan como Pickles. —Lo entendía, era su manera de mantener a los clientes al margen de su vida real.
—Entonces, ¿cómo quieres que te llame yo? —Necesitaba saber si para ella era solo un cliente, o había cruzado esa línea.
—En el club llámame Pickles, pero ahora estamos fuera, así que aquí llámame Becca. —Con un movimiento rápido me robó una patata del plato. ¿Importarme? No, y tampoco necesitaba marcar mi territorio con ella, podía jugar en mi campo cuándo y cómo quisiera.
—Sabes que si me robas, me das permiso a tomar represalias —le advertí. Ella sonrió, traviesa.
—No puedes ganar al diablo en su propio juego —se mordió el labio inferior mientras me repasaba con la mirada. ¡Diablos!, ¿qué tipo de juego estaba practicando conmigo? Sí, estaba claro que ella tenía más experiencia que yo en estas cosas. Era normal trabajando donde lo hacía.
—Ten piedad de mí. Soy un simple chico de campo que no tiene mucha experiencia con mujeres. —No con mujeres como ella. Las que yo había conocido… Mejor las dejábamos a un lado.
—Algún día tendrás que aprender —volvió a repasarme con la mirada, mientras se relamía el labio inferior. ¿Hacía calor aquí? —Pero no será hoy. —Y le dio un nuevo mordisco a su hamburguesa, como si no acabase de encenderme como una hoguera regada de gasolina. Para ella yo no era más que otro pobre incauto con el que jugar. ¿Ofenderme? Al menos había conseguido comer una buena hamburguesa; con lo demás no contaba desde un principio.