Seguí a Pickles de regreso al club. La música alta nos golpeó de nuevo, junto con ese olor a sudor, alcohol y ambientador. Esa mezcla nunca sería mi favorita. Aunque si le sumábamos aquel tentador trasero del que no podía apartar la mirada, no me importaría seguir aguantándolo. He estado en lugares que olían peor.
—¡Eh! —Uno de los gorilas del local se plantó delante de mí, impidiéndome seguir a mi cita.
Mis puños se apretaron, mientras me preparaba física y mentalmente para continuar con la pelea. Estudié de nuevo mis opciones. Estaba el tipo grande con el golpe en el pómulo, el que me había dado el alto. Era fuerte, y tenía unos puños demoledores, pero estaba seguro de que su visión periférica de ese ojo enrojecido podría estar dañada. Un punto débil que aprovechar.
—¿Algún problema? — Antes de enzarzarme en una nueva pelea, debía encontrar otra salida menos violenta. No me importaba que me considerase un cobarde que huye. Mi instructor me enseñó que no hace falta librar todas las batallas, solo las que es imposible evitar. El objetivo siempre es ganar la guerra.
—Solo quería agradecerte la ayuda. —Estiró una de sus magulladas manos hacia mí. No la rechacé.
Sí, bueno, tengo que explicar eso. Aunque los gorilas se centraron en poner a salvo a la chica, no discriminaron entre los hombres que trataban de ayudar al gilipollas de… no recuerdo su nombre, ¿David? ¿Daniel? Empezaba por D, creo. Como decía, estaban los colegas del gilipollas, y los que tratábamos de detener la trifulca antes de que degenerase en una pelea. Pacificadores, esa es la palabra.
Pero cuando los puños empiezan a silbar a tu alrededor, cuando los gritos, los insultos, se convierten en mobiliario que vuela demasiado cerca de tu cabeza, en lo único que piensas es salir de una pieza de allí, y llevarte a tus amigos contigo. De mi equipo de cuatro solo estábamos dos, Isaac y yo. Percy estaba conociendo a su hija recién nacida y Hunter, que había resultado herido en nuestra última misión y estaba hospitalizado.
Como decía, el único que me interesaba sacar de allí era Isaac. El resto se podía buscar la vida por sus medios. Pero claro, el gilipollas era responsabilidad de Isaac, así que teníamos que sacarlo también de aquel lío, o al menos Isaac debía hacerlo, de lo contrario, su novia le cortaría las pelotas por no mantener a salvo a su hermano. La familia siempre es un problema.
Al final, Isaac y yo acabamos reteniendo a los más borrachos, los descerebrados envalentonados por el exceso de alcohol, que creían poder ganar una pelea con dos gorilas de más de 100 kilos. Y no estaban allí para adornar, esos tipos sabían pelear. Pero eran dos contra ocho, y aunque no todos tuviesen entrenamiento militar, la mayoría estaba en el ejército. Fácil no lo iban a tener, a menos que el número se igualara.
Isaac se encargó de arrastrar al gato rabioso de su cuñado fuera de la pelea; aunque fue difícil, el gilipollas no colaboraba. Y yo quedé como traidor, porque me uní a los tipos del local para detener aquella locura. O al menos esa era mi intención. Al final recibí golpes de ambas partes. Nunca dije que el puesto de pacificador fuese el más fácil.
—Era lo justo. —Asentí hacia él, de esa manera que hacemos los tíos cuando encontramos a uno que entiende tus motivos para hacer algo.
—¿Puedo invitarte a una copa? —Su oferta me sorprendió.
—Gracias, pero no es necesario. —Aunque la idea me seducía, porque mis ojos enseguida encontraron a mi enfermera detrás de una de las barras. La camisa blanca de hombre apenas ocultaba la sexy ropa interior negra que llevaba debajo. No, definitivamente la posibilidad de acostarme con ella no me parecía una idea desagradable.
—Si te preocupan tus amigos, hace rato que se fueron. —Estupendo. Un SEAL nunca deja a alguien de su equipo atrás, lo que significaba que Isaac estaba más preocupado por su cuñado que por mí. Él sabía que yo me las apañaría bien por mi cuenta, y si dejaba a su cuñado sin supervisión, seguramente se metería en otro lío.
—Entonces supongo que aceptaré una cerveza. —El tipo sonrió, como si no le hubiese decepcionado.
—Acompáñame a la barra. —Señaló con la cabeza nuestro destino.
—¿Aquí? —le pregunté cuándo alcanzamos la que atendía Pickles. La sonrisa del tipo se volvió maliciosa cuando se dio cuenta del motivo de mi petición.
—Claro. —Alcanzamos la barra—Por cierto, me llamo Maxim. —Volvió a tenderme la mano.
—Tucker. —respondí con cortesía. Al menos tenía que reconocer que el tipo era civilizado, algo que no era fácil de encontrar en el gremio de gorilas.
—Pickles, sirve al muchacho lo que quiera, la casa invita. —Ella alzó una ceja, pero asintió conforme.
—Bien, soldado. ¿Qué te pongo? —Caliente, pensé. Sus manos estaban apoyadas sobre la barra, dejando a la vista esos pechos generosos que desbordaban aquel sugestivo ¿sostén? Parecía más un corpiño que un sujetador. No sé cómo se llamaría eso, no soy estilista, pero le quedaba de infarto. Al menos mi pene estaba a punto de sufrir uno.
—Una cerveza sin alcohol. —Pickles esbozó una sonrisa de medio lado.
—Así que eras tú. —dedujo. Sí, el único que había pedido ese tipo de bebida en nuestro grupo era yo. Seguro que ella fue la encargada de preparar nuestra ronda.
—Culpable. —Levanté la mano, haciéndome responsable.
—Y ¿por qué un soldado viene a divertirse a Las Vegas y elige una cerveza sin alcohol? —preguntó mientras preparaba mi consumición con eficiencia.
—Porque no bebo alcohol. —confesé.
—¿Nunca, nunca? —preguntó curiosa.
—No voluntariamente. —reconocí. Aquel recuerdo todavía tenía el poder de causarme un escalofrío desagradable, así que traté de apartarlo con rapidez de mi pensamiento.
—¿Ni siquiera una copa de vino cuando cenas en un restaurante? —Volvió a insistir.
—No voy a restaurantes. —confesé. Mi vida social no pasaba por lugares como esos.
—¿Y dónde pensabas invitarme a cenar? —Sí que fue directa.
—¿Una hamburguesería? Seguro que hay alguna que tenga buena carne.
—¿Una hamburguesería? —Oh, mierda. Se había ofendido. Claro, una chica como ella seguro que estaría acostumbrada a que la invitasen a sitios más elegantes. Ya saben, de esos con platos en vez de bandejas, donde se come con cubiertos en vez de con las manos.
—Perdona, soy un tipo de gustos sencillos. Pero puedo llevarte a un restaurante si es lo que quieres. Tan solo—le di un repaso a mi atuendo—no creo estar presentable para un local elegante. —Tampoco es que tuviese más ropa, la que llevaba era toda mi ropa elegante; una camisa azul, ahora salpicada de sangre, unos jeans, y mis inseparables botas Panama Jack. Soy un poco espartano, lo reconozco.
Tardé en enfrentar su mirada, porque no quería encontrarme con la decepción en su rostro. Lo sé, no soy un buen partido, solo un simple soldado desarraigado, sin modales refinados, con la educación justa para hacer su trabajo. Vamos, que ninguna chica me escogería para marido. Pero al menos, esperaba ser suficiente para obtener una compañía con la que cruzar algunas palabras en una ciudad desconocida para mí. Pero estoy acostumbrado a sufrir este tipo de decepciones. Tan solo pensé… Creí que ella podía ser diferente. Deseé que ella fuese diferente.
—Creo que sé exactamente dónde podemos ir. —Su sonrisa elevó mi ánimo a niveles que no recordaba haber alcanzado desde… No quise viajar al pasado. Ella estaba aquí, ella era suficiente para hacer feliz a este pobre chico.
—¿Sí? —pregunté ilusionado.
—La mejor carne a la parrilla que has comido nunca. No suelo comer allí a menudo, pero esta es una ocasión especial. —Me guiñó un ojo y después se fue a atender a otro cliente.
Estuve a punto de gritar ¡¡¡Hooyah!!, pero me contuve. Tenía una cita con una chica preciosa, ingeniosa y, además, comería buena carne. ¿Qué más podía pedir? Bueno, la noche era joven y no soy de los que se rinden fácilmente. Con un poco de suerte, ella podía cambiar de idea.
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