¡Préstame tus lágrimas!

Prólogo

Es duro estar allí, viendo como una persona se derrumba, cae en ese pozo del que es imposible salir. Sientes el dolor como si fuera tuyo, pero sabes que ni siquiera ves una pequeña parte de su sufrimiento. Se están rompiendo por dentro, y no les importa nada lo que ocurra a su alrededor, porque nada es relevante. Percibes como su alma se va deshaciendo pedazo a pedazo, como cada fragmento se desprende y se convierte en polvo. Y haces lo único que puedes, porque esa persona es importante para ti, y no puedes permitir que desaparezca. Te aferras a ella, y aprietas fuerte, intentado mantener allí dentro el último trozo de esperanza, de vida, que aún queda dentro de esa cáscara casi vacía. Y cuando sientes sus lágrimas caer sobre tu propia piel, sabes que has llegado a tiempo de salvarlo, que no todo se ha perdido, porque, aunque sólo exista dolor, aún queda algo en él que merece la pena salvar.

Su aliento quemaba sobre mi nariz, demasiado alcohol en su organismo. Una inútil treta para entumecer que no consigue hacerte olvidar tus errores, tus fracasos. Pero que es fácil de conseguir, que siempre está a mano cuando quieres hacer que tu mente deje de funcionar, haciendo que tu cuerpo sólo se concentre en sobrevivir, en respirar una vez más. No sientes nada, ni el agua fría que cae por tu cabeza, y se desliza por tu cuerpo empapando tu ropa.

Allí estaba yo, olvidando lo que me alejaba de él, y lo que impedía que me acercara a una persona tan difícil. Apretando mi cuerpo contra el suyo, abrazándolo bajo una ducha de agua fría, que hacía titiritar mis dientes, pero me negaba a abandonarle. Él tenía que regresar de ese viaje a ninguna parte, de ese lugar en que el vacío lo llenaba todo. Y cerré mis ojos, suplicando porque Simon regresara a mí. Entonces sentí su cuerpo temblar, y no era por el frío. Sus sollozos salieron estrangulados de su garganta, derramando el dolor que lo asfixiaba. Y noté su cuerpo volver a vivir. Sus brazos me envolvieron lentamente, como si despertaran de un largo sueño, y me apretaron hasta casi sentir mis huesos crujir.

Y nos quedamos allí, sin decir nada, él expulsando su dolor, llorando por todas las veces que no lo había hecho, yo dando gracias a Dios por que él volvía a sentir.

Mi piel se estaba entumeciendo, e intenté apartarme de él en un par de ocasiones, pero no me lo permitió, y yo no insistí, estaría allí todo el tiempo que me necesitara.

Alcé la cabeza para verle el rostro, descubriendo el vacío de sus ojos, mirando más allá de mí. Estiré mi mano, y acaricié su mandíbula, viendo como sus ojos regresaban, y se clavaban en los míos.

  • Estás helada. –

No podía negarlo, mis dientes castañeteaban incontrolables. Y antes de poder decir una palabra, un fuerte estornudo salió de mi boca. Simon nos sacó a ambos de la ducha, y tomó una enorme toalla para envolverme en ella. Me secó, olvidando el agua que goteaba de su propio pelo, olvidando su piel fría y rugosa. Cuando yo estuve seca, se ocupó de quitarse su propio frío de encima. Lo acosté en su cama, como lo hiciera con un niño, pero cuando di mi primer paso hacia la puerta, su voz insegura y débil, hizo algo que no había hecho nunca, suplicar.

  • No te vayas. –
  • No lo haré. –

Me acurruqué detrás de él, abrazando su enorme figura, tanto como podían mis pequeños brazos. Como una madre se acurrucaría junto a su pequeño, para apartar sus miedos en la noche. Quizás los tamaños intercambiados, pero no los papeles. Lo apreté tanto como pude, transmitiéndoles ese “todo está bien” que toda madre te regala para tranquilizarte, y noté como su cuerpo se relajaba poco a poco, dejando que el sueño lo tomara.

Y yo me quedé allí, pensando, descubriendo que todo lo que creía de él, podía ser incorrecto.

 

Capítulo 1

La primera vez que lo vi, fue en casa de mi jefa. Estábamos en una de esas reuniones familiares que se organizan regularmente en casa de su hija Angie y mi primo Alex. Si, qué vueltas da la vida, y que pequeño es el mundo. Con lo grande que es Miami, y mi primo Alex va a encontrar a la mujer de su vida en la hija de mi jefa Carmen. Bueno, el caso es que allí estábamos todos celebrando que María está ya a puntito de traer al fundo un par de italo-cubano-escoceses al mudo (vaya mezcla más explosiva), Susan a medio camino de traer una pequeña medio italiana, y el resto disfrutando del amor. Aquí, las únicas solteras éramos la abuela Lupe y yo, porque hasta mi jefa, la eterna madre soltera, por fin encontró a su media naranja, que resultó ser el suegro de mi prima María. ¿No dije que el mundo es un pañuelo?, pues eso, que además de estar todos los mocos en la misma esquina, al final todo es muy lioso. Todos emparentados con todos.

A lo que iba, la primera vez que vi al hombre de mis tormentos, fue un día en casa de Angie y Alex. Se presentó en la puerta y dijo “Hola, quisiera ver a Angela Chasse. Soy Simon Chasse, su hermano”. Luego descubrí que no se conocían, y que incluso podía haber sido yo la que fuese su hermana, y él no lo hubiese sabido, aunque estaba claro que no teníamos mucho parentesco, es decir. El era rubio, ojos azules, y yo pelirroja de ojos color musgo (me gusta decir eso, suena mejor que mezcla entre marrón y verde). Él era un árbol de metro noventa, y cuerpo fibroso, mientras que yo era un duende que apenas llegaba al metro sesenta. Sí, casi se me rompe el cuello, cuando tuve que mirarle allí parado en la puerta.

No le vi mucho ese día, porque él estuvo hablando con Angie y Carmen en un lugar apartado dentro de la casa, y sólo divisé su largo cuerpo a través de la ventana mientras se iba. Su caminar era desgarbado, pausado, como si el tiempo no existiese, como si nada fuese importante. Pero no era la única que lo observó mientras se alejaba. Angie estaba a mi lado, con la vista perdida al otro lado del cristal.

  • ¿Estás bien?- ella se giró hacia mí, pero no sonrió.
  • No sabría decirte, me siento… rara. –
  • Seguro que es meterme donde no me llaman, pero ¿qué te ha dicho para dejarte así? ¿Algún tema de herencias o algo parecido?- Ella negó con la cabeza, al tiempo que regresaba su rostro hacia el exterior de la casa.
  • Es que, me pareció poco habitual que me pidiese permiso para visitarme. – Y ahí me sentí igual de confundida.
  • ¿Visitarte?-
  • Nuestro padre no ha muerto ni nada de eso, es más, creo que tiene una nueva familia. – eso me extrañó.
  • ¿Nueva?- su rostro volvió a mí, pero más que por mi pregunta, fue porque ya no había nada que mirar afuera. Él se había ido.
  • Mi padre estaba casado con su madre hasta hace unos meses que la pidió el divorcio. – sé que mis cejas se unieron en aquel momento.
  • Pero él es de tu edad, ¿verdad?-
  • Tiene apenas dos años más que yo. Estaba casado con la madre de Simon cuando yo fui concebida. Por eso el cabrón no se casó con mi madre, porque ya estaba casado con otra. – ¡Joder! . Conocía algo de la historia, porque Carmen, su madre, nunca se avergonzó de la manera en que Angie llegó al mundo, ni de como ella consiguió sacarla adelante sin ayuda de su padre, pero de ahí a aquello que la propia Angie me estaba revelando en aquel momento….
  • ¡Qué hijo de…! ¿Y ese idiota ha venido a echártelo en cara?-
  • No, él no me ha recriminado nada, tiene muy claro que el culpable de todo esto es su padre, nuestro padre. Él… sólo quería conocerme, saber de mí, porque soy la toda la familia que le queda, la única que no le ha rechazado. –
  • ¿Rechazado?, eso suena a que no es buena persona. – Angie me miró apenada.
  • No, eso suena a que los hijos no tiene la culpa de los errores de sus padres. – Entonces lo entendí. El rechazo de su propio padre era lo que les unía a los dos.
  • Entonces… ¿volverás a verle?-
  • Sí, pero no sé cuándo. Dijo que regresaría en su próximo permiso. –
  • ¿Está en el ejército? – nunca lo habría sospechado, porque su pelo no estaba cortado al estilo militar.
  • Marina.-

No supe más de él en 4 meses. Vino un par de días y desapareció de nuevo. Y esa se volvió su rutina. Se iba largas temporadas, y regresaba para estar un par de días con su hermana. A veces algún día más. No es que me cruzara mucho con él, y las pocas veces que lo hice, parecía que estaba fuera de la foto. No sé cómo explicarlo. Era… como si él fuese un simple observador del mundo, cómo si participar de las conversaciones, hacerse notar, no fuese con él. No hacía más que bromear con Carmen sobre ello, pero mi jefa lo único que hacía era encogerse de hombros, porque la única con la que parecía hablar y relacionarse era con Angie. El resto no merecíamos la pena, o eso parecía.

Luego llegó el día en que todo cambió. Angie estaba feliz porque su hermano se había licenciado del ejército y había decidido establecerse en Miami, cerca de su familia, es decir, ella. No sé qué grado de necesidad pueden tener aquellas personas que se crían cómo hijos únicos, yo soy la tercera de cuatro hermanos, y mi familia es grande, muy grande, que se lo cuenten María y Alex, mis primos Castillo. Pero saber que su medio hermano quería, necesitaba, estar cerca de ella, mantener ese vínculo familiar que habían reconstruido, había llenado un hueco en Angie que no sabía que existía antes de Simon.

Sí, lo sé, me he vuelto una poética. Soy chef, siempre le busco varios contextos a todo, como con las ensaladas, no sólo eran lechuga, había mucho más. En fin, cómo iba diciendo, todo cambió el día que Simon le dijo a su hermana que dejaba el ejército y se trasladaba a vivir a Miami. Desde entonces, cada día intentaba pasar un rato con su hermana, y con su nueva sobrina, Gabriel. Creo que de todas las personas de la casa era con la que mejor se llevaba, porque esa niña bebía los vientos por su tío. Era verle, y lanzar sus brazos hacia él para que la tomara en brazos. No sé qué diablos hablan ellos dos, o más bien qué cosas le susurraba Simon, el caso es que la niña se quedaba embobada escuchándole. Él era el único que conseguía calmarla, la apaciguaba, e incluso la dormía en cuestión de minutos. No era de extrañar que Angie adorase a su hermanastro. Por eso siempre estaba presente en cada reunión familia que se organizaba en aquella casa. Yo no tenía nada que decir a eso, el tipo no participaba mucho en las conversaciones, pero tampoco molestaba. Además, yo solo era la empleada de Carmen, bueno, y la prima de Alex. ¡Qué porras!, yo también era de la familia. Y por si alguien se lo pregunta, me llamo Ingrid, Ingrid Weasley. Y no, no soy familia del Ron Weasley de Harry Potter.

Capítulo 2

Otro día más en la soleada Miami. Otro día más de trabajo en la furgoneta de comida. “El rancho rodante” estacionó en la zona de playas, después de dar el almuerzo a los sufridores trabajadores de la zona de oficinas y tiendas. Qué le voy a hacer, se mueren por mis ensaladas, y la competencia lo sabe, no tienen nada que hacer con mis aderezos. Han tratado de copiarme incontables veces, pero no lo han conseguido, y, además, siempre tengo alguna receta nueva que mantiene a mis clientes esperando por ella. No hay nada como la gente comprometida con su salud o su peso, sobre todo cuando quieren disfrutar del sabor.

Como cada jueves a medio día estacionamos en nuestro lugar de siempre, al principio de la zona de playa a 500 metros de uno de los pequeños puertos deportivos de la zona. Levanté la ventanilla lateral y bajé a colocar el cartel del menú. Daba gusto sentir el aire fresco y salado que traía la brisa del mar, sobre todo en días como aquel en que el sol se había empeñado en matarnos lentamente por deshidratación.

  • Buenos días pelirroja. – me giré para saludar a Ray.

De todos nuestros asiduos clientes era el que más agradecía mis ensaladas. Desde aquel amago de infarto que sufrió en año anterior, comer sano cerca del trabajo se había convertido en su mantra. Su piel bronceada y arrugada no ocultaban sus años a bordo de un pequeño barco. Era su “sirena” porque, aunque lo había intentado, aquel enorme flotador lo llamaba constantemente para regresar al mar. Su mujer quería que no trabajase tantas horas, pero él no podía dejar amarrado su barco. No puedes amarrar a un delfín y creer que es feliz.

  • Hola Ray. – al mirar detrás de él lo vi. Simon estaba allí. Parado con aquella expresión afable y a la vez indolente. –
  • Este es Simon, mi nuevo socio. Le estoy enseñando cómo funcionan las cosas por aquí. –
  • Oh, ya nos conocemos. Hola Simon, ¿cómo te va?- él sacudió ligeramente su cabeza hacia mí.
  • Buenas tardes. – tenía que reconocer que el hombre era educado. La gente de por aquí sólo se esforzaba en dar un pequeño “hi”.
  • Dame un minuto y enseguida estoy con vosotros. – Ray sonrió mientras frotaba su redondita tripa de cincuentón.
  • Sin problema. –

Subí a la camioneta por la puerta trasera e informé a Carmen de nuestra visita.

  • ¿Sabes, Simon está aquí afuera?-
  • ¿Si, de verdad?- Carmen se asomó a la ventanilla para confirmar mis palabras. – Hola Simon, ¿cómo tú por aquí?- no fue su respuesta la que escuché, sino la de Ray.
  • Vaya, pues sí que eres conocido, chico. Que cayado te lo tenías. – Puede ver por uno de los huecos del cristal como Simon ladeaba la cabeza y se encogía de hombros, como si encontrar a alguien conocido en Miami fuese algo normal. Quiero decir, con la cantidad de gente y lo grande que es este lugar, sales de tu zona habitual y es como si entraras a otro mundo totalmente diferente, casi otro planeta.
  • ¿Y qué contáis, chicos?-
  • Venimos llenar el depósito. Llevamos toda la mañana poniendo a punto a mi sirena, y aún nos queda ver qué tal se llevan ellos dos. – Ray miró a Simon por encima de su hombro. Sí, le entendía. Para él estaba claro que era un gran paso lo que estaba haciendo. Socios, eso implicaba que otra persona estaría al timón de su tesoro más preciado, su “sirena”. Si de algo estaba segura, es que si veía algo que no le gustaba, si sentía que a su pequeña no le gustaba su nuevo socio, Simon ya podía despedirse de pilotar esa nave.
  • Entonces repararé una ración jugosa. – Después de preparar su comida, Ray fue a pagar, pero Carmen lo detuvo. – De eso nada, hoy invita él. – Señaló a Simon. El aludido elevó una ceja interrogante hacia Carmen, pero acto seguido asintió y empezó a sacar su cartera. Sin una protesta, sin una broma, nada. Pero Carmen también le detuvo. – Ya me lo pagarás en especias. Alex necesita un ayudante para no sé qué cosa de la piscina, y alguien dijo que esas cosas se te daban bien. – él volvió a asentir, y quizás, sola quizás, su sonrisa se hizo notar un poquito más.
  • Estaré allí ¿pasado mañana?- miró a Ray buscando su consentimiento.
  • Si pasas el día de mañana sin romper nada, por mí no hay problema. – aseguró Ray.
  • De acuerdo, se lo diré a Alex. – añadió Carmen.

Les vi alejarse con sus recipientes de comida hacia el pequeño puerto que se alcanzaba a ver a lo lejos. No podía evitar pensar que el hombre era de esos que intentaba complacer a todo el mundo, de esos a los que no les gustaba tener cerca cualquier tipo de problema o “energía negativa”. Sí, mucho de ese rollo Zen. ¿Este tipo fumaría algo, cánnabis o algo así? No se podía ir tan relajado por la vida siendo un tipo tan… grande, fuerte y soldado. No sé, no acababa de cuadrarme esa imagen en la cabeza. Quizás un día me armaría de valor y le pediría que me enseñara alguna foto de él con uniforme.

El viernes no vi a ninguno de los dos, y el sábado sólo vino Ray a buscar su comida. Pero soy mujer, escocesa y pelirroja, me moría por preguntar qué tal les había ido el día anterior. Y como Carmen estaba en casa de su hija disfrutando de su día libre, y yo estaba sola haciendo la ruta de las playas, no tuve ningún reparo en tirarle de la lengua a Ray.

  • Y bueno, ¿qué tal se llevó tu pequeña con el nuevo?, ¿le trató bien?- Ray sonrió y se puso a un lado de la ventanilla para continuar con la charla mientras atendía al resto de clientes. De las pocas veces que vi a Ray comiendo en tierra, él prefería hacerlo con su trasero encima de su sirena.
  • El chico vale. – Ah, eso no era suficiente, tenía que saber más.
  • Eso quiere decir que no quemó el motor de tu barco. –
  • No, fue muy cuidadoso con mi pequeña. Tiene buena mano para las coas delicadas. Incluso hablamos sobre hacer algunos ajustes al motor para que no sufriera tanto en el regreso a puerto. – eso me intrigó.
  • ¿Entiende de motores?-
  • Parece que sí, ya lo veré el lunes. Mañana tenemos unos excursionistas y quiero ver qué tal se desenvuelve con ellos. –
  • Tiene pinta de que estás contento con la nueva incorporación a tu empresa. –
  • Va a hacer la mitad del trabajo, por supuesto que estoy contento. –

Si, Ray podía repetir hasta la saciedad que esa era la causa de que Simon trabajase con él, pero yo sabía que, si Ray no estaba convencido, Simon era historia.

Estaba limpiando la plancha, cuando mi teléfono vibró. Era Carmen.

  • ¿Comprobando si tu restaurante rodante y yo no estamos ardiendo?- esa era la puya con la que la provocaba cada dos por tres. Sabía que confiaba en mi lo suficiente como para dejarme decidir si era mejor quedarme más tiempo en un lugar, o si era mejor recoger e ir a casa. Podía ser su negocio y yo una simple empleada, pero si el negocio iba bien, estábamos contentas las dos.
  • Necesito que vengas a casa de Angie lo antes posible. – aquellas palabras y el tono que empleó, me hicieron apretar el culo.
  • ¿Qué ha ocurrido?-
  • Un desgraciado está vigilando la casa, y tenemos que sacar a una pobre chica de aquí sin que ese cabrón pueda intervenir. –
  • Ya estoy en camino. –

No tenía que decirme más, no era necesario. Cuando llegara a la casa averiguaría más, pero con lo que me dijo ya era suficiente para sacar al William Wallace (famoso guerrero escocés que interpretó Mel Gibson en Braveheart) que vivía dentro de mí. Podía ser pequeña, pelirroja y escocesa, pero podía convertirme en el demonio de Tasmania con un solo estornudo, que se lo digan a mi primo Alex y su antebrazo, creo que los dos nos recuerdan a mí y a mis dientes, y eso que ya han pasado más de 16 años. Misión de rescate, allá voy.

Capítulo 3

Nada más estacionar junto a la casa, ya podía sentir la excitación en todo mi cuerpo. Había un coche aparcado no muy lejos de allí, y había pasado las suficientes veces por este lugar para saber que no pertenecía a nadie que viviera en esa calle. Así que tenía que pertenecer al tipo al que teníamos que burlar.

Salté de la furgoneta, que estacioné de la manera más idónea para meter a alguien en ella sin que el tipo del coche pudiese ver nada. Antes de dar un paso en dirección a la parte trasera de la casa, Alex ya estaba dándome el alto.

  • Está todo listo, nos vamos. –
  • ¿Eh?, ¿y no vas a contarme de que va la cosa?- Alex soltó un suspiro al tiempo que llevó las manos a sus caderas.
  • Vale, resumen rápido. –
  • El de fuera es un maltratador, nosotros tenemos a su novia y este es un plan de rescate. –
  • Sois un grupo grande de tíos fuertes, ¿Por qué simplemente no le metéis un poco de miedo?, ya sabes, que pruebe de su medicina. –
  • Es policía. – aquello casi me calla, casi. ¿He dicho que mi boca va más rápido que mi cabeza?, pues lo hace.
  • Ah, bueno. Entonces vayamos con ese plan. Haré un buen hueco para esconderla en la furgoneta. – En ese momento Alex sonrió como un pilluelo. Oh, estaba disfrutando con esto.
  • Verás, Simon ha tenido una idea con eso. – ¿Simon? Estiré el cuello para ver al tipo detrás de mi primo. Estaba allí, mirándonos como cuando ves la lluvia caer.
  • ¿Qué idea?- Alex sonrió y alzó las cejas de forma juguetona. Vi a la abuela Lupe caminando del brazo de Mo hacia su coche y… ¡Eh!, esa no era la abuela Lupe… Y entonces comprendí, iban a metérsela doblada a ese mal nacido.
  • Yo iré contigo. – Carmen estaba caminando en dirección a la furgoneta.
  • De acuerdo. – subí detrás de ella y cerré la puerta.
  • Se supone que ese tipo es listo, pero aun así, es sólo uno. –
  • No podrá seguirnos a todos. – Carmen se giró hacia mí y me sonrió.
  • Siempre supe que eras un chica lista. –
  • Por eso me contrataste. –
  • No, lo hice porque a los chicos les encanta que les atienda una chica guapa y pelirroja. –
  • Y yo pensando que era porque era un genio con los aderezos y salsas. – Carmen fingió pensar.
  • Eso también puede ser. Bueno, será mejor que nos pongamos en marcha. –

Casi como si fuera la estampida de fin de clase, ya saben, cuando suena el timbre del colegio un viernes a última hora, los vehículos empezaron a salir uno detrás de otro. Bien gilipollas, adivina en cual escondimos a tu chica. Por el espejo retrovisor comprobé que el coche del tipo nos seguía. Bien. Uno a uno, cada coche se fue separando del grupo, pero el tipo seguía detrás de mí. Bien, tipo duro, ven por mí, ya verás qué sorpresa te llevas. Cuando sólo quedó “el rancho rodante” supe que el estúpido había hecho su elección, y había os sido nosotras. Bien, ven por tu regalo. Estacioné la furgoneta en su lugar correspondiente, y me preparé para la rutina de siempre.

  • Tú quédate en la plancha. El tipo no te verá bien. – Carmen se encasquetó su gorro de cocina y me dio la espalda. Yo me estiré para levantar la ventanilla de cristal del lateral de la furgoneta. Como si fuese un gato, el tipo apareció delante de mí. Pero ya lo esperaba, así que sonreí muy profesional. -Hola. Todavía no hemos abierto. –
  • Policía, quiero ver sus permisos. – encima avasallando con su placa, será engreído.
  • Los detectives de policía no suelen pedir permisos. – me encogí de hombros, y desaparecí dentro de la furgoneta. El tipo no perdió el tiempo, y se desplazó a la puerta trasera, abriéndola sin avisar.
  • ¡Eh!, ¿Qué cree que hace?- Me encantó ver su cara cuando se dio cuenta de que se la habíamos jugado. Luego se dio la vuelta apretando la mandíbula y desapareció sin decir nada. Salí por la puerta para gritarle. – ¡Eh!, ¿no quería ver mis papeles?- lo vi meterse en su coche y cerrar la puerta con demasiada fuerza. Carmen se puso a mi lado.
  • Hasta el fondo y sin anestesia. – Me giré hacia Carmen para chocar nuestras manos como en las comedias.
  • Ya te digo. – Iba a cerrar la puerta cuando vi una figura familiar no demasiado lejos. Estaba a una distancia prudencial, y su mirada parecía la de un lobo esperando a saltar sobre su presa, hasta que nuestros ojos se cruzaron. Entonces, Simon se dio la media vuelta, y se largó.

Simon

A salvo. Carmen e Ingrid estaban a salvo. El detective Sanders se había ido de allí, con las manos vacías y cabreado, muy cabreado, pero no les había puesto una mano encima. El tipo había sido listo, porque una denuncia por agresión era lo que menos necesitaba. Pero pensar que las cosas debían salir de una manera, y que después ocurriesen, eran cosas diferentes. Una cosa es la teoría y otra la práctica. Por eso había regresado al grupo después de fingir que me iba hacia otro lugar, por eso me había puesto el último de aquella particular cola, y por eso me había convertido en el perseguidor del que perseguía. No iba a dejarlas solas en manos de ese cretino. Si maltrataba a su novia, ¿qué no haría a unas desconocidas?, sobre todo a la media persona de Ingrid. ¿Cómo alguien de su tamaño podía tener ese temperamento?

Me recordaba al perrito pequinés de la señora Polanski. Apenas dos kilos de pelo, malas pulgas y cara horrorosamente chata. Ya saben, de esos que los dientes de la parte inferior asoman desafiantes. Un asco de perro, con el ego de un gran danés, y las pretensiones de un perro policía. Pues así era Ingrid, un bote de nitroglicerina inestable, lista para explotar a la menor sacudida. En otras palabras; problemas.

No es que me gustara meterme en situaciones potencialmente violentas, ya había tenido suficientes, gracias, pero cuando había que intervenir…. Simplemente lo hacía. Además, Angie le tenía aprecio, y solo por tenerla contenta merecía la pena cualquier trabajo.

Apreciaba a mi hermana, y quería mantenerla a mi lado tanto tiempo cuanto fuese posible, porque era la única que me quedaba, y la única que no cuestionó mis motivos para buscarla y mantener el contacto. Ella me había aceptado en su vida sin buscar nada a cambio, tan solo me dejó entrar sin juzgar lo que era ni quién era. Y apreciaba eso enormemente, hasta el punto de que era la única persona por la que sentía gran aprecio, por la que estaría dispuesto a un gran sacrificio, incluso el de alejarme de ella para no hacerla daño. Pero hasta que eso ocurriese, me quedaría a su lado, bebiendo de ese amor fraternal que tanto necesitaba para seguir siendo una persona.

Cogí mi camioneta y regresé al barco. Ese pequeño bote de recreo era ahora mi hogar, donde trabajaba de día y dormía de noche, no necesitaba más. Los días que tenía libres, los dedicaba a mi hermana y su pequeña gran familia, porque eran lo único que tenía. Una vida simple, sin complicaciones, una vida fácil.

Capítulo 4

Ingrid

Carmen y yo estábamos conduciendo de camino a nuestra primera parada, cuando llegó el momento de calmar mi curiosidad.

  • ¿Qué fue de la chica?, ¿conseguimos ponerla a salvo de ese tipo?- Carmen revisó su teléfono.
  • Pues parece que sí. El primo de Danny se ha encargado de ella. – había oído hablar a Danny de ese tipo, no mucho, pero si con veneración. Creo que, si no estuviese casada con Mo, pensaría que tiene algún tipo de enamoramiento por él. Lo idolatraba. Tenía ganas de conocer a ese tipo, soy escocesa, la curiosidad me puede. Bueno, lo de ser escocesa no tiene nada que ver, lo reconozco.
  • Espero que pueda mantenerla a salvo. – Carmen dejó escapar una pequeña risita.
  • Por lo que dice de él, es como el renegado, pero en ruso. – volví mis ojos hacia ella por un segundo, lo justo para seguir controlando la carretera. Conocía su eterna fijación por Lorenzo Lamas, hasta el punto de comparar a todos los hombres con él. Difícil de superar esa melena, esos músculos, ese tatuaje y esa moto. Si, había visto aquel poster del renegado, para no, lo tenía bien pegado en una de las puertas del armario frente a la plancha. “Me gusta que me vea cocinar” decía.
  • Entonces recemos para que no la deje embarazada la primera semana. – Carmen me miró toda enfadada.
  • El renegado nunca la dejaría embarazada. –
  • Lo digo por ella, Carmen. Con un tipo así cerca, es difícil “controlarse”. – su puño golpeó juguetonamente mi hombro.
  • Mira que eres mala. –
  • Golosa, jefa. Se dice golosa. – que le voy a hacer, me gustan los hombres bien construidos, ya saben, con músculos, pelo en la cabeza y todo el equipamiento en su sitio. No soy muy exigente, bueno, un poco sí.

Estacionamos en nuestro lugar de siempre, junto a una pequeña plaza donde los “trajeados”, así llamábamos a los que trabajaban en oficinas, iban a tomar su almuerzo. Ya teníamos todo listo para empezar a atender a nuestros clientes, con la vista clavada sobre las puertas acristaladas de los edificios empresariales, cuando el tipo ese, el policía, apareció en nuestro campo de visión.

  • ¿Qué puedo ofrecerle?- sí, sabía que era el impresentable ese que pegaba a su novia, y estaba claro que seguía buscándola, porque si no, no estaría aquí. Seguro que me interrogaría sobre su paradero. Pero se iba a encontrar con una enorme piedra conmigo.
  • Ya sabe lo que quiero. – creo que me gané un Oscar al hacerme la sorprendida y después hacer como que le recordaba.
  • ¡Ah, sí!. Los papeles de la furgoneta. – caminé hacia la guantera y saqué toda la documentación, ya saben, los papeles del coche, el permiso de circulación… se los tendí a él. – Aquí tiene. –
  • Su permiso de conducir. – ah, porras, eso empezaba a tomar un color que no me gustaba mucho. ¿Por qué?, porque en el permiso de conducir venía mi nombre y dirección, y si el tipo se había molestado en encontrar la ruta de la furgoneta de comida, ¿qué haría si descubría dónde vivía?
  • Perdone señor…. –
  • Sanders, detective Sanders. –
  • Bueno, eso es lo que usted dice. ¿Podría enseñarme su identificación?- el tipo soltó un bufido, metió la mano en su chaqueta y sacó su cartera. Hizo ese gesto con ella como en las películas, y la cerró para volver a guardarla.
  • ¿Podemos continuar?- sí, se estaba impacientando. Pero ya saben, soy de las que por las buenas soy muy buena, pero por las malas…
  • Disculpe, pero no he podido verla bien. ¿Quién dice que es auténtica o si quiera si el de la foto es usted?, a esta distancia…. – el tipo apretó los dientes, al tiempo que sus fosas nasales se abrieron como las de un toro antes de envestir. Si, idiota, tu salte de tus casillas en un lugar tan concurrido. Puso su cartera sobre el mostrador, bien abierta para que yo pudiese leer, pero sin soltarla.
  • ¿Satisfecha?- asentí con la cabeza. Bien, tu ibas a saber quién era yo, pero yo ya sabía quién eras tú, detective Alvin Sanders de la policía de Miami Dade.
  • De acuerdo, detective Sanders. Le traeré mi permiso de conducir, pero no sé por qué tengo que darle a un detective esa documentación. Son los agentes de tráfico los encargados de eso. – Si, idiota, sé que no está entre tus atribuciones hacer esas cosas.
  • Puedo pedir cualquier tipo de identificación o documentación en el transcurso de mis investigaciones. Así que dese prisa, ¿o prefiere que la detenga por desacato a la autoridad?- y ahí llegó mi turno de morderme la lengua, odio cuando amenazan con hacer uso de su poder.

¿Saben lo que es la comida rápida?, pues es eso que servimos en nuestra furgoneta, y se llama rápida no solo porque el pedido se prepara de forma rápida, o porque vayamos sobre ruedas, el restaurante, se entiende, sino porque los clientes tienen que ser atendidos de forma rápida, para que les dé tiempo a tomar sus almuerzos en el tiempo que les da su empresa para hacerlo. Pues bien, Sanders se aseguró de que la inspección de documentos y de nuestro vehículo se llevara todo el tiempo que tenían nuestros clientes para comprar su almuerzo. Resultado, cero ventas.

No habría pasado de ser un contratiempo, o una rabieta, si solo hubiese ocurrido una vez, pero no fue así. Durante todo el día, todo el puñetero día, el tipo nos siguió a cada uno de nuestros lugares de trabajo, y repitió todos los pasos una y otra vez. Pero no lo dejó ahí.

Mi paciencia había llegado a ese límite, en que cualquier avance, bueno o malo, era mejor que seguir estancado en ese bucle sin salida. Y me encaré con él.

  • ¡Esto es acoso!. ¿Se puede saber qué es lo que quiere de nosotros? – Sanders sonrió y se acercó hacia nosotras.
  • Vas a decirme dónde está. –
  • ¿Dónde está quién?- como si esperase mi pregunta, puso la foto de una mujer frente a mí.
  • – miré el rostro hasta ahora desconocido para mí, y no pude sentir otra cosa que lástima.
  • No sé dónde está esa mujer, ni siquiera la conozco. – pero Sanders no se rindió. Se inclinó hacia mí, y habló muy bajito cerca de mi cabeza.
  • Estaré aquí todos los días, haré que vuestros clientes desaparezcan, vuestra caja seguirá vacía. Y seguiré así hasta que me digas dónde puedo encontrarla. –
  • Estás loco. – se alejó un paso y sonrió de una manera que me dio un escalofrío.
  • Esta te la paso porque por hoy ha sido suficiente, pero la próxima vez, te detendré por desacato a la autoridad. – y se giró para alejarse. ¡Maldito hijo de perra!.

No conocía a la pobre Star, pero ya sentía lástima por ella y todo lo que debió padecer a manos de aquel arrogante malnacido.

Simon

Cuando vi al tipo ese junto a la furgoneta, pidiendo papeles y documentación a Ingrid, supe que algo raro estaba sucediendo. Los clientes se iban hacia otras furgonetas de comida para comprar, mientras la cara de Íngrid enrojecía de ira. Carmen permanecía un poco al margen, pero estaba claro que también estaba cabreada.

Me mantuve oculto para que el tipo no me viera, ni siquiera Ingrid o Carmen, hasta que le vi inclinar su cabeza hacia la pelirroja. Apreté los puños ante el impulso de ir ahí y poner una distancia de seguridad entre ellos, porque sabía que lo que estaba haciendo aquel tipo. No podía intervenir ahí hasta que le pusiera una mano encima, y los dos lo sabíamos. Así que esperé, hasta que el tipo se dio la media vuelta con aquella sonrisa depredadora y desapareció. Cuando estuve seguro de que se había ido, esperé hasta ver que algunos clientes tardíos hacían su camino para comprar algo de comida en la furgoneta.

Todo parecía tranquilo, así que me fui de allí. Tenía trabajo de investigación que hacer, porque sabía que ese tipo seguiría presionando hasta conseguir lo que quería. Carmen no podía permitirse perder dinero, su negocio era lo que la mantenía en pie. Pero la que más me preocupaba era el maldito duende de pelo rojo, su genio acabaría explotando y eso era lo que estaba buscando Sanders. Así que yo tenía que hacer algo antes de que eso ocurriera y lo complicara todo. Los problemas mejor atajarlos antes de que lleguen.

 

Capítulo 5

¿Hay algo mejor que una rosquilla glaseada por la mañana?, Homer Simpson a veces tiene momentos de genialidad, pero yo no he dicho eso, ¿queda claro? Sujeté mi rosquilla entre mis dientes, mientras cerraba la puerta de mi apartamento.

  • Este barrio no es tan seguro como parece. – la voz de Sanders a mi espalda erizó todos los pelos de mi cuerpo.
  • ¿Qué… qué hace aquí?- el tipo tenía las manos en sus bolsillos, si quería parecer inofensivo conmigo no funcionaba. Aquella maldita mirada sangrienta…
  • Asegurarme de que mi confidente sige vivo. No quisiera que te ocurriera nada antes de que me des la información que necesito. –
  • Esto es acoso. Voy a denunciarle. – entonces su sonrisa me dio más miedo que sus ojos.
  • ¿Acoso?, para que una denuncia de ese tipo prospere primero tiene que haber un acosador, y yo no veo ninguno. –
  • ¿Y cómo lo llama presentarse en mi trabajo y ahora en la puerta de mi casa?-
  • Vigilancia.-
  • ¿Tiene respuestas para todo, agente Sanders?-
  • Las tengo, Ingrid. –
  • Váyase a la mierda. – empecé a caminar hacia mi ascensor, no, ¿sería mejor bajar por las escaleras?
  • Sólo hay una manera de deshacerse de mí, y es dándome lo que quiero. –
  • Y dale. Que yo no sé dónde está la chica esa. –
  • Pero seguro que puedes averiguarlo. – tenía que salir de allí, así que caminé hasta el ascensor, llamé, y cuando abrió sus puertas, me interpuse para no dejarle entrar. El tipo sonrió satisfecho, pero no hizo ningún ademán de entrar en el receptáculo conmigo.

Cuando llegué a la planta baja, salí de allí como si llevara una fogata en el trasero. Corrí, como si mi vida dependiera de alejarme tanto como pudiese de mi propia casa. Llegué hasta mi coche, y una vez dentro, cerré todos los seguros, saqué mi teléfono y abrí el programa de mensajes. Tenía que pedir ayuda, pero, ¿a quién?, y ¿qué iba a decir? Pero no era tonta como las chicas de las películas policíacas, no iba a callármelo, porque eso solo haría engordar la maldita bola de nieve.

Mis dedos aún temblaban mientras seleccionaba el contacto de mi primo Alex. De todas las personas a las que conocía, era con el que me sentía más segura, pero más que por su fuerza, era por el hecho de que él seguro que me entendería y no me juzgaría. Entiéndanme, siempre he sido autosuficiente, y me he enfrentado a los desafíos con la cabeza bien alta, pero, cuando te enfrentas a situaciones que te superan, uno no puede hacerlo solo, y reconocerlo ya es la mitad de la solución al problema. Tengo genio y soy de cabeza dura, pero encuentro estúpido darse de cabezazos contra una pared de piedra.

  • Alex, te necesito. – su respuesta llegó después de un minuto.
  • ¿Has vuelto a pinchar un neumático?- Sí, eso es criar fama y echarse a dormir. Pero ¿de qué sirve sino un primo fuerte que trabaja en un taller de coches?, yo soy una mujer pequeñita y la camioneta de comida es tremendamente pesada. Pues eso.
  • He tenido una visita indeseada en mi apartamento. – Alex no contestó al mensaje, directamente entró su llamada.
  • ¿Qué ha ocurrido?- respiré profundo y empecé a soltarlo todo.
  • ¿Recuerdas a la chica que sacamos a escondidas de tu casa el otro día?- escuché su maldición antes de terminar la frase.
  • ¡Hijo de puta!, ¿el policía entró en tu apartamento?-
  • No, pero estaba en mi puerta cuando estaba saliendo. Y ayer estuvo todo el maldito día pidiéndonos los papeles de a camioneta. –
  • Carmen no ha dicho nada. –
  • Porque las dos pensamos que sería algo puntual, y podemos lidiar con un tipo así. Se cansaría en unos días. Pero lo de acecharme en casa…-
  • Voy a encontrar una solución, dame algo de tiempo. De momento, cuando terminéis hoy con el trabajo, nos reuniremos todos en mi casa. Tenemos que hablar entre todos. Averiguaremos si eres la única a quién acecha, si ha aparecido a incordiar a otro de nosotros. – No había pensado en ello. Había niños en la familia, y si ese tipo estaba dispuesto a acosar ¿qué otros pasos estaría dispuesto a dar para alcanzar su objetivo?
  • De acuerdo, nos veremos esta noche. –

Cerré la comunicación y me dirigí al lugar donde estacionábamos la furgoneta normalmente. Era un aparcamiento cerrado y seguro, porque no queríamos encontrarnos un día con nuestra pequeña camioneta desmantelada. Uno protege lo que le da de comer.

Cuando estacioné mi coche, me sentí aliviada de ver el coche de Carmen junto a la furgoneta de comida. Tomasso estaba cargando algunas cajas dentro del vehículo, bajo la atenta supervisión de Carmen. Bueno, ella más bien supervisaba su trasero mientras su hombre hacía el trabajo.

  • Tienes mala cara. – ese fue el saludo de Carmen, ni un hola, ni buenos días.
  • Ya, no me siento muy feliz precisamente. –
  • ¿Qué ha ocurrido?- le relaté lo ocurrido con Sanders, y al hacerlo, vi como su cara palidecía. Tomasso se detuvo a escuchar en cuanto notó que estaba allí. – Así que no se contentó con incordiarnos ayer. – Tomasso nos miró con el rostro endurecido.
  • Hoy me quedo con vosotras, y no hay más que hablar. – no había reproche, ni un “¿por qué no me contaste?”. Él solo decidió ocuparse personalmente de nuestra seguridad. Y que quieren que les diga, por mi estaba bien. No es que necesite un hombre en mi vida, pero he de reconocer que tiene su utilidad para depende qué cosas.
  • Se lo diré a Alex. –

Tomasso y Carmen terminaron de acomodar la mercancía en la furgoneta, y después Tomasso fue a recoger sus cosas al coche y cerrarlo.  Yo aproveché para apartarme un poco y hacer mi llamada.

  • ¿Ha pasado algo más?-
  • No, te llamaba para decirte que Tomasso se quedará hoy con nosotras en el “Rancho rodante”. –
  • Eso está bien. De momento no quiero alarmar a nadie, pero ya he puesto a todos sobre aviso. A ver que nos cuentan esta noche. –
  • De acuerdo. Entonces nos vemos más tarde. –
  • Trae las sobras, hoy tenemos reunión familiar. –
  • Cuenta con ello. –

Cerré la comunicación y me dirigí hacia la camioneta. El puesto de conductor ya estaba ocupado por Tomasso, y el asiento del acompañante por Carmen. Así que, con algo de fastidio, me pasé a la parte de atrás y abrí el asiento plegable. Odio viajar allí, me siento como la niña pequeña de la familia. Pero ya saben lo que se dice, donde manda patrón no manda marinero.

Bueno, si tenía que encontrar el lado bueno a todo eso, era que Carmen tendría a su “otro hombre” viéndola cocinar, y que yo me libraba de cargar con las cajas pesadas. Ves, en esta vida todo tiene su lado bueno, solo había que encontrarlo.

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