Dimitri

Prólogo

  • Mamá, ¿por qué yo no soy un Vasiliev?.-
  • ¡Qué tonterías dices, Dimitri!. Eres mí hijo, claro que eres un Vasiliev.- era difícil de explicar por qué sabía que no lo era. Los niños del cole se burlaban de mí porque era diferente. Gino Polucci no paraba de decir que era adoptado, que mi madre no era mi madre, que mi hermano y yo no lo éramos. Le tiré al suelo de un puñetazo, pero eso no me hizo sentir mejor.
  • Pero… ya sé que tú eres una Vasiliev, tienes los ojos azules como el abuelo, como los de los tíos Andrey, Viktor y Nick, como los de Anker. ¿Por qué yo no tengo los ojos azules como tú, como mi hermano?, ¿soy adoptado, mamí?.- mamá no se enfadó, no gritó como esperaba. Si alguien decía que no eras la madre de tu hijo ¿no te habrías enfadado?.
  • ¿Cuántos años tienes?.-
  • 8 mamí, ya lo sabes.-
  • 8, ya eres lo suficientemente mayor para saber que no llevar el apellido Vasiliev no significa que no so leas. Tu hermano se apellida Costas como tú, y aun así sabes que él es un Vasiliev.-
  • Sus ojos son azules.-
  • También sabes que papá tiene los ojos castaños.-
  • Pero él no es Vasiliev, es Costas.-
  • Sí, cariño, pero cuando se mezclan los ojos azules y los de color marrón, a veces salen colores que no son ninguno de los dos.-
  • ¿Por eso los míos son verdes?.- mami acarició mi cabeza, moviendo el pelo que caía sobre mis ojos.
  • Los tuyos son de un precioso color verde, y tendrías que sentirte orgulloso, porque ningún Vasiliev los tiene, solamente tú, tesoro.
  • Pero…-
  • No tienes que tener los ojos azules para demostrar que eres un Vasiliev. Lo que nos hace ser Vasiliev es la sangre que llevamos dentro, lo que está en tu interior es lo que importa.-
  • Pero eso no se ve, mami.- ella sonrió.
  • No, cariño, por eso el abuelo siempre dice que lo que demuestra lo que somos son nuestras acciones.-
  • ¿Y qué tengo que hacer para demostrar que soy un Vasiliev, mamí?.-

 

Capítulo 1

Dimitri

  • Será mejor que lleves un paraguas. El hombre del tiempo ha dicho que va a llover.-

Me volví para encontrar la sonrisa traviesa de mi hermano Anker. Era un toca pelotas, pero le quería, que le iba a hacer. Compartir apartamento con él nunca sería una mala idea, porque ya nos conocíamos desde hace tiempo, y los dos sabíamos lo que toleraba el otro y lo que no. Además, desde que me costeaba la universidad, compartir los gastos siempre venía bien.

No le respondí, para qué, él no esperaba que lo hiciera, solo se estaba metiendo conmigo por salir a correr a esas horas. No iba a decirle porqué era así, pero seguro que no hacía falta. Es mi hermano, y uno confía en la familia, al menos en la mía. Llevar sangre Vasiliev conlleva eso, defender y proteger a tu familia por encima de todo.

Aferré el chubasquero de la percha y salí por la puerta mientras me lo ponía. El agua no iba a detenerme. Mis piernas enseguida cogieron el ritmo al que les había acostumbrado, mi corazón latiendo firme dentro de mi pecho, una sola idea dentro de mi cabeza. Comprobé la hora de nuevo en mi reloj, iba adelantado al horario. Una suave llovizna empezó a caer sobre mí, mojando mi ropa hasta convertirla en una capa fría y pesada sobre mi cuerpo, pero eso no me importaba, no era la primera vez, y no sería la última.

Ya había oscurecido cuando salí de casa, ya hacía frío, y la lluvia no hacía más agradable el estar allí, por eso era de las pocas personas que permanecía en la calle, pero no era la única. ¿Más locos como yo?. Estaba cerca de un hospital, no hacía falta estar loco para ir allí, solo desesperado. Pero había muchos tipos de desesperación. La mía estaba a unos minutos de acabar su turno, la del tipo que había descubierto vigilando el aparcamiento podía ser la misma. Él no estaba allí para ser atendido por un médico, él estaba allí porque buscaba algo diferente.

Me quedé quieto en mi posición, analizando cada gesto del tipo, buscando detalles sobre lo que estaba esperando. Se tensó cuando las puertas automáticas se abrieron, pero no se movió, permaneció oculto. Dos personas habías salido del hospital, un chico y una chica. Estaba claro que no eran lo que él quería. Con sigilo me fui acercando a su posición, aprovechando los momentos en que él se centraba en no ser descubierto por las ingenuas personas que salían del hospital. Lo tenía bastante cerca, lo suficiente como para golpearlo y dejarle inconsciente si saltaba sobre él, pero eso no me servía. Aproveché que la puerta volvía a abrirse, y que el tipo estaba demasiado pendiente de los que salían en vez del otro depredador que estaba a su espalda. ¿No lo había dicho?, yo soy otro depredador que ha salido a hacer su ronda, soy un animal que caza sin remordimientos, y no me da miedo enfrentarme a otros cazadores en vez de a presas. En mi territorio no quiero otros cazadores, el único que puede cazar soy yo.

El cabrón no se dio cuenta de que estaba perdido hasta que deslicé el filo de mi cuchillo sobre su garganta. Noté la sorpresa, noté el miedo, noté la ira, podía leer su cuerpo, sus músculos, incluso su olor me decía todo lo que necesitaba saber sobre él.

  • Si vuelvo a verte por aquí, te mato. Esta es mi zona.-

El tipo tragó saliva de forma nerviosa. No pudo sacar su arma porque yo estaba sacándola de su escondite con mi mano libre. Fue inteligente y no protestó, siquiera se movió. Jodido cobarde. Se creían los reyes con un arma en su mano, pero no eran nada cuando alguien les amenazaba a ellos. Se aprovechaban del miedo de sus víctimas, pero no eran capaces de sobrellevar el suyo propio. Con cuchillo o sin él, aquel desgraciado no tenía nada que hacer frente a mí.

  • Tienes 5 segundos para desaparecer de mi vista, o empezaré a cortar.-

Aparté lentamente el cuchillo de su garganta, dejando que el borde afilado dejara un surco en su piel, haciendo que la sangre brotara suavemente. Una sutil amenaza de que no me tocara las narices. Jugar conmigo le costaría muy caro, porque soy de los que se cabrean. Nadie juega conmigo, nadie juega con un Vasiliev. El tipo fue inteligente, y empezó a alejarse sin mirar atrás. Cualquiera sabe que si ves el rostro de tu atacante tienes las horas contadas. Al menos ahí tuve de concederle ese poco de inteligencia. No le perdí de vista mientras se alejaba rápidamente del aparcamiento, pero mis sentidos seguían esperando que las puertas se abrieran y apareciese ella. Y eso fue lo que ocurrió. Las puertas se deslizaron a los lados, dando paso al motivo de que estuviese allí, calado hasta los huesos, amenazando con matar a la escoria que se atrevía a cruzarse en mi camino, y desesperado por verla una vez más.

Mis ojos devoraron su figura avanzando entre los coches estacionados hasta llegar al suyo. Conocía bien ese coche, conocía bien esa chaqueta de punto que la protegía inútilmente de la lluvia, pero que se negaba a retirar de su armario. La vi correr bajo el agua, llegar a su coche, abrir la puerta y poner en marcha el vehículo. Cuando el coche salió de allí, saqué mi teléfono de mi bolsillo, activé la aplicación con la que tenía controlada su habitación en la residencia de estudiantes, y conecté el auricular y las lentes. Podría escuchar cada alarma silenciosa que activase a su paso, podría ver el rastro térmico que ella dejara a su paso desde que estacionara en el aparcamiento de la residencia, hasta que se metiera en su cama a dormir. Podría incluso contar las veces que se pasaba el cepillo de dientes por los premolares. Sueno a maldito acosador, pero es que es eso lo que soy. La observo, controlo su entorno, y todo sin que ella sepa que lo estoy haciendo.

Metí el arma en la parte de atrás de mis pantalones, porque seguro que podía encontrarle algún uso. Ya lo pensaría cuando llegase a casa. Me puse a trotar de regreso a casa, sabiendo que, si algo ocurría, ella estaba a menos de 5 kilómetros en mi dirección, 4,5 si utilizaba los atajos que había descubierto.

Escuché la voz en mi oído que me iba informando de cada uno de sus pasos, vi en mi lente izquierda el plano de situación con los puntos rojos que marcaban a cada una de las personas que se encontraban cerca de ella. También podía escuchar lo que ocurría a su alrededor. ¿Qué cómo había conseguido un estudiante universitario, que luchaba en peleas clandestinas para costearse la carrera, esa tecnología tan sofisticada?, pues gracias a uno de los empleados de mi tío Viktor. Sólo tuve que pedirle lo que quería y él lo consiguió para mí.

Estaba bajo la ventana de su habitación en el momento en que ella se metió en su cama. Pude escuchar su suspiro de satisfacción cuando las mantas la cubrieron. Y entonces volví a ponerme en marcha, de vuelta a mi propia casa. 6 kilómetros y yo podría meterme en mi propia cama, sabiendo que ella estaba a salvo en la suya, sabiendo que no imaginaba que estaba cuidando de ella. ¿Habían imaginado otra cosa?, puede ser, he de reconocer que no soy una buena persona, que no soy un chico de 21 “normal”, pero es que ningún hombre de mi familia lo es, tampoco las mujeres, pero es que la familia Vasiliev está hecha de una pasta diferente. Y por si alguno de ustedes no sabe quién es mi familia, solo necesitan saber dos cosas sobre nosotros. Primera; no se juega con un Vasiliev, te saldrá caro, muy caro. Y segunda; la familia es lo que más importa, se protege a la familia. Y eso es lo que estaba haciendo, protegiendo a mi familia. Porque desde que esa pequeña huérfana llegó a nuestra familia, he cuidado de ella como lo haría de cualquier otro miembro de nuestra familia. Y ese era mi problema, que tenía que cuidar de ella y protegerla, incluso de mí mismo.

Soy Dimitri Costas, nieto de Yuri Vasiliev, sobrino de Viktor, Andrey y Nikolay Vasiliev, hijo de Lena Vasiliev y Geil Costas, y toda mi vida he luchado por demostrar que soy digno de la sangre que corre por mis venas, sangre Vasiliev. Y ella es Pamina, hija adoptiva de una prima rusa que lleva nuestra sangre, y como he dicho, familia. Y como también he dicho, un Vasiliev protege a la familia, aunque le cueste la vida, aunque le cueste el alma.

Capítulo 2

Dimitri

Durante la vuelta al apartamento siempre me daba tiempo a pensar, pero había veces, como en aquella ocasión, que no quería hacerlo. Busqué la misma canción que había oído cientos, miles, tal vez más de un millón de veces, pero que no dejaría de escuchar, porque era su canción. Y no, a ella le gustaba otra probablemente, pero para mí, desde el primer momento que la escuché, no hubo otra que me acercase más a ella, a mi princesa. Era una canción realmente vieja, pero como he dicho, fue escucharla y comprender que fue escrita para mí, para mi princesa, y para el vínculo que nos unía.  Y si, no exagero cuando la llamo princesa, porque ella lleva el nombre de una; Pamina. A más de uno no le sonará ese nombre, pero así se llamaba la princesa de una ópera famosa, la flauta mágica.

Los primeros acordes de “what if the storm ends” de snow patrol llegan a mí, y mis piernas reaccionan de forma mecánica, mi corazón late más fuerte, mi adrenalina se pone a trabajar, y mi cuerpo responde. Es hora de reconocer que ella golpeó mi mundo, me golpeó como un maldito rayo impactando directo en mi centro. Pero no puedo hacer nada, solo liberar la frustración y la ira que me desborda dentro de una jaula de pelea, a veces no hay ni eso, pero siempre hay un pobre estúpido que se cree lo suficientemente preparado como para derribarme. Al principio hubo dos que lo consiguieron, pero desde entonces, me he vuelto más fuerte, más rápido, más resistente, más listo, pero, sobre todo, estoy más cansado de todo esto. Soy como el maldito vampiro que espera desesperado los primeros rayos del amanecer, para desafiarlo inútilmente, porque sabe que el sol lo destruirá, y por eso se oculta antes de que la luz le alcance. Pero yo estoy ahí, tan cerca de volver a sentir la calidez del sol, que el riesgo a convertirme en cenizas cada vez me importa menos. Pero no voy a correr lejos de ella, debo, pero no puedo. Dejaré que me siga abrumando, que me sature. Que esta maldita tormenta que nos envuelve ahora, que me mantiene lejos de ella, por algún milagro de un dios misericordioso cese. Y si eso ocurre, ¿ella podría llegar a verme, a mirar más allá de la imagen que he tenido que mostrar de mí mismo?. Mientras ese día llega, seguiré corriendo bajo la lluvia, esperando que la auténtica tormenta termine.

Mi corazón latía al ritmo de esta melodía maldita, porque es la melodía que escucho cuando pienso en ella, cuando veo su fotografía. Pero cuando ella me mira, cuando ella nota que estoy cerca, cuando escucho su voz, el ritmo cambia. Ella piensa que sus ataques verbales deben chirriar en mis oídos, pero se equivoca, para mí son música, suave y preciosa música. Y ese fuego chisporroteando en sus ojos cuando está irritada conmigo… mandaría todo a la mierda y la besaría, como aquella vez, aquella maldita vez….

Más de 6 años atrás….

Mi mejilla ardía por el tremendo bofetón que ella me había dado, mi labio resentido por el mordisco que había dejado el sabor metálico de mi propia sangre en mi boca, pero la auténtica herida se había abierto mucho más adentro, aunque no me di cuenta en aquel momento. La risa de mi hermano Anker fue como sal en mi herido ego, porque a mis casi 15 años, ninguna chica me había rechazado, no desde que aprendí a utilizar lo que tenía para conseguir de las chicas lo que quería. No era cuestión de edad, había seducido a mayores que yo, era cuestión de calidad. Era una maldita pieza de buena carne, carne Vasiliev y todas querían probarla. Todas menos ella.

Seguramente fui demasiado agresivo, demasiado impaciente y ese fue mi error. Pero nunca pude corregirlo, primero por orgullo, después por madurez. ¿Eso qué significa? Querrán saber. Pues sencillamente que me llegó la hora de crecer. Llega un momento en el que todo hombre de la familia ha de dar el primer paso hacia la madurez, y a mi hermano y a mí nos tocó a la edad de 15 años. El día de mi cumpleaños, toda la familia estaba a mi alrededor para celebrarlo, ella había viajado desde otra ciudad con su familia, mi familia, para verme soplar las velas. Pero ese día que debía haber sido feliz, dejó un regusto amargo en mi boca. ¿Saben eso que se dice de “el mejor y el peor día de mi vida”?, pues yo aún sigo pensando que fue ese.

Toda mi vida me sentí excluido de alguna manera de lo que era ser un Vasiliev, creía que, por tener unos ojos de diferente color al resto, yo no era uno de ellos. Esperé ansioso el momento en que los adultos me incluyesen en sus planes, que contaran conmigo como uno más, y me sentí dichoso cuando llegó ese momento, pero no tanto como cuando me encerraron en el despacho del abuelo Yuri para tener “la conversación”. No, no fue un sermón, no fue una amenaza, no fue una charla vacía. Allí dentro, rodeado de los auténticos hombres de la familia Vasiliev, el abuelo me abrió los ojos a lo que era su mundo, y no lo adornó, me lo mostró con toda la cruel realidad, me dejó ver un poco del corazón negro que alberga en cada uno de los hombres Vasiliev, por qué somos diferentes, y sobre todo porqué un Vasiliev debía demostrar que era digno de proteger a la familia. No era cuestión de cometer atrocidades, no era cuestión de medir hasta dónde estarías dispuesto a entregar de ti mismo, era cuestión de supervivencia. Cada uno de mis predecesores, había demostrado no solo que sobreviviría ante la mayor adversidad, sino que saldría victorioso sobre sus enemigos. Aquí no hay espacio para la traición, porque traicionar a la familia es peor que traicionarse a uno mismo, porque la familia es lo que te sostiene, lo que te mantiene con vida. Un Vasiliev vive por la familia, un Vasiliev moriría por su familia.

El abuelo Yuri perdió a su hermano Viktor con tan solo 11 años, año y medio después murió su hermano Nikolay, y desde ahí estuvo solo. Luchando contra aquellos que querían acabar con él, porque a pesar de ser un niño, era un peligro. Pero no supieron cuánto hasta que acabó uno a uno con los asesinos de su hermano. Con 15 años había vengado a sus hermanos, con 20 demostró que enfrentarse a un Vasiliev era firmar una sentencia de muerte. Él acuño la frase que hoy en día sigue vigente como en aquel entonces, no se juega con un Vasiliev.

15 años fue la edad escogida desde entonces para convertirse en un hombre Vasiliev. Desde ese día estaría solo para demostrar que era digno, que era un luchador y que nadie podría derribarme, y cuando lo consiguiera, podría proteger a la familia. Pero debía demostrarlo por mí mismo, sin interferencias de otro miembro de la familia. Si cometía alguna infracción o delito, y me pillaban, estaba solo, así que más me valía que no lo hicieran. ¿No meterme en problemas? Eso era imposible, soy un Vasiliev, los problemas vienen en nuestro ADN, eso lo aprendí bien joven. Y ese fue mi mejor día. El peor fue porque comprendí que ella quedaba en esa parte de la familia que he de proteger, mantener a salvo, sobre todo de mí.

Tenía que convertirme en un demonio, un hombre Vasiliev, y eso me alejaba de ella. Pero precisamente por ello, porque soy un Vasiliev, no puedo distanciarme de lo que más me importa. Había tratado de luchar contra lo que sentía, pero al igual que las malas hierbas, ella volvía a extender sus raíces dentro de mí. Le pertenezco, aunque ella no quiera.

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