¡Préstame tus ojos!

Prólogo

Estoy metido en un avión, destino a un país que no he visitado nunca y que no tenía pensado pisar, cuya lengua no conozco menos aún sus costumbres. Llevo más de una hora aguantando las miradas curiosas de una azafata demasiado “amable”, y no sé si es porque le gusto o porque cree que soy un terrorista que lleva una bomba en su maleta. Llevo sin dormir 36 horas, el tiempo que hace que me embarqué en esta endiablada aventura, y aún no sé por qué lo estoy haciendo.

Si un psicoanalista analizara mi cerebro, diría que soy un egocéntrico que solo piensa en su sí mismo, en satisfacer sus caprichos, al que le importan pocas cosas. Y por eso mismo aun no comprendo que hago metido aquí, ni yo mismo me entiendo. Le he pedido unos días libres al jefe para solucionar un problema que estoy seguro que no tengo, porque no se me ha perdido nada en esta parte del mundo.

No, lo único que voy a encontrar, eso espero, es a esa mujer. No tenemos nada, aunque podría haberlo tenido si quisiera. No soy un creído, he notado como me miraba algunas veces, y le gustaba lo que veía. Pero no he hecho nada al respecto, porque hacerlo me traería más complicaciones de las que he querido tener hasta ahora.

La he visto casi cada día durante ¿cuánto tiempo? ¿dos años?, puede que algo menos, y durante ese tiempo no he dado un paso hacia ella. La cuido, porque al jefe le enfadaría que le ocurriese algo, porque, de una extraña manera, se ha convertido en un miembro de nuestra particular familia.

Lo tenía todo bajo control, yo en mi línea, y ella a lo suyo. Hasta ese maldito día en que decidió complicarlo todo. Ella es cabezota, testaruda y cree que puede resolver sus propios problemas, no quiere ayuda de nadie porque se cree una mujer moderna, autosuficiente, y liberada de los estereotipos que trataron de inculcarle desde niña. Y tendría que respetar eso, dejarla pelear sus propias batallas, sobre todo porque dejó bien claro que eran ella y sus asuntos, yo no estaba invitado.

Pero aquí estoy, listo para meterme en un charco embarrado en el que no tengo ninguna pizca de ganas de meterme, por una mujer que no quiere mi ayuda, y por la que estoy empezando a entender que siento algo que no debería.

En fin, soy Jonas “Nube Gris” Redland, y esta va a ser la historia del final de mi controlada vida, eso me temo. Ella va a acabar conmigo.

 

Capítulo 1

15 años antes ….

Jonas

Cerré la puerta de mi habitación cuando entré en ella, pero no di un portazo, no lo merecía. Estaba cansado de todos y de todo. Lancé la mochila con los libros del colegio a algún lugar de mi cuarto, y me tiré sobre la cama. Estiré la mano hacia los auriculares que estaban en mi mesita, y conecté el reproductor de audio. Las fuertes notas de la ensordecedora canción enmudecieron los gritos de mi madrastra y mi padre. Bueno, más bien los de ella, mi padre pasaba de decir nada. A él siempre le di igual, nunca le importé mucho. Lo único que hacía por mí, era pagar a alguien para que se ocupara de mí; comida, ropa limpia… esas cosas, y en ese momento había encontrado más práctico el liarse con una mujer, que además de hacer eso, podía tirársela. Sí, ya, soy muy joven para entender de esas cosas, o debería serlo, pero no soy un inocente niño de 13, sé lo que significan los ruidos que salen de su habitación.

La puerta de mi cuarto se abrió, para dejar paso a la cara roja de la Barbie, así la llamaba yo. Rubia, tetas grandes, como le gustaban a mi padre, todo lo contrario a las mujeres que podía encontrarse en la reserva. A mi padre le gustaba el exotismo de la piel blanca y piernas largas, y a ellas supongo que les atraía la tez oscura y pelo largo y negro de mi padre. Un guerrero indio enterrando su “lanza” en una “colona blanca”.

—Hoy no vas a cenar, Jonas, estás castigado. Y espero que esto te sirva de lección para que no te metas en más líos. — la puerta se cerró detrás de ella. Sí, la oí, o más bien leí sus labios. Pero si creía que me importaba una mierda ese castigo, lo llevaba claro. Metí la mano en mi cajón, y saqué una chocolatina de esas con barquillo y frutos secos. Le di un mordisco y pensé en como tendría que hacer para que no volviesen a pillarme.

El problema de hacer cosas “malas” no es el hacerlas, si no el que te pillen. ¿Colarte en el cuarto del de mantenimiento y robarle los cigarrillos?, estaba mal, sí, pero estaba peor que ese cabrón me los hubiese confiscado para así no tener que comprarlos él. Tenía pensado rajarle las ruedas de su mierda de coche, más que nada porque me empujó demasiado fuerte contra la pared para quitarme los cigarrillos. Él sabía que no le denunciaría por el golpe, porque entonces se sabría lo de los cigarrillos, pero no contó en que buscara justicia por mis propios medios. Entré en su zona privada, abrí su taquilla, y recuperé mis cigarrillos, además de dejarle un pequeño regalito sobre los zapatos. Lo malo es que un profesor me pilló saliendo de allí, aunque pensó que estaba tratando de entrar. Que lo había conseguido solo lo sabíamos el conserje y yo, y seguro que él haría algo para devolverme el “favor”.

Puedo ser un crío, pero hace tiempo que aprendí a no dejar que me pisaran. Primero en la reserva, donde los otros niños no hacían más que meterse conmigo porque era mestizo. Blanquito me llamaban. Al principio agachaba la cabeza y pasaba de largo, pero cuando empezaron los empujones, decidí defenderme. A partir de ese día aprendí que el respeto hay que ganárselo, y si no lo consigues, siempre queda el miedo. Nadie se mete con alguien al que tiene miedo. Pues bien, iba a enseñarle a ese tipo de uniforme desgastado que con Jonas “Nube Gris” Redland nadie se metía, y si se atrevía a hacerlo, pagaría las consecuencias.

Mi padre acertó cuando me llamó Nube Gris, porque, al igual que ellas avisan de la llegada de la tormenta, mi nombre avisaba de que no había nada bueno detrás.

Esa era mi vida con 13. Con 14 mi padre me envió de vuelta la reserva con mi abuela, porque la Barbie rubia le había dejado, o la dejó él, no me interesó como fue. A los 15 me pillaron pasando pellote a unos blanquitos pijos, culpa suya. La primera y única vez que me detuvieron. A los 16 pasaba de contrabando mercancías pequeñas entre Canadá y EEUU, y a los 18 era un auténtico “conseguidor” Lo que quisieras, podía hacértelo llegar por un precio. Y así fue como conocía a Bowman, el que es hoy en día mi jefe. Primero trabajé para él en un par de ocasiones, y me di cuenta de que él sí que manejaba el dinero. Lo suyo no eran unos cientos de dólares, si no miles. ¿Qué por qué no trabajé por mi cuenta como mi propio jefe?, porque con sumas como esa, había que estar preparado para perder mucho dinero si salía mal, pero, sobre todo, porque la infraestructura que él tenía nunca podría tenerla yo en toda mi vida. Pero lo más importante, es porque él respondió por mí una vez que la cosa se complicó. Un capullo me la jugó, y Alex pagó el dinero que debía desembolsar yo. Pero lo que me hizo respetarle fue el hecho de Alex le devolvió a aquel tramposo la jugada. Me creyó a mí, y le hizo pagar al otro. Alex se convirtió en la única persona que respetaría siempre. Si él me pedía que saltara dentro de una casa en llamas, yo lo haría.

Por eso hice de guardaespaldas de su chica en la Universidad de Chicago, porque ella era importante para él. Negocié por ello, porque yo soy así, y Alex me lo permite. Podría decirse que somos amigos. Por eso también dejé que los amigos de su chica rondaran cerca de mi espacio, aunque no quisiera complicaciones con la Argentina de ojos claros, ni me cayese bien su amiguito el transgénero. No soy transfóbico, es que el tipo me ponía de los nervios, babeando por la argentina, por Palm y por Aisha. Sí, esa es otra. Connor, el hombre de confianza de Alex Bowman encontró también a su media naranja, y con ella llegaron de regalo un peque con un excelente gusto para la comida, y una chica que lo pasó muy mal con su ex prometido.

Esas son historias que no quiero contar ahora. El caso que esa era mi vida en los últimos tiempos. Ocuparme de las “transacciones” entre Canadá, mi tierra natal, y EEUU, tener un ojo sobre la mujer de mi jefe, en el buen sentido, y no permitir que ninguno de nuestros allegados descubra o resulte dañado por nuestras actividades fuera de la ley. Un trabajo no muy complicado para mí, tan solo que tenía sus momentos buenos y malos. Buenos, Aisha era cocinera y me tenía encantado con sus comidas. Y malos, tenía que soportar al baboso de Oliver persiguiendo a las dos chicas. Sí, las dos, la argentina, Alicia, estaba en su punto de mira desde un principio, pero el idiota se había quedado estancado en la zona de amigos. O tal vez esa era su estrategia, quién sabe. La verdad es que tenía que reconocerle que tenía buen gusto, esa argentina estaba bien buena, y Aisha era una buena chica.

La vida podía haber sido buena conmigo, pero debí ser malo con alguien que no debía, y me estaba castigando. La mujer de Connor abrió una de esas pastelerías de delicatesen, en la que Aisha colaboraba de vez en cuando haciendo repostería turca. Pero en la tienda, además de la madre de Connor por las mañanas, también estaba Alicia por las tardes. Y como la mosca que persigue la miel, el tal Oliver tenía que estar, cada dos por tres, metido por allí.

Capítulo 2

Lancé al aire un silbido largo y agudo, haciendo que Sly levantara la cabeza hacia mí.

—Se acabó el recreo, muchacho. — Mi perro empezó a trotar hacia la casa porque sabía lo que tocaba. Comida y siesta. Tardé tiempo en descubrir que era la única manera de meterle de nuevo en casa, sin que hubiese una persecución de por medio. Para que luego digan que los perros se parecen a sus dueños, el mío era un calco mío. Pelo negro, ojos marrones, un apetito incontrolable y pasión por los espacios abiertos. No, no compré la casa por el jardín, aunque con un perro es una gran ventaja. No, lo hice porque no estaba metido en un pequeño hueco al que bombardeaban los vecinos con sus constantes ruidos. Odio estar cenando y escuchando de fondo la discusión por quién es el que tiene el mando a distancia de la TV.

Dejé que Sly pasara delante de mí, directo a su cuenco de comida. Estaba vacío, pero él sabía que eso cambiaría pronto.

—Bien, pequeño glotón, aquí está tu comida. — Llamarle pequeño era un eufemismo. El bicho era un caballo con piel de perro. Grande, robusto, era un auténtico rottweiler bien alimentado. Le dejé su cuenco lleno, y salí casi corriendo de allí, porque el cabrón tragaba como una aspiradora, y yo tenía que salir de allí antes de que se pegara a mi como una lapa. Estaba cerrando la puerta, cuando escuché mi teléfono sonar. Alex, mi jefe. Y luego dicen que el indio con poderes soy yo. Este tipo sí que tenía el don de la oportunidad.

—Dime, jefe.

—Necesito que acompañes a Palm a la Pasticceria. Connor y yo estamos algo liados con el distribuidor. — No tenía que darme más explicaciones.

Cuando llegué a la casa de Alex, 9 minutos después, al primero que me encontré fue a Micky instalando una silla para bebés en el asiento trasero del SUV. La lógica me decía que una silla más de bebé, en el vehículo blindado que usaban habitualmente, añadía más pasajeros a la ecuación. Y como pensaba, ese pasajero era un pequeño de 4 años de pelo rubio y ojos color caramelo.

—¡Jonas! — Gritó el pequeño cuando me vio. No es que corriera hacia mí para que lo levantara, como hacía con su padre. Él y yo teníamos otro rollo. Se paró muy cerca de mí y empezó a botar sobre sus pies.

—Hola, compañero.

—Vamos a ir a buscar a la abuela Maggie.

—Estupendo. — Santi, el pequeño rubio, me hizo un gesto cómplice para que me inclinara y así poder hablar bajito en mi oído.

—Mami me prometió bizcocho de plátano y chocolate si me portaba bien. — ¡genial!, eso quería decir que me iba a tocar algo a mí, porque ya me buscaría la vida para conseguir un trozo de eso.

—Entonces vamos a buscarlo. — Le ayudé a subir a su sitio, mientras veía por el otro lado de la puerta como Palm ajustaba los cinturones de Owen a su pequeño cuerpecito.

—Todo listo, ¿Puedes avisar a…? — Empezó a pedirme Palm, la jefa, cuando la voz de Aisha llegó a mis espaldas.

—Estoy aquí. — Su voz sonó suave y tímida, como si no quisiera molestar.

—Bien, entonces nos vamos. — Decretó la jefa. Empezó a caminar hacia el asiento del acompañante y tomó su lugar. Aisha y Micky nos seguirían en el otro coche.

Seguramente están pensando ¿solo dos hombres para escoltar a la familia del jefe de la mafia irlandesa de Chicago?, pues sí. Primero, siempre había algún descerebrado que intentaría hacer algo contra ellos, pero no muchos. ¿Por qué?, pues porque Alex Bowman ya protagonizó una masacre hace más de una década. Fue el único que quedó en pie después de aquello, y todos sabían que volvería a suceder lo mismo si alguien tocaba a su familia. Había una especie de pacto en la calle, por el que nadie atacaría o permitiría una agresión contra Bowman. Eso era como quitarle la anilla de seguridad a una granada. Y luego estaba la reputación de la jefa. ¿Sabían que había matado a un hombre con uno de esos adornos para el pelo? Si, bueno, la historia tenía muchos matices, pero el resumen que corría por las calles era ese. ¿Quién en su sano juicio intentaría atacar a una asesina de ese calibre?

Me senté detrás del volante, y arranqué el vehículo. Detrás nuestro venían Micky y Pou con Aisha en su propio vehículo. Centro del pecado, allí íbamos. No, nada de mujeres, perversión, alcohol y esas cosas, el pecado era todo lo que salía de las manos de la mujer de Connor, la madre del dulce caramelo que estaba sentado detrás de mí. Ese niño nos tenía comiendo en sus manos a todos. Menos más que había llegado Owen para equilibrar las cosas.

Cuando “descargamos” en la parte trasera de la tienda, Pou llegó a hacerse cargo del vehículo y llevarlo al aparcamiento. Estaba genial esto de tener aparcacoches.

Santi entró corriendo por la puerta de la trastienda, algo a lo que ya tenían que estar acostumbrados todos, pero que provocaba algún que otro susto con los novatos. Ya había sorprendido a más de uno con la mano sobre el arma y con las rodillas flexionadas. Listos para la acción.

—¡Mami, mami!

—Hola, cariño. — Mica se inclinó para besar a su pequeño. Sabía porque no lo tomaba en brazos. Cuando estaba con el uniforme de repostera, no quería mancharlo con los zapatos de su pequeño. Era realmente escrupulosa con esas cosas, y la amaba por ello. Ya saben, yo comía mucho de lo que salía de sus manos, y me gustaba saber que la mujer se tomaba muchas molestias en que todo cumpliese con las normas higiénicas.

—¿Puedo saludar a Kevan? — Travis ya estaba caminando con una sonrisa en la cara para cargar al pequeño y levantarlo hasta la mesa en la que estaba la tumbona de su hermanito. No es que el otro pequeño se enterara de mucho, porque estaba dormido como un oso en invierno. Santi besó con adoración la sonrosada mejilla de su hermanito, dio las gracias a Travis, y salió disparado a la tienda, donde presumiblemente estaría su abuela. Estaba inspeccionando el lugar, cuando la voz de Mica llegó a mi lado.

—Ya sé lo que estás buscando. — Alcé una ceja hacia ella, como si no supiera de lo que estaba hablando. Pero cuando me hizo un gesto con la cabeza, señalando una fuente cuadrada, salí hacia allí como un cohete. Bizcocho de plátano y chocolate, mi nuevo mejor amigo. Estaba cogiendo una de las porciones pre cortadas, mientras dejaba que mis oídos siguieran vigilando lo que ocurría a mi alrededor.

—¿Pues como habéis venido todos? — Preguntó Mica a Palm, mientras saludaba con la mano a Aisha.

—He quedado con Oliver para poner las nuevas fotografías en la web de la Pasticceria. Quería que escogiésemos las dos las que más nos gustaran.

—Ya sabes que delegué en ti ese tipo de cosas, así que las que escojas tú me parecerán bien.

—Es que no sé por cual decidirme, me gustan todas. — Me giré para seguir masticando mi premio mientras veía a las tres mujeres moverse por el obrador.

—¿Son las que hizo Alicia? — Preguntó Mica.

—Si.

—Entonces tengo el mismo problema que tú. Me gustan todas. — Sabía de lo que hablaba. Esa argentina era capaz de hacer apetecible hasta un ladrillo de construcción. Y hablando del diablo, este apareció por la puerta.

—Chicas, Oliver acaba de llegar. — Pero en vez de salir de allí, se encaminó hacia Owen para quitárselo de los brazos a su madre y besuquear su mejilla. — ¿Cómo está mi novio? A ver si creces rápido y eres tú el que me lleva en brazos a mí, guapetón. — Palm caminaba detrás de ella mientras reía, luego Mica y mi mirada detrás de ellas. Y como no, con el que tropecé era con el deslucido de Oliver y esa sonrisa afable suya. ¿He dicho que me cae como una patada en los testículos? Pues eso.

Capítulo 3

—¿Quieres un poco de leche con eso? — Aparté la vista de Oliver y las chicas de fuera, para encontrar los ojos expectantes de Aisha.

—Sería estupendo, gracias. — Aisha me sonrió y se encaminó a uno de las neveras para sacar un brick de leche.

—¿Fría? — Ella sí que se sabía mis gustos. Normal, pasaba más tiempo comiendo en casa del jefe o de Connor que en la mía. Que digo, en la mía no tenía ni una triste galleta, salvo de esas para perros.

—Si, por favor.

—Hola Jonas. — Saludó Maggi, la madre de Connor mientras entraba en el obrador. Antes de que respondiese a su saludo, ya estaba dirigiéndose hacia Aisha. — El señor Stilton ha venido por su pedido. Mica dice que está en la nevera grande. — Aisha asintió y se fue por ello.

Aisha tendió a Maggi uno de esos envases con el anagrama de la Pasticceria Lita, y después puso un buen vaso de leche delante de mí. Adoraba a esa mujer, siempre lo hacía todo con una dulce sonrisa. Estaba saboreando mi leche cuando la voz del toca pelotas de Oliver llegó desde la puerta que comunicaba el obrador con la tienda.

—Aisha, ¿podrías darnos tu opinión? — Alcé la vista hacia él, para dejarle claro que yo también estaba allí, no es que me interesara… — ¿Y tú, Jonas? — genial, el toca pelotas me había metido en el lío. Aunque, si la opinión era con una degustación de dulces de por medio, yo no tenía ningún inconveniente. Estaba a punto de atravesar la puerta detrás de Aisha, cuando la argentina casi choca conmigo. Había un pequeño apartado donde estaban las taquillas para cambiarse, que estaba junto a la puerta, y ella siempre salía de allí como si el lugar estuviese ardiendo, y si a eso le sumamos que iba atándose el delantal, el resultado era que no veía hacia donde iba. Habríamos chocado, salvo por el hecho de que yo si estoy atento a todo lo que me rodea. Hice un quiebro para esquivarla, pero ella no se dio ni cuenta. Si hubiese sido una mujer habría puesto los ojos en blanco. Esta chica acabaría provocando un accidente, es más, no sabía por qué no lo habría provocado ya. Era de ese tipo de personas que no presta atención a lo que tiene alrededor.

—Listo, delantal limpio. Y tú no te rías, bichito. No es divertido tirar merengue encima de las chicas. — Owen sonreía a Alicia como si le estuviese diciendo que era el niño más guapo de todo Chicago, o como si realmente pensara lo mismo que yo. Sí que es divertido echarle merengue a una chica, sobre todo si no hay ropa encima y piensas limpiarla con tu propia boca. ¡Ah, pequeño! Ya descubrirás que eso sí que es divertido.

—¿Tú qué opinas? — Me preguntó Palm. Me dejó sitio para que mirara la pantalla del laptop que estaba encima de la mesa. La web era bonita, el diseño era freso y dinámico, y las fotos eran espectaculares. Lo dicho, la chica podía ser un tornado errante, pero sabía cómo hacer su trabajo.

—Yo me lo comería todo. — Si lo interpretaron como una sugerencia para probar cada pieza, iban por buen camino.

—¿Y si ponemos estas otras? — Oliver accionó un par de teclas, y apareció una versión similar de la web, con fotos diferentes.

—También tienen buna pinta. —¡Ah, mierda!, ahora lo entendía. Las dos estaban geniales.

—Pues no nos has servido de ayuda, muchachote. — Alicia y su forma de decir las cosas. — Yo tengo una sugerencia. ¿Y si combinamos los colores del diseño con los colores de las fotografías? — Sugirió.

—¿Cuál es tu idea? — Preguntó Mica.

—Verás. Oliver, ¿podemos poner la foto de las fresas aquí arriba, y cambiar la de la nata con chocolate por la que tiene las pequeñas violetas de fondo?

—Sí, claro. Creo que sé lo que buscas. — El tipo movió rápido las imágenes, y enseguida lo ordenó todo como quería la argentina.

—Espera, espera, ¿Y si ponemos el anagrama como una marca al agua en el fondo? — Añadió Palm.

—Wow, sí, así queda mucho mejor. — Afirmó Alicia.

—¿Qué te parece Aisha? — Preguntó Mica a su compañera.

—Ha quedado precioso. — Palm hizo sonar sus manos con una palmada.

—Decidido, se queda así.  Venga, cada uno a lo suyo. — Alicia hizo un saludo militar y fue a ocupar su puesto detrás del mostrador. El resto de mujeres se encaminó hacia el obrador, mientras mi mirada se detenía en G que estaba sentado en la mesa cercana a la entrada. El pobre hombre parecía un gorila subido en un monociclo, pero cumplía su misión, vigilar el acceso delantero a la tienda. Le saludé con una inclinación de cabeza, y él me lo devolvió. ¿Lastima por él?, ninguna, su puesto era mejor que el mío. Yo estuve todo un curso tragándome idioteces sobre luz, sombra, perspectiva y cosas de esas. Él por lo menos tenía dulces al alcance de la mano.

Me detuve cerca de la puerta del obrador, para ver a Travis posicionado controlando la puerta trasera. Todo cubierto.

—Voy a cambiarme. — Avisó Mica antes de desaparecer al reservado de las taquillas. Evité mirar hacia allí, porque Mica era la mujer de Connor, y yo no era un pervertido sin moral. A la mujer de un amigo, no se la mira. O por lo menos no se tienen pensamientos sucios con ella.

—¿Vengo a recogerte a la salida? — No necesitaba girarme para saber que Oliver estaba hablando con Alicia.

—Sí, gracias. La combinación de autobuses a esa hora son una porquería. — Almacené el dato en mi memoria, como hacía con toda la información que llegaba a mis oídos.

—Ok, listos para irnos. —  Mica caminó hacia el lugar donde Keban seguía dormido, y lo cargó en sus brazos. Giré la cabeza para comprobar como G abandonaba su puesto para entrar en el obrador. Y de paso echarle un último vistazo a Oliver parado en el mostrador frente a Alicia. ¡Vamos, hombre!, ella ya te ha dicho que sí, puedes largarte.

El chasquido de la puerta delantera me indicó que Travis había salido a la calle para confirmar que todo estaba despejado, y los coches esperando, porque les habría mandado el mensaje de que salíamos, y sería el que cerraría la expedición, o casi, porque G iría detrás de mí. Pou y Micky se encargarían de llevarnos a casa por un camino diferente al del día anterior. Todo estudiado y sincronizado.

Cuando las puertas de los coches se cerraron y nos pusimos en marcha, era el momento de decir eso de “Señoras y señores, Elvis ha abandonado el edificio”.

La Pasticcería de Lita quedaba solo con Alicia al frente. Ella controlaría a la mujer que se encargaba de limpiar el obrador, luego llegaría la hora del cierre, y mientras ella guardaba los restos de la exposición en las cámaras frigoríficas, la limpiadora repasaría la tienda. En 20 minutos, las dos estarían de camino a sus casas. Lo que ahora sabía es que Alicia tenía que coger más de un autobús para llegar a su destino, y que hoy había tenido la enorme suerte de que el “toca pelotas” la librara de ese largo paseo.

—Micky, pon rumbo al centro comercial del este, tenemos que comprar algo de verdura para la cena. — Genial, esto todavía no había acabado. Pero ¡eh!, eso quería decir que, si se alargaba mucho el tiempo de compra, llegaríamos justo para la hora de la cena. Y sí, eso para mí tenía buena pinta.

Hay quién todavía se preguntará dónde demonios meto todo lo que como. Puedo decir eso de tengo un metabolismo que lo quema todo, o simplemente puedo reconocer que quemo todo eso corriendo y machacándome en el gimnasio. En este tipo de trabajos es fundamental estar en buena forma. Y yo lo estoy, en muy buena forma.

 Capítulo 4

Dos días después….

—Jonas, necesito salir a comprar pañales para Owen. — Levanté la vista de mi Tablet, donde estaba comprobando las últimas “entradas de mercancía”, para centrarme en Palm.

—Compraste un paquete de esos enormes el otro día en el centro comercial.  No puede haber meado tanto este niño en…— Sus manos estaban mostrándome lo que no hacía mucho debía ser uno de esos pañales, solo que en ese momento eran dos piezas separadas a la fuerza.

—Por algo estaban de promoción. — En otras palabras, eran una porquería.

—De acuerdo. Dame un minuto y salimos. — Me puse a enviar un mensaje al jefe, para informarle de que salíamos de casa. Alex pedía estar siempre al corriente de esas cosas.

—Si vais al centro comercial ¿puedo ir yo también?, necesito comprar un par de cosas. — Preguntó Aisha. Miré mi reloj intentando calcular el tiempo, algo difícil, porque cuando se juntan dos mujeres y centro comercial…. Se convierten en acólitas de Albert Einstein, por lo de que el tiempo es relativo, ya saben.

—Claro, pero tendrá que ser rápido. — Tampoco era plan de decirles que tenía que ir a la zona este a comprobar la llegada de un envío, y que teníamos que estar de regreso antes del cambio de turno del personal de la casa. Es decir, mi relevo en la guardia y custodia de la jefa.

—Rápida como una liebre. —Me sonrió Aisha. ¿Quién podía decirle que no?

Ya en el centro comercial, el grupo se dividió. Yo me fui a comprar pañales y alguna cosilla más con Palm, mientras Aisha se acercaba a la tienda de las cacerolas a comprar no sé qué. Me sentía orgulloso de ella. El miedo que tenía al principio había desaparecido. Sí, se sobresaltaba de vez en cuando, pero también podía pasarles a otras personas en su misma situación. Desde que la amenaza del tipo aquel desapareció, ella había tomado su nueva libertad con ganas. Intentaba desplazarse por su cuenta cuando podía, hacía las compras sola, aunque la ayudáramos con las bolsas…ya era una persona casi autónoma. Podía verla un día de estos sacándose el carnet de conducir, comprarse un coche y… ¿aquél era Oliver? Podía verle junto a Aisha, al otro lado de la barandilla de la planta superior. Sí, un efecto precioso, mucha luz, pero si necesitabas llegar junto a una persona que estaba al otro lado, tenías que dar toda la maldita vuelta a la planta. ¿Qué por qué tenía que llegar a ella?, porque Había un par de tipos con esa estética skinhead que parecían estar increpando a Asiha. Sabía cómo se las gastaban aquellos tipos con los que eran diferentes a ellos. Negros, hispanos, indios, musulmanes… y Aisha era un maldito reclamo con aquel pañuelo cubriendo su cabeza y cuello.

Dejé los paquetes en el suelo junto a Palm y Travis, y salí disparado para proteger a Aisha. Aquellos hijos de puta siempre atacaban en grupo y buscaban una presa fácil, pero esta vez se habían equivocado de víctima.

Aisha

Repasé mentalmente otra vez mi lista: papel para horno, moldes de papel para las tartaletas, una espátula de silicona pequeña y más palitos de madera para hacer brochetas. Santi y Palm eran unos devoradores de…

—¿Aisha? — Me giré rápidamente hacia la voz, para encontrarme con Oliver. Llevaba al hombro esa mochila suya en la que siempre cargaba con su laptop. Nunca antes le había visto tan… ¿arreglado y formal? Llevaba un pantalón de vestir y una camisa blanca. Demasiado elegante para alguien que siempre lleva pantalones de enormes bolsillos y camisetas.

—Ah, hola Oliver. Qué casualidad encontrarte por aquí.

—Sí, tengo un par de clientes aquí que he venido a visitar. — Hizo ese gesto de señalar con el dedo, sin soltar del todo la correa de la mochila que colgaba de su hombro.

—Ah. Yo he venido a comprar algunos suministros. — Hizo ademán de estirar su cuello para mirar, pero no se movió del lugar. Parecía como si tuviese cuidado para no acercarse demasiado. ¿Por qué tenía la sensación de que me tenía miedo? Una tontería, porque de ser así, habría pasado de largo tratando de que no le viese, no habría venido a saludarme directamente.

—Brochetas. Me encantan esas que haces con dátiles y carne. — Había adaptado la receta con carne de buey, y parecía que le había gustado a más de uno.

—Eh, mora de mierda, vuelve a tu país, con los camellos. — Instintivamente me encogí, intentando hacerme pequeña. Sabía lo que venía después, no era la primera vez que escuchaba esas palabras, aunque nunca fueron dirigidos hacia mí.

—Si vas a insultar antes ve a clase y culturízate, analfabeto. — Alcé la vista para ver como Oliver se interponía entre tres dos tipos y yo. ¿Me estaba defendiendo? ¿Oliver?, pero él, parecía tan …

—No estoy hablando contigo, estirado finolis. — El tipo se acercó más, con una amenaza en el rostro que no presagiaba nada bueno. Toqué el brazo de Oliver, intentando decirle que no se metiera, que solo los dejara pasar.

—Vale, juguemos con tus reglas… ya puedes irte a la mierda, cara mono. — El tipo empujó el hombro de Oliver, haciendo que su cuerpo se ladeara. Pero en vez de apartarse, Oliver deslizó la mochila de su hombro, y sin mirarme me la tendió. No, no, no, no podía pelear contra ellos. Él era uno, y ellos dos. Y tampoco es que Oliver fuese fuerte como Connor, Alex o Jonas. Él era más… normal.

—Tú lo has querido. — El tipo sonrió de una manera que me asustó, pero en vez de lanzar el primer golpe, esperó a que otro tipo, uno que no habíamos visto, se lanzara por detrás sobre Oliver, inmovilizando sus brazos. En un segundo, el otro tipo, empezó a darle golpes a Oliver. Estaba a punto de decir algo, guando vi la pierna de Oliver volar sobre el tipo. Sí, recibió golpes, pero podía ver que no era de los que se dejaban golpear sin devolver algo a cambio. Dejé caer la mochila al suelo, a un paso de meterme en esa estúpida pelea, sabiendo que yo también iba a recibir lo mío, cuando escuché una maldición, y a uno de los tipos pasar volando lejos de nosotros. Luego, en un parpadeo, un manchurrón enorme hizo que los otros dos tipos salieran dañados y corriendo. Cuando quise darme cuenta, Jonas estaba parado frente a mí, con sus manos sobre mis hombros, y una expresión preocupada en su cara.

—¿Estás bien? — Asentí hacia él.

—¡Oliver! — Corrí para auxiliar a Oliver que estaba sentado en el suelo, una mano sosteniéndose el costado, y un pequeño hilo de sangre saliendo de su boca.

—Estoy bien. — Podía decir lo que quisiera, pero yo sabía que le dolía. Al menos el gesto que hizo al incorporarse si fue auténtico.

—Un poco estúpido por tu parte enfrentarte a ellos tres tu solo. — Le recriminó Jonas.

—Estamos en un lugar público, con equipo un equipo de seguridad, tarde o temprano habrían llegado los refuerzos.

—Podíais haber salido corriendo. — Jonas podía ver la estupidez en ello, yo veía a alguien que se había puesto en el punto de mira de esos tipos. Soy lo bastante inteligente como para darme cuenta de que Oliver se había intercambiado por mí. Había recibido mis golpes. ¿Por qué lo había hecho? Él era el que parecía pasar desapercibido, el que no se hacía notar. Él era…valiente.

 

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