¡Préstame tu corazón!

Prólogo

Viktor es un Vasiliev; y los Vasiliev son más que un apellido, más que un grupo de personas unidas por la sangre. Vasiliev es más que una familia; es la ley, es un dogma de fe por el que se rigen todos y cada uno de sus miembros, y todas y cada una de las personas que trabajan para ellos. Y la ley Vasiliev se cumple, no se discute. La acatas o pagas las consecuencias. Yuri Vasiliev impuso sus normas hace mucho tiempo, y el que estuvo dispuesto a acatarlas empezó a trabajar para él. Hoy Yuri es el cabeza de familia; junto a sus cuatro hijos y su yerno, conduce y maneja un gran imperio de más de 12 empresas, 5 sociedades, miles de trabajadores y billones de dólares. Pero no todo fue legal al principio, casi nada lo fue. Hoy en día, el imperio Vasiliev tiene una imagen que mostrar y otra parte que ocultar porque algunos de sus negocios, los más lucrativos, siguen estando al otro lado de la ley. ¿Y quién determina qué es legal y qué no lo es? Los abogados pueden retorcer las normas para que los ricos sean más ricos y los Vasiliev saben cómo hacerlo. Y si no se puede hacer, no importa, nunca ha importado. Aun así, tienen una moral y una ética que les redime de ser unos monstruos, aunque lo parezcan.

La familia Vasiliev controla las apuestas ilegales en varios Estados, aunque su imperio esté centralizado en Las Vegas; cómo no, la capital del juego. Allí son poderosos. Tienen un hotel casino, un banco especializado en préstamos «de riesgo», algún gimnasio dedicado a artes marciales mixtas y deportes de lucha, como el boxeo, y varios clubs. Y siguen creciendo.

Dentro de la familia Vasiliev, el que determina el rumbo es Yuri, el rey. Y luego están sus hijos. La mayor, Elena, está casada con Geil Costas, un hombre fiel a la familia que sabe cómo manejar los hilos del imperio empresarial. Lo suyo son las finanzas, los números y todo lo que conlleve la gestión directiva de cada negocio. Andrey es el segundo; es abogado, un auténtico tiburón, y sabe cómo usar la ley para conseguir todo lo que la familia necesita. Viktor es el tercero y es el brazo ejecutor, quien se encarga de que todo se lleve a cabo según sus normas y mantiene a raya a las piezas díscolas. El que corta cabezas e imparte justicia, el que hace el trabajo sucio, el que opera en la sombra, el que no duda en mancharse las manos o golpear si la situación lo requiere. El último es el pequeño Nikolay, aunque tenga casi 25. Aún está aprendiendo, labrándose un camino dentro de la familia. Aún tiene que demostrar quién es, necesita encontrar su sitio.

Este es el momento de contaros la historia de uno de los miembros de esta familia, de aquel que no tiene corazón, porque es así como debe ser, aquel que no puede permitirse ser débil, porque es quien protege a los demás miembros. Aquel cuya vida cambiará, porque el destino es quién decide. Viktor.

Viktor

—Tienes que ir a la costa este.

—Lo sé.

Alcé la mirada hacia mi padre haciéndole entender que comprendía la seriedad de lo que ocurría. Aquel gilipollas de Stuart estaba atrayendo más atención de la que queríamos. Las apuestas eran nuestro territorio, nuestro dominio. Nadie osaba meter las narices ahí; pero las drogas, las prostitutas… ese gilipollas estaba negociando con otras familias para conseguir las drogas con las que comerciaba. ¿Y las prostitutas? Un negocio que le llegó de rebote cuando algunas de sus chicas, sus «clientas», se volvieron adictas y empezaron a pagar con sus cuerpos lo que no se podían costear con dinero. Aquello se había convertido en un negocio que estaba empezando a llamar demasiado la atención. La familia no quería eso. Llevábamos demasiados años, décadas, intentando parecer legales. Nuestras empresas eran más que simples tapaderas, éramos un enorme conglomerado con millones de dólares. Sí, rebasábamos la delgada línea de la legalidad constantemente, pero eso era normal en Las Vegas; allí, la línea del bien y el mal era demasiado difusa, y la única ley que había que respetar era la nuestra, la de la familia. Vasiliev era mucho más que un apellido, más que una familia, era una ley aparte.

—¿Podrás encargarte de él?

—Me lo quitaré de encima, no te preocupes.

—Pero con delicadeza, Vitya. Miami no es Las Vegas.

—Lo sé, Отец[1]. Será solo un negocio más.

—Si te da problemas, siempre podemos meterlo en el barco.

El barco. Una manera suave de decir que lo encadenaríamos a una vida de esclavitud para el resto de su existencia. Una versión moderna de las galeras romanas. Trabajaría de sol a sol solo para obtener el sustento que lo mantendría vivo un día más. Cruel, sí, pero no nos manchábamos las manos de sangre. Algo moralmente cuestionable, porque ese destino era peor que la muerte. Bueno, esa era la ley de los Vasiliev; quebrántala y te castigaremos. Y ese estúpido la había quebrantado. Con mayúsculas.

Salí del despacho de mi padre y caminé hacia el salón de la gran casa. Escuché las risas que llegaban desde el jardín trasero, donde mis dos salvajes sobrinos jugaban a ahogarse mutuamente en la enorme piscina. Elena había traído al mundo a dos guerreros Vasiliev más, aunque llevaran el apellido Costas. Griego, quién lo hubiese pensado. Un griego en medio de la mafia rusa. Pero teníamos lo que más importaba, su incondicional lealtad a la familia y un amor igual de incondicional por mi hermana mayor.

—¡Tío Viktor! Ven a bañarte con nosotros. —Sonreí y caminé hacia el costado de la piscina, dándole un suave beso a mi madre en la mejilla y otro a mi hermana.

—Tus sobrinos te reclaman.

—Otro día, hoy tengo que preparar la maleta.

—¿De viaje otra vez?

—El mundo de los negocios es exigente.

—Ya. Tú cuídate.

—Siempre. —Los dejé a ellas tomando el sol y a los dos proyectos de adolescentes chapoteando. Geil iba a tener un gran trabajo ahí. Mi cuñado era una gran persona, organizado y duro en los negocios, pero no lo veía enderezando a esos dos diablillos. Levanté la cabeza para gritar a los niños mientras regresaba al interior de la casa—: Portaos bien con la abuela y con vuestra madre.

No esperé a la respuesta.

Capítulo 1

Viktor

No es que odie viajar en avión, sobre todo cuando lo hago en uno privado, lo que no me gusta es lo que viene después, los hoteles. Sí, todo el lujo que quieras, pero tenía que vivir con una escolta permanente en mi puerta. No es que me importara que supieran lo que hacía en mi habitación, confiaba en ellos hasta el punto de saber que nada saldría de su boca, pero, ¡joder!, me gustaba sentirme libre. Si quería caminar en pelotas por la habitación, lo haría, sin tener que pensar que al otro lado de la puerta estaba uno de mis hombres. Tendría que vestirme para salir a buscar un simple botellín de agua a la nevera. Por otra parte, el dormir en hoteles facilitaba el tema del acoso femenino. Sí, diles que es solo el rollo de una noche, sexo para una vez, pero algunas se volvían algo pegajosas. En Las Vegas tenía docenas de barreras para que no llegaran a mí; aquí no hacían falta. Bastaba con un número de habitación que además no era la mía. El sexo en otra cama, lejos de mis cosas. Eran normas básicas y sencillas que había aprendido a base de errores. Mi trabajo se mantiene lejos del placer, mejor con varias plantas de separación. Nunca bebo nada que no salga de una de mis botellas porque tengo el paladar fino. Qué le voy a hacer, me gusta lo bueno. Con las mujeres no me complicaba; tengo lo que quiero y no suelo pagar por ello. No tengo nada en contra de las putas, hacen su trabajo, nada más, pero me gusta la mercancía menos… usada. Podría tener una mantenida, como Andrey, así me curaría en salud porque yo sería el único que disfrutara de sus «encantos», pero tenía unas complicaciones que no me gustaban. Prefería a las mujeres que podía descartar después de pasarlo bien. Puedes llamarme cerdo machista pero, salvo las dos únicas mujeres que me importan en mi vida, mi madre y mi hermana, todas las demás son solo placer o negocios, nada más. Ni lo quiero, ni puedo permitírmelo. La mayoría de las mujeres son problemas con los que no quiero mezclarme; ya tengo suficiente con los míos.

—Señor. —Igor inclinó la cabeza hacia mí. Era nuestra señal. El camino se había revisado y mi visita anunciado. Era el momento del show. Caminamos a paso ligero hacia el despacho de Stuart. Iba a apretarle los tornillos, pero con delicadeza; solo ponerle un poco nervioso. Tenía que ver con mis propios ojos hasta dónde era capaz de llegar.

—Hola, Stuart. Ya que trabajamos juntos, puedo llamarte así, ¿verdad?

—Eh, sí, por supuesto, señor Vasiliev.

—Oh, llámame Viktor.

—Viktor, ¿qué le trae por aquí?

—Podría decir que el clima, pero ambos sabemos que no es así.

—¿Qué puedo hacer por usted? —Bien, el tipo tenía esa expresión tensa de sonrisa falsa. Me acomodé en el asiento frente al suyo, como si el despacho me perteneciera, como si ese fuese mi dominio. Esa era la clave para imponerse: hacerle sentir vulnerable incluso en su territorio.

—Hay demasiada gente interesada en ti y tu negocio, y eso no es bueno.

—¿Qué gente?

—Oh, ya sabes, algún policía, algún agente especial, ese tipo de gente que no nos gusta.

—Conozco su política de no llamar la atención, y me he mantenido dentro de los límites como me indicaron.

—Tal vez sea así, aunque he escuchado algunos rumores…

—¿Rumores? ¿Qué rumores?

—Ya sabes, que llevas entre manos algo más que nuestro negocio de apuestas.

—No llevo nada más, solo lo que concierne al club; ya sabe, para mantener la tapadera.

—Sí, eso le comenté a Yuri, pero sabes que a él le gusta que confirme algunas cosas de vez en cuando.

—Puede revisar lo que quiera. Quédese unos días, investigue, verá como todo es absolutamente normal; lo habitual en un club nocturno de moda.

—Estoy seguro de ello, así que dejaré que me mimes mientras esté por aquí.

—Cuente con ello, señ… Viktor. —Me levanté y le sonreí. Podía notar como temblaba por dentro. Era asombroso lo que una fría mirada podía lograr. Sí, era el puto amo de la intimidación. Había aprendido a hacerlo porque se evitaban muchas peleas de esa manera, aunque tampoco me asustaba meterme en una de vez en cuando.

Salí del despacho e hice una señal a Igor. Me correspondió el gesto y caminé detrás de él. Mi reservado estaba preparado y mi botella de vodka con miel me esperaba en la mesa. Daba gusto ser el jefe por cosas como esas.

Me senté en el enorme sillón de imitación de piel y observé el local. Luces potentes iluminaban en rápidas pasadas cada rincón, otras parpadeaban y otras se mantenían sobre las bailarinas. Había varias pasarelas y barras repartidas por el lugar, incluso un par de jaulas a ras de suelo. Sí, mucho club de moda, pero era como todos. Vendían carne, lujuria, depravación; todo regado con mucho alcohol y música ensordecedora. Sí, este era un buen lugar para mí. Me puse en pie, sin soltar el vaso de mi mano, y revisé a la gente.

La noche acababa de empezar, pero no estaba mal pensar en rematarla en condiciones. Había una rubia de curvas contundentes meneando sus pechos como faros de camión, sus brazos y su trasero; un auténtico espectáculo. Sabía que estaba lamiendo mis labios con anticipación; ya había seleccionado mi presa. La observé intensamente hasta que sus ojos se posaron sobre mí. Le regalé lo que sabía era mi sonrisa matadora y ella me correspondió. Le hice una seña que no podía confundir: una clara invitación a tomar algo conmigo. Ella se fingió tímida, habló con una de sus amigas y ambas se volvieron para sonreírme. Yo asentí, sí, cuantas más, mejor. Dos rubias por el precio de una. Su amiga tenía una boca de labios carnosos y sensuales que me moría por probar, y no me refería a besarlos, no; esa era otra de mis normas, yo nunca beso otra boca. Llámame escrupuloso, pero no sabía qué había estado metido allí dentro. Mi pene vale, pero no iba a meter mi lengua donde podría haber estado el pene de otro tipo; era como chupárselo.

Capítulo 2

Viktor

—¿Tienes lo que te pedí?

—Sí, señor.

—¿Y bien? —Recogí el pendrive y lo llevé a mi PC portátil. Lo conecté y abrí los ficheros.

—Ha paralizado toda la actividad con su visita, como había previsto.

—¿Conseguiste las cuentas?

—Sí, lo tiene todo ahí, en una hoja de cálculo.

Eché un vistazo y vi los informes financieros de Stuart. No solo los bancarios; tenía todas y cada una de sus transacciones, legales e ilegales, ante mis ojos. En aquella concisa y detallada hoja de cálculo, venían detallados los ingresos de las apuestas, los gastos de personal, los del local y, en un par de hojas más alejadas, los ingresos de las actividades que había venido a controlar. ¿El muy gilipollas creía que no nos íbamos a dar cuenta? Era un egoísta avaricioso que no vio más que dinero fácil. Drogas de diseño y prostitución; el tipo abarcaba todos los vicios de los que se podía sacar algún beneficio. Cada uno podía ganarse la vida como quisiera, pero a la familia no puedes joderla. Stuart trabaja para nosotros, sabe perfectamente cómo funcionamos y cuál es nuestro criterio; se lo dejamos bien claro cuando se nos unió hace 8 años. Y el tipo lo había estado haciendo bien hasta un par de ellos antes, hasta que decidió que quería un trozo más grande de pastel.

—Bien, puedes irte. Y Sam… sigue con ello, lo quiero todo.

—Sí, señor, como siempre.

Ese «como siempre» me sonó bien. Sam llevaba trabajando a mis órdenes el suficiente tiempo para saber lo que quiero de cada uno; y de Stuart quería saber incluso el número de pedos que se tiraba antes de ir a cagar. Revisé los archivos con cuidado buscando toda la información que pudiera servirme. Por eso había volcado todos los ficheros que tenía en la memoria de su PC personal. ¿Que cómo lo había conseguido? Digamos que mis chicos están acostumbrados a conseguir ese tipo de cosas. ¿Ilegal? Por supuesto, pero nosotros jugábamos en ambos lados, es lo que hacía la vida interesante.

Encontré un fichero separado del resto, como si fuera algo que quería mantener aparte. Lo abrí porque, cuanto más privado fuese, más me interesaba. Había fotos, cantidad de fotos, y en todas había una chica. No es que fuera espectacular, aunque tampoco era fea. Claramente con algo de ascendencia latina: pelo oscuro, ojos color café, piel ligeramente dorada… ¿Qué demonios buscaba Stuart de ella? Fuera lo que fuera, necesitaba saber qué era y, sobre todo, quién era ella. Envié una de las fotos a Sam y le pedí que investigara a la chica; quería saberlo todo sobre ella antes de que acabara el día. ¿Que cómo lo conseguiría? Mi equipo era así de bueno; por eso trabajaban para mí.

Esa noche debía seguir con mi actuación. Tenía una imagen que mantener y, ¡mierda!, era divertido darse algunos caprichos mientras tanto.

Mientras estaba en mi reservado, pensando en lo fácil que estaba resultando todo y en lo complaciente que se había vuelto Stuart, contemplaba la sala sin prestarle mucha atención a nada. Un destello azul me hizo girar la cabeza hacia una de las barras de pool dance, donde una de las chicas de Stuart estaba comenzando su actuación. No es que tuviese unas curvas espectaculares, pero aquel pelo azul eléctrico hacía que uno girara la cabeza hacia ella. Y merecía la pena. La chica era toda una sensual acróbata. Sus ágiles movimientos ejecutaban una coreografía perfecta con la música, la barra brillante y aquel elástico y poderoso cuerpo de bailarina. Se retorcía en posturas sensualmente imposibles; trepaba y saltaba sobre la barra, aferrándose con una fuerza tentadora en sus muslos. Le hacía a uno soñar con estar en medio de ellos mientras se aferraba a mis caderas. Un movimiento en el otro extremo de la habitación me devolvió a la realidad y mi mente volvió a centrarse. Un segundo después, el rostro de Stuart apareció en mi «despacho temporal». No debía distraerme de nuevo, tenía trabajo que hacer.

—Stuart. Tómate un trago conmigo.

—Ya he pedido lo mío.

—Esa mierda de bebidas que tomas son para niños. Uno no es un hombre si no bebe bebidas de hombres. —Llené un vaso para Stuart y otro para mí. Hice ademán de brindar y después bebí el contenido de un solo trago. Un poco fuerte, pero podía con ello. Solo quería ver si él era capaz de mantener el tipo y, sobre todo, cabrearlo un poco. Está bien que me odie y está bien que me tenga miedo. Cuando veo que casi llora por la quemazón me sentí realmente bien. ¡Marica!

—Supongo que para quien no está acostumbrado es un poco fuerte.

—Sí… lo es.

—Bueno, ¿con qué vas a deleitarme hoy? Me han comentado que tienes chicas de lo más sexi bailando aquí.

—Escoge la que quieras.

—Tú eres el experto, tráeme lo que tengas. —Cuando salió echando humo casi se me escapa una carcajada. Casi. Me levanté y me giré hacia la pista. Volví a estudiar a la gente y busqué una nueva presa para esa noche. Antes de que mi noche llegara a su fin ya tenía una rubia y una morena enroscadas en mis brazos. Sí, era estupendo ser yo. Antes de subir al coche, eché un último vistazo a mi fiel amigo y guardaespaldas, él solo puso los ojos en blanco. Sí, él dejó esa vida loca hace algún tiempo, cuando encontró a una chica dulce y buena que le llevó por el camino del matrimonio. Y míralo ahora, casado y con dos pequeñas a su cargo. Yo no caería en ese juego.

Igor cerró la puerta del coche y yo sonreí. ¿Borracho? Hacía falta más de media botella de vodka para conseguirlo. La otra mitad se la habían bebido esas dos, y mira cómo estaban. Si el que no sabe beber…

—Quiero probarte. —La rubia acercó el rostro hacia mi boca y yo la esquivé con rapidez.

—Yo no beso —tardó un rato en entender, momento en el que su ceño se arrugó. Pero era bueno para salir de momentos como ese—. Hago otras cosas mucho mejores. —Metí la nariz en su cuello, inhalando el olor dulzón de su perfume, mientras mi mano hacía un buen trabajo en una parte de su cuerpo que no era, llamémosla, «pública». Cuando escuché su gemido supe que me había perdonado. Lo dicho, era bueno.

Capítulo 3

Viktor

Esto no podía ser. De todas las opciones posibles nunca imaginé que aquella chica tuviese algo que ver con nosotros. Si no era así, ¿por qué la cara de mi padre cambió cuando le dije que necesitaba descubrir quién era esa chica? Por una vez, Sam apenas consiguió gran cosa; necesitábamos el software y el equipo de reconocimiento facial de Boby. ¿Quién era Boby? El genio informático que trabajaba en nuestro casino de Las Vegas. Sí, pensarás: «¿Qué tiene que ver un casino con buscar personas?»; pues solo es necesario que sepas que en los casinos de Las Vegas hay más seguridad, mejor software y mejor equipo que en algunas centrales del Gobierno. Boby podía rastrear a cualquier persona en cuestión de minutos; solo necesitaba una foto y el tipo hacía su magia. Yo solo sabía que podía ser enfermera, por el uniforme que llevaba en varias de las fotos, pero nada más. Así que le envié un correo con la maldita foto a mi padre y cuando lo abrió su cara se palideció. Él conocía a esa chica y que Stuart la estuviese…

—Dime que es una jodida coincidencia, Отец[2], porque en este momento no puedo aceptar otra cosa. —El viejo volvió a mirar la fotografía y su rostro pálido ya me decía bastante. Había algo allí que lo había desubicado. Dejó caer la cabeza hacia delante, sus dedos apretando el puente de la nariz. Ahora venía algo que quería evitar decir, lo sabía. Lo conocía bien y sabía que la situación lo desbordaba.

—Es una larga historia, Vitya. Y no es apropiado que te la cuente por videoconferencia.

—Creía que no tenías secretos para tus hijos.

—Era… era la única manera de mantenerla a salvo.

—¿Por qué querrías mantener a salvo a Daniela Díaz, Отец?

—Ella, no… ella…

—¿Ella qué, Отец?

—¡Говно![3]. Salgo ahora mismo para allá.

—No hay tiempo, Отец.

—Coloca tus fichas, Vitya, pero no ejecutes el jaque mate.

—Haré lo que pueda.

¡Mierda! Si el viejo se desplazaba en persona y no quería hablar por videoconferencia, eso quería decir que era gordo, muy gordo. Pero se me estaba acabando el tiempo; tenía que hacer mi jugada maestra y esta… contrariedad podía cambiar los planes. Stuart pensaba que ya estaba de vuelta en Las Vegas, lejos de él y sus chanchullos, por eso volvió a las andadas. Era algo que esperaba, algo con lo que contaba, y esa tarde era el momento de hacer mi jugada. ¿Por qué? Porque al día siguiente era Año Nuevo y todo el mundo estaría ajetreado, descontrolado, relajado; sobre todo la policía y aquellos a los que quería sorprender. No podía aplazarlo, pues el plan ya se había puesto en marcha; no podía detenerlo, tendría que trabajar haciendo cambios sobre la marcha. Mmm, como en los viejos tiempos, improvisando algunos pasos. Aunque lo echara de menos, siempre tenía sus riesgos y, sobre todo, consecuencias, porque siempre siempre había algún cabo que se quedaba suelto, y esos cabos eran peligrosos.

Si conocía a mi padre, estaría volando hacia aquí en cuestión de minutos, así que tenía 5 horas para poner «mis fichas», como las llamaba él, en posición de jaque; y es lo que hice. Moví cada pieza e hice todo el trabajo para que, cuando llegara a estar frente a frente con Stuart, todo estuviese cubierto. ¿Plan B? Tenía tantas posibilidades que me faltaban letras del abecedario para las alternativas que había previsto; salvo lo de esa chica, Daniela. Esa variable trastocaba considerablemente parte del plan, porque si la reacción de Yuri era un aviso de lo que se avecinaba, tendría que intervenir y eso no estaba dentro del plan. Improvisación, volvíamos a la improvisación.

Cuando llegó la hora nos dirigimos hacia el club. Sé que contaba con el factor sorpresa, era parte de mi plan, pillarlos a todos con los pantalones abajo. No esperarían lo que vendría después. Pero el puñetero Stuart estaba demasiado ocupado como para perder el culo por complacerme, eso solo quería decir que ocurría algo, podía olerlo. Mientras la camarera ponía mi botella de vodka y un vaso sobre la mesa, me incliné hacia Igor y le susurré al oído.

—Entérate de lo que pasa. —Él asintió y salió del reservado llevándose a uno de los tres guardaespaldas. No me sentí incómodo por ello, sabía defenderme solo aunque llevara guardaespaldas. En realidad estaban allí para evitar que me metiera en problemas, más que para evitar que los problemas llegaran a mí.

Con mi botella de vodka con miel sobre la mesa, un par de vasos de chupito junto a ella y la chica de pelo azul eléctrico bailando sobre la barra con agilidad, casi conseguí relajarme. ¡Joder! La tía era una auténtica gimnasta. Su cuerpo delgado, pero fibroso, se aferraba al metal con una fuerza y precisión apabullantes. Estaba ejecutando una coreografía sexi y acrobática, que unida a aquella escasa indumentaria, estaba poniendo en un serio aprieto al pequeño Vitya. Aquel puñetero Stuart tenía un buen establo allí montado. Quizás me pasara más tarde a saludar. No, más tarde no, hoy no podía ser, tendría que dejarlo para otro momento. Lo primero era llevar a cabo el trabajo que había venido a hacer. Miré hacia el acceso por donde debía volver Igor. Cuando vi su cabeza asomar, me enderecé esperando a que se acercara. Cuando lo hizo, se inclinó para susurrarme al oído.

—Tiene a una chica retenida arriba.

—¿Quién es?

—Creo que la enfermera.

Aquella noticia me puso rígido como una tabla para planchar. La puñetera enfermera otra vez en medio. Estaba obligado a actuar; no había marcha atrás, pero ¿cómo de importante era ella? Como decía Yuri: antes de quitar de en medio a alguien (que no matarlo), mejor valía «prevenir que curar», así que… Un mensaje en el teléfono me hizo mirarlo. Había llegado, mi padre estaba en el exterior del club. Bien, era el momento de saber qué ocurría con esa Daniela. Mientras me encaminaba hacia el exterior, le di a Igor la orden de posicionar fichas. Era el momento de la jugada decisiva.

Salí al exterior, la luz del sol se estaba retirando agónicamente, pero eso no hizo nada por animar mi estado. Caminé hasta el aparcamiento indicado, una cuadra a mi derecha. Nada más llegar, reconocí el coche tintado y a uno de los hombres de mi padre. Aferré la manilla de la puerta y entré. Necesitaba respuestas y las iba a conseguir.

Capítulo 4

Viktor

—Sabes por qué llevas el nombre de Viktor, ¿verdad?

—Sí, me has contado la historia cientos de veces.

—Recuérdamela.

—No tenemos tiempo para esto.

—¡Recuérdamela!

—Por tu hermano Viktor, el luchador. Él cuidó de la familia cuando vuestro padre murió en el ring y se ocupó del tío Nikolay, que estaba postrado en una silla de ruedas.

—Te conté su historia.

—Sí, murió junto con su novia en una emboscada.

—Emy y Viktor no llegaron a casarse, se creían por encima de ello. Pero tendrían que haberlo hecho.

—No es momento para sentimentalismos, Отец.

—¿Sentimentalismos? Lo que no puedes hacer es no pensar en tus hijos y en qué les ocurrirá si no estás ahí para protegerlos.

—¿Tuvieron un hijo?

—Una hija.

—Entonces, la madre de Daniela era…

—Mi sobrina, sí.

—¿Y por qué nunca me hablaste de ella?

—Porque cuando murió Viktor yo tenía apenas 11 años y la pequeña no llegaba al año. Bastante teníamos Nikolay y yo con sobrevivir. No podíamos hacernos cargo de un bebé.

—¿Y por qué no volviste a por ella después?

—Porque ella tenía una familia normal y era ajena a todo el peligro que conlleva ser uno más de nuestra familia. Ella no pertenecía a nuestro mundo; tenía una familia convencional. Quizás un poco demasiado conservadores y religiosos, pero estaría a salvo.

—Está muerta, Отец.

—Lo sé. Un accidente de coche. Pero esta vez no fue culpa de nuestra forma de vida.

—¿Y su hija?

—¿Qué iba a hacer? ¿Presentarme un día y decirle: «Hola, soy tu tío abuelo Yuri. No te asustes, pero soy uno de los jefes de la mafia rusa en Las Vegas. Anda, deja tu tranquila vida y vente a vivir conmigo y con una familia que no sabías que existía»?

—Sí, suena mal… El caso es que ahora está metida en esto.

—Haz lo que tengas que hacer, Vitya. Pero recuerda que ella es de la familia.

—Eso cambia un poco los planes. —Joder que si los cambiaba. Caminé de vuelta al club, plenamente consciente de que tenía a Sam pegado a los talones. Tenía que hacer algo.

—Sam.

—¿Señor?

—Cuando lleguemos al club, tendrás que ocuparte de algo.

—¿Qué debo hacer?

—Igor te dará órdenes sobre una de las chicas de Stuart. Después, cuando haya terminado con él, tráemela.

—Sí, señor.

—Y, Sam.

—¿Señor?

—Cuídala como si fuese tu hermana.

—Sí, señor.

Lo que me faltaba, volver al club y encontrarme con aquella deplorable escena: un tipo golpeado y tirado en el suelo. Borrachos había en todos los antros con alcohol, pero en aquel momento no quería más objetivos que alertaran a la policía. Quería sus ojos lo más lejos posible de mí. Menos mal que Igor se había ocupado de que se lo llevaran lejos. Los problemas se solucionaban de puertas para adentro, lejos de ojos ajenos. ¿Esos tipos no sabían nada de estas cosas? Matones de tres al cuarto. En fin, menos mal que se habían llevado el problema lejos del club. Esperaba que no hubiese más inconvenientes como ese.

Caminé hacia mi reservado, donde Igor esperaba para darme la muda confirmación de que todo estaba listo. Me acerqué a la mesa, custodiada por Buck, y me serví un buen lingotazo. Lo apuré de un solo trago; después repetí con dos vasos más. Lo que tenía dando vueltas en la cabeza lo cambiaba todo. Le hice una seña a Igor para que se acercara.

—¿Señor?

—¿Recuerdas los imprevistos con los que teníamos que contar?

—Sí, señor.

—La enfermera es uno de ellos.

—¿Hay que hacerla desaparecer? —Había confusión en el rostro de Igor. Hacía tiempo que uno de los «imprevistos» no se presentaba, y hacer desaparecer a una inocente nunca había sido uno de ellos. Pero tampoco era habitual lo que tenía que decirle ahora.

—Su seguridad es prioritaria.

—¿Prioritaria?

—Como si fuera de mi familia. —Aquello sí que lo confundió y sorprendió a partes iguales, pero no dijo nada. Asintió con la cabeza y se dispuso a seguir las nuevas órdenes sin cuestionarlas. Siempre había una razón para todo, y la fidelidad era lo único que debía tener en cuenta.

—Pon a Sam en ello. Ya le di indicaciones, solo necesita que le digas dónde está.

—Sí, señor.

Cuando Igor volvió de cumplir con mi encargo llegó el momento. Apreté los dientes y apuré lo último de mi vaso. Era un pecado desperdiciar un buen licor.

Seguí a Igor al despacho de Stuart, entré en él y llegué hasta el sillón detrás de la mesa; me senté y observé cómo Igor acomodaba el contrato de venta sobre la pulida madera. Yo cogí una de las plumas que Stuart tenía sobre la mesa y la dispuse sobre las hojas. Sí, todo muy teatralizado, pero ¿quién dijo que la ambientación no era importante?

Esperé a que la puerta se abriese; cuando lo hizo, Stuart apareció al otro lado. Me gustó ver esa expresión mezcla de enfado y desconcierto. Bien, sentaba jodidamente bien sacarlo de su lugar. Que entendiera quién tenía el control aquí; quién era el peón y quién el puñetero alfil. Era el momento de hacer mi siguiente movimiento, mi jaque. De él dependía que fuera mate.

—¿Qué es esto? —dijo señalando el contrato con algo de aprensión, como si tocarlo fuese similar a poner la mano sobre el fuego.

—Verás, Stuart, cuando llegaste a nosotros hace 8 años nos pediste dos cosas. Dinero y la cobertura de nuestro nombre. Te lo dimos, pero te pusimos dos condiciones: el dinero tenías que devolverlo con sus intereses y nuestro nombre debías mantenerlo limpio.

—El dinero ya os lo devolví.

—Sí, gracias por eso.

—¿Qué quieres ahora entonces?

—No has cumplido con la otra parte del trato, Stuart.

—He trabajado para vosotros todo este tiempo, he cumplido con mi porcentaje de las apuestas, ¿qué más quieres?

—Dejamos bien claro que solo podías ocuparte de las apuestas. Nada de drogas ni de prostitución. Vasiliev no trabaja con drogadictos y putas, son las normas.

—Algo extrañas esas normas. La mafia está metida en eso y mucho más.

—Yo no hablo de otras familias, solo de la mía. Se puede decir que tenemos una ética diferente al resto.

—¿Ética? ¿Y las apuestas ilegales y los préstamos con intereses desorbitados sí son éticos?

—Las drogas destrozan a la gente; los proxenetas, a las mujeres que obligan a prostituirse. Son dos maneras distintas de destruir a las personas. Los que llegan a nosotros ya se han perdido a sí mismos.

—¿Ahora intentas decirme que hacéis una obra de caridad? —debía de estar realmente asustado si recurría al humor en ese momento. Sonreí, cómo no hacerlo; si ya estaba desesperado, estaba muy cerca de donde quería.

—Somos buenas personas, ¿verdad? Un servicio público. No, en serio… Solo cubrimos una parte de la demanda. ¿Que los bancos no se arriesgan a dar un préstamo? Nosotros lo hacemos; eso sí, riesgo mayor, intereses mayores. ¿Que no lo devuelves? No vamos a llevarte a largos y costosos pleitos a los tribunales. Simplemente, intentamos recuperar nuestra inversión de manera más creativa. ¿Las apuestas? Más de lo mismo.

—Creativa es una manera de decirlo.

—Tú devolviste tu préstamo, Stuart. Y por eso estamos muy contentos contigo.

—Yo creí que era porque os hacía ganar una bonita suma con las apuestas ilegales.

—Eso estuvo bien, hasta que te volviste egoísta.

—No he malversado ni un solo centavo de las apuestas.

—No, lo sé. Ahí está la diferencia entre que ahora estés flotando boca abajo a 50 kilómetros de la costa o que estés sentado en ese asiento aún respirando y con todas las partes de tu cuerpo intactas.

—Yo no he traicionado a…

Vale, me estaba cansando de dar vueltas con este tipo. Una cosa era que pelearan y otra que cuestionaran mi inteligencia. ¿De verdad estaba intentando eso conmigo? Patético.

—Ahórrate el parloteo inútil, Stuart. Conozco todos y cada uno de tus pasos en esta ciudad. Sé quiénes te suministran la droga y sé cómo consigues extorsionar a las chicas para que se prostituyan para ti.

—Vaya, sí que sois éticos.

—No es ética, estúpido gilipollas, es control. Controlamos las apuestas y los préstamos y lo mantenemos todo limpio a nuestro alrededor. La ley pasa a nuestro lado sin siquiera rozarnos, porque no puede vernos. Pero lo que tú has hecho es poner una señal de neón que apunta hacia nosotros, y eso no lo podemos permitir.

—Vas-vas a matarme.

Por fin un poco de iluminación en ese cerebro obtuso. Miedo, eso era con lo que mejor trabajábamos, aunque a veces topábamos con gente demasiado engreída para comprender dónde se había metido, o demasiado estúpida para verlo. Stuart no me había parecido ninguno de los dos tipos, hasta ahora.

—Voy a darte una oportunidad, Stuart. Firma ahí.

—¿Q-qué es?

—Estás vendiéndome tu negocio. Tranquilo, el precio es justo.

El tipo tuvo la sangre fría de revisar el contrato, pero finalmente firmó. Su mano no estaba demasiado firme; quizás porque Igor estaba haciendo bien su trabajo, poniendo a respirar su arma muy cerca de él. Era bueno intimidando; yo le enseñé a hacerlo. Pero esta vez, no me tocaba ser el poli malo, aunque tampoco era el bueno. ¿El simpático y vividor? Sí, ese se acercaba más; el de «me da igual lo que pienses, porque eres una mierda insignificante, y harás lo que yo decida». Cuando terminó de firmar en el último lugar, una sonrisa afable regresó a mi cara.

—Bien. Tendrás el dinero en tu cuenta mañana mismo, en cuanto inscribamos el cambio de propietario en el registro. Te dejaré que recojas tus cosas con tranquilidad. Mañana no quiero nada tuyo aquí. Si lo encuentro, doy por sentado que no lo quieres conservar y haré que lo tiren. —Lo vi caminar hacia la salida, derrotado, vencido, pero faltaba algo, el remate que no había previsto, pero que tenía que incluir.

—Ah, y, Stuart —se giró hacia mí, como si estuviese cansado de ver mi cara y solo deseara abrazarse a una botella de whisky lo antes posible.

—¿Qué?

—La chica que tienes arriba. Olvídate de ella.

Un poco de tensión abandonó mis hombros y me dejé recostar sobre el asiento. El teatro había terminado.

[1] Padre.

[2] Padre.

[3] Mierda.

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