¡Préstame tu calor!

Prólogo

Alex

Siento el frío de la pared en la espalda, pero no me voy a mover. En mi vida he aguantado cosas peores, y un poco de frío no me va a apartar de mi objetivo, que es cuidar de ella. Los dos estamos sentados en el suelo, su pequeña figura entre mis piernas y mis brazos rodeando su cuerpo. De los dos, soy yo el que aporta el calor, porque ella está fría y eso es culpa mía. Estábamos allí por mi culpa, siempre es por mi culpa y no puedo hacer nada más para arreglarlo. Ahora mi calor es lo único que tengo para ofrecerla, lo único que necesita de mí, lo único bueno que puedo darle.

Nunca debí meterla en mi vida, mi complicada y peligrosa vida, pero no pude evitarlo. Hacía demasiado tiempo que nadie provocaba mi curiosidad. Nadie me ha sorprendido como lo ha hecho ella, nadie ha tocado mi interior de la manera en que lo ha hecho ella, no desde hace demasiados años.

La aprieto un poco más contra mi pecho y ella deja caer su cabeza bajo mi barbilla. No puedo decirle que todo va a ir bien, porque ya nada está en mis manos, y me odio por eso. Ella es la única que merece salir viva de aquí y voy a hacer lo que sea para conseguirlo. Antes de conocerla, la única vida que me importaba era la mía, pero eso ha cambiado. Ahora su vida es más importante, ella es más importante, y no me importa pagar el precio que ese desgraciado ha puesto, porque no son más que cosas, son posesiones, es dinero, y la mayoría está manchada de sangre.

—¿Tienes frío?

—Solo un poco. —Está helada, pero nunca dirá que se encuentra mal, es una superviviente y está acostumbrada a la vida dura. Yo solo quería darle lo que necesita, lo que debe tener, lo que merece. Pero la estoy haciendo pagar un precio demasiado caro, un precio que estoy dispuesto a pagar en su nombre.

Sé que ninguno de los dos va a poder dormir, pero no por ello voy a dejar de insistir en que ella lo haga.

—Duerme un poco. Necesitamos descansar para mañana.

—Lo intentaré. —Una pequeña sonrisa se dibuja en mi cara, ella es así, no sabe decir que no, intenta complacer a todo el mundo.

Mueve la cabeza, buscando una posición más cómoda, haciendo que el olor que desprende su pelo llegue a mí con fuerza. Siempre ha olido bien, pero ahora es mejor, ahora he llenado su baño con productos de buena calidad, productos que cuidan de ella, que le dan lo que todas las mujeres necesitan. Cojo su mano y deslizo mis dedos por su piel. Ya no está tan roja, está más suave, y estoy feliz de haberle dado eso. Sus manos eran un desastre cuando la conocí, pero ella no se quejaba, solo seguía trabajando con ellas.

—Alex.

—¿Sí?

—No ha sido culpa tuya. —Me sorprende cuando hace esas cosas. Es como si tuviese un sexto sentido para detectar lo que necesito, como liberarme de la culpa.

—No estarías aquí si no fuera por mí.

—No fuiste tú quien lo provocó, él actuó por voluntad propia.

—¿Intentas hacer que me sienta mejor?

—Partirle la cara haría que te sintieses mejor. Yo solo te digo lo que no eres capaz de ver.

—No es todo tan simple.

—Yo creo que sí, tú eres el que lo complica.

Sería tan fácil ver la vida como lo hace ella… A veces pienso que precisamente por ello me gusta. Tiene un don para ver la simplicidad de todo, por eso siempre encuentra soluciones con rapidez. Puede que no sean las mejores, pero la llevan al paso siguiente. Ella avanza, siempre avanza. Del pasado solo se queda con lo justo. Como ella dice, solo lleva consigo las cosas que va a necesitar. No llora por lo que ha perdido, da gracias por haberlo tenido, por haberlo disfrutado , da igual que sean personas o cosas, ella conserva el recuerdo y con él sigue su camino. Esa es la gran lección que me ha dado. He pasado 10 años aferrado al pasado, cargando con una enorme losa a mis espaldas, impidiéndome ver más allá de mi propio dolor, impidiéndome avanzar como persona. Sí, he conseguido mucho, pero ella me ha demostrado que no sirve de nada. Ha cambiado mi manera de ver el mundo.

 

Capítulo 1

—¿Sabes quién es Alex Bowman?

—Todo el mundo sabe quién es Alex Bowman, muñeca.

—Pues si me tocas lo lamentarás.

—¿Ahora es cuando me dices que eres su chica? Él se acuesta con muchas mujeres, muñeca, pero no movería un dedo por ninguna de ellas. Te usa y te olvida.

—Si me tocas lo lamentarás, porque es mi primo.

—¡¿Tu primo?! —Vi la duda en su cara, y por primera vez desde que supe que alguien venía a por mí, vi un rayito de luz al final del túnel. Tenía que seguir por ahí, darle credibilidad a lo que decía y, tal vez, conseguir el tiempo suficiente para salir de allí.

—Alex Bowman no tiene familia.

—¿Estás dispuesto a jugarte el cuello por ello? —Dejé el miedo de lado y recordé lo que me dijo el abuelo. Saca el miedo fuera o acabará matándote. Y es lo que hice, estiré el cuello, alcé la barbilla desafiante e hinché el pecho. Mi seguridad contra su vacilación, desafío contra su miedo. Si lo conseguía, saldría viva de allí.

—No voy a caer en esa trampa, muñeca.

—Tú elijes. Tócame y serás un muerto esperando a que lo entierren. Ya conoces a Alex, ¿verdad? No tengo que decirte lo que hará contigo. —En ese momento, cuando sentí su incertidumbre y sus manos reducir su agarre sobre mí, supe que era mío. Tenía dos opciones, golpearlo y correr —con lo que tampoco llegaría muy lejos— o seguir con el juego y conseguir salir ilesa de ese callejón.

—Alex no tiene familia.

—Esta vez has metido bien la pata. ¿Aprecias tus bolas? —Noté la gota de sudor que empezaba a resbalar por su frente y de una sacudida se apartó de mí.

—Yo… yo no te he hecho nada, no te he tocado.

—¿A quién crees que va a creer, a ti o a mí?

—Si te mato, no dirás nada. —No vaciles Palm, si lo haces, apretará esa maldita navaja hasta rebanarte el cuello, como ha hecho con ese maldito gilipollas; ya viste cómo lo trinchaba.

—Puedes hacerlo, pero ¿qué crees que hará Alex contigo cuando te encuentre? —El tipo lo meditó unos segundos y al final decidió que quería seguir viviendo un poco más. Dio un paso atrás y rematé la jugada.

—Será mejor que te largues. —Asintió, miró al chico sangrando contra el contenedor de basura y echó a andar. Lo seguí con la mirada y no me moví hasta que vi su sombra desaparecer en la esquina del callejón. Entonces caminé deprisa hacia el chico y comprobé su estado. Sangraba mucho, pero seguía vivo.

—Tranquilo, pediré ayuda. —Cogí mi delantal, lo enrollé y presioné con la tela sobre la herida. Después, saqué el teléfono del bolsillo de mis vaqueros y marqué el número de emergencias.

Capítulo 2

—¿Te encuentras bien? —Levanté la vista hacia Susan y dejé el periódico sobre la barra de la cafetería. Lo único bueno del turno de mañana era que podía leer el periódico cuando aún tenía todas las hojas, antes de que abriéramos y el ajetreo del día empezara a volverme loca. Aunque implicaba sacar la basura. Odio sacar la basura, sobre todo desde lo de Johny.

—Cansada, pero eso no es nuevo ¿verdad?

—Sabes a lo que me refiero.

—Lo sé, ¿cómo está John?

—Recuperándose. Creo que va a dejar de apostar durante una larga temporada.

—Eso espero. —Me terminé el café y pasé la hoja del periódico. Llevaba tres puñeteros días temblando de miedo mientras esperaba a que aquel cabrón regresara por la cafetería y terminara su trabajo, pero no lo hizo, y ahora sabía por qué. Su cara estaba en la foto del periódico. Era el fiambre que sacaron ayer de un contenedor de basura, cuatro manzanas más abajo. Eso me hizo dejar de temblar. Podía estar tranquila, el peligro había pasado.

—Termina rápido, los clientes llegan pronto hoy. —Cerré el periódico y lo doblé, al tiempo que cogía mi taza y me daba la vuelta para llevarla al fregadero.

—Vaya, ¡que me jodan!, ese es el mismísimo Alex Bowman en persona. —Entonces sentí que me ponían sobre la garganta algo más afilado que la navaja de aquel desgraciado. «Nadie juega con Alex Bowman». Todo el mundo sabía eso. «Tranquila Palm —me repetía, tenía que serenarme y pensar con claridad, el miedo era mi enemigo—. Puede estar aquí por cualquier razón, tendrá negocios cerca y la cafetería le pilla de paso». Porque era demasiada coincidencia que yo mencionara su nombre y tres días después él se presentara allí.

Vi a tres hombres entrar en la cafetería y no reconocí a ninguno de ellos. Podéis pensar que debería reconocer a Alex Bowman; pues no. No tenía ni idea de quién era. Que sea nueva en la ciudad no quiere decir que sea la única que no sabe quién es, hay gente que no lo conoce. Pero es como Justin Bieber, casi todo el mundo ha oído hablar de él, le conozcan o no. Y yo soy una de las que ha oído hablar de él. Recuerdo que fue a los dos días de empezar a trabajar aquí; uno de los clientes comentó que nadie juega con Alex Bowman, y lo dijo de tal manera que incluso a mí me dio miedo. Y ahora él estaba aquí. No, no sabía quién era de los tres, pero si tenía que apostar diría que era el primero que entró en la cafetería. No sé, su forma de caminar, la seguridad que irradiaba —como si nadie se atreviera a estornudar en su dirección— y aquella arrogancia de quien se sabe poderoso e indestructible. Y es que tenía un aspecto que… No me malinterpretéis, los dos tipos que lo acompañaban parecían dos asesinos bañados en acero galvanizado, pero el primer hombre… Era ver cómo estudiaba el local con su mirada y sentir que las rodillas empezaban a volverse gelatina. Caminó hasta el final de la barra para que su espalda estuviese contra la pared y no dando la bienvenida a los que entraban. Cogió un menú y empezó a ojearlo. Susan pasó a mi lado y fue a ocupar su sitio tras la barra. Yo cogí mi bayeta y me dispuse a repasar las mesas. Estaban limpias, pero algo me decía que era mejor mantenerme lejos de los peligros, y aquel hombre era el peligro con mayúsculas.

Alguien se sentó en la mesa que estaba repasando y al alzar la vista vi al tipo mirándome. Mi alarma de colisión empezó a sonar con fuerza. Dejé el contenedor de servilletas y aparté la bayeta con rapidez.

—Disculpe, enseguida estoy con usted. —Una ágil mano voló para atrapar mi muñeca, y eso hizo que me inclinara y lo mirara directamente.

—Me gustaría hablar contigo, así que mejor siéntate, prima. —Tragué saliva, miré hacia los dos hombres que observaban desde la barra a una distancia prudencial, pero a todas luces nada interesados en desayunar. Así que me deslicé en el asiento frente a él y me preparé. Su mano me soltó, pero no abandonó la mesa.

—Bueno, ¿y qué tal está tu padre… madre? ¿De qué parte de la familia nos viene el parentesco?

—De ninguna.

—Vaya, entonces me habrán informado mal. Porque según tengo entendido, encontraría a mi prima aquí.

—Los dos sabemos que no es así.

—Ah, vaya. Entonces, dime cómo esa información errónea llegó a mis oídos. ¿A quién debo romperle los huesos por haber dicho esa mentira? —Bueno, ahí estaba yo, debatiéndome entre mentir y librarme —al menos de momento, lo justo para volver a salir huyendo— o afrontar mi responsabilidad y meterme en problemas por ello una vez más.

—Supongo que tendrás que rompérmelos a mí, fui yo quien lo dijo. —Su cuerpo se acercó más a mí y, aunque había una mesa en medio, sentí que el aire me faltaba. Sus ojos de hielo me perforaron el alma, haciendo que sintiera el frío crecer en mi interior.

—¿Por qué?

—¿Por qué lo hice? —El asintió con la cabeza, sin apartar su penetrante mirada de mí. Siempre he sido de esas personas que no han mantenido la mirada por mucho tiempo, llamadme tímida, miedica o lo que queráis, pero no podía hacerlo, no cuando me retaban a un duelo de poder como aquel. Mis ojos se perdieron en sus manos. Tenía manos grandes, fuertes, con dedos largos y uñas cuidadas. ——Digamos que tenía pocas opciones de vivir, así que se me ocurrió jugármelo todo y lanzar un farol, como en el póker.

—Y funcionó.

—Aún respiro y usted está aquí, así que supongo que sí. —Él se recostó en el asiento pero no apartó sus ojos de mí, podía sentirlo. Volví a levantar la mirada y, efectivamente, seguían allí, pero parecía… ¿divertirse? Estuvimos en silencio un momento, hasta que al final me sentí más incómoda que asustada.

—¿Va a matarme o puedo seguir trabajando? —Un amago de sonrisa apareció en su rostro y por un momento llegué a pensar que era Lucifer. Evidentemente todos le tenían miedo, y era por algo, pero como decían las escrituras, Lucifer era el más hermoso de los ángeles. Y mierda si Alex Bowman no era hermoso, era un pedazo de hombre de esos que mojan bragas, si no estabas en su punto de mira y a punto de desaparecer de este mundo, claro.

—Café solo, doble. Y trae azúcar. —Asentí y empecé a levantarme de mi asiento. Lo miraba mientras lo hacía, mitad esperando que sacara una pistola y apretase el gatillo, y la otra mitad esperando que se riera de mí como un poseso.

Fui a la barra e hice el pedido, que Susan preparó con una celeridad pasmosa. Cuando regresé a la mesa con el café y el recipiente de azúcar, uno de los otros hombres estaba ocupando mi sitio. Dejé el café y miré al otro hombre.

—¿Le traigo algo? —El tipo alzó la ceja hacia su jefe y este asintió. Después el hombre me habló.

—Lo mismo, pero para llevar. —Miré hacia la barra y comprobé que el otro hombre tampoco estaba tomando nada.

—¿Le traigo algo a él? —Alex se giró hacia el tipo de la barra.

—¿Quieres llevarte algo, Jonas?

—Café con leche y sacarina. —Alex me miró de nuevo.

—¿Lo tienes?

—Sí. —Me giré de nuevo y caminé hacia la barra. Preparé el pedido para llevar con Susan y regresé a la mesa, al tiempo que algunos de los clientes habituales empezaban a llegar a la cafetería. Algunos se dieron cuenta de quién estaba sentado en la esquina del local y la mayoría optó por pasar desapercibidos, o mantenerse alejados, pero ninguno salió de la cafetería; seguro que un desaire como ese no le gustaría a Alex Bowman.

Le serví el pedido y me dirigí a atender las mesas del otro extremo. Cuando acababa de servir una de ellas, casi tropiezo con el imponente cuerpo de Alex. Le sostuve la mirada, ahora más segura de que terminaría mi turno de trabajo de una pieza.

—Espero que no vuelva a repetirse, prima.

—Puede contar con ello. —Alex asintió y abandonó el local. Me acerqué a la mesa para recogerla y encontré un billete de 20 sobre ella. Una buena propina para tres cafés. Debería haberme sentido feliz, estaba viva, de una pieza, y tenía una buena propina, pero no me serviría de mucho si tenían que hacerme un trasplante de corazón.

 

Capítulo 3

—Vaya, cuatro días seguidos. Esto se está convirtiendo en una costumbre. —Volví la cara para ver al grupo de Alex y sus hombres entrar de nuevo en la cafetería. Caminaron hasta su mesa, la cual estaba ocupada por un par de tipos. Se quedaron de pie ante ellos, sin decir nada. Pero los tipos eran listos, así que apuraron sus vasos, dejaron su desayuno como estaba, el dinero sobre la mesa y salieron zumbando. Me acerqué para recoger los restos, pero Alex ya tenía en su mano el dinero y la cuenta.

—Un poco ratas con la propina.

—Teniendo en cuenta que no han terminado el desayuno, no les culpo. —Alex sonrió y me tendió el dinero. Sí, habíamos llegado a un punto en el que él no me mataba por lo que yo soltaba por la boca, y yo le servía rápida y eficientemente.

Aún no entiendo cómo pude llegar a aquel punto de desfachatez, pero, eh, sentaba bien desafiar al peligro, sobre todo cuando comprendí que le divertía más que enfadaba.

Después de servirle su café y el de sus «amigos», normalmente se iban y me dejaban 20 encima de la mesa. No daban ningún problema, ni nadie se atrevía a darlos en su presencia. Es como un bar de esos en los que desayunan los policías, a ver quién es el tonto que va a atracar allí. Pues existen, no los bares de policía, los tontos; o tontas en este caso. Porque, a ver, no me considero una persona lista, como un ingeniero aeroespacial, pero cuando una chica lleva ropa de mujer fácil, ¿espera que la traten con respeto? Que, digo yo, una cosa es vestir para atraer a un hombre y otra muy distinta quitarle el embalaje a la mercancía e ir exhibiéndola por todo el vecindario. Bueno, el caso es que, como dije, las tontas existen y esa mañana una llegó a la cafetería. A ver, esto es Chicago y en mayo la media es de 15 °C; vamos, que no es para ir en sandalias de tacón y vestidos tan pequeños que le quedan justos a la muñeca Barbie de tu hermana. Pues ahí que se presentan dos chicas con una pequeña chaqueta que, aparte de mangas, tenía poca tela más. En otras palabras, que sus pechos no estaban totalmente expuestos al clima por alguna regla no escrita de la ciencia. Las chicas en cuestión entraron en la cafetería y, con una sonrisa de esas tan blancas que gritan «falsas» a kilómetros de distancia, se dirigieron a la mesa de Alex y compañía.

—Alex, cariño. No me has llamado. —Dejé la cafetera en su lugar y apoyé las manos sobre la barra. ¿Servir las mesas? La chica nueva podía apañárselas bien sin mí durante cinco minutos. Yo eso lo tenía que ver, porque algo me decía que iba a ser un espectáculo y, ¡eh!, el espectáculo lo llevo en la sangre. Algún día lo explicaré.

Alex se enderezó en su asiento y se apoyó relajadamente en el respaldo de su silla. Alzó una ceja y miró a las chicas que estaban frente a él.

—¿Debería haberlo hecho?

—Metí mi número en el bolsillo de tu chaqueta, ya sabes, hace cinco días.

—La verdad es que me suenas de algo, pero no recuerdo de qué.

—En el Diamonds, ya sabes… el reservado en la zona VIP.

—Echamos un polvo.

—Sí, dijiste que estuvo genial.

—Sí, siempre son geniales.

—¿Puedes decirle a tu amigo que nos haga sitio para sentarnos?

—¿Por qué? Así te veo bien. —Y como siempre hay algo que se tuerce, escuché un estruendo de vasos al otro extremo de la cafetería. La nueva a punto de llorar y al menos tres vasos rotos en el suelo. Odiaba perderme aquello, pero tenía que rescatar a la chica, porque ese era mi trabajo, el que me daba de comer, pagaba el alquiler, etcétera, etcétera. Antes de que la pobre chica, Rita, metiera la mano en aquella trampa mortal, le agarré la mano.

—No, espera. Si metes la mano ahí, puedes cortarte. Ve a por la escoba y un recogedor. —Ella me miró y me agradeció sin palabras. Sí, es duro ser novata, lo sé muy bien, y no es porque a mí se me cayera una bandeja de vasos al suelo, tenía buen equilibrio y no me estoy tirando flores.

—Kevin, espera, no puedes pisar ahí. —Cogí al vuelo al pequeño e inquieto Kevin y lo senté de nuevo en su silla. Eso lo aprendí aquí, en la cafetería: «vigila a los niños, son inquietos, un problema con piernas».

—Ey, Kevin. ¿Puedes esperar un momento? Te enseñaré un truco, pero tendrás que prestar mucha atención.

—¿Qué truco?

—Verás… ¡Susan, naranja! —Susan me sonrió y lanzó una naranja por encima de la barra del bar, que aterrizó en mis manos.

—Bien, Kevin, ¿cuántas vueltas dará la naranja en mi mano antes de que se caiga? —Sí, lo tuve en el momento que entrecerró sus ojillos y se puso a pensar. Ahora solo date prisa, Rita, no se puede mantener a un niño entretenido con una simple naranja durante mucho tiempo. Cuando llevaba 12 vueltas, Rita ya había llegado con el recogedor y Kevin se estaba cansando de lo mismo, así que empecé a parar la naranja a mitad de camino, cambiar la trayectoria para que, en vez de pasar del dorso a la palma por el costado, rodara un par de veces por la punta de los dedos. Cuando Rita se levantó del suelo con todo el estropicio recogido, la naranja cayó a la mesa.

—Bueno, Kevin. Aquí tienes la naranja, tendrás que practicar para hacerlo tú. Y si quieres te digo un truco: tienes que estar sentado hasta que consigas dominarla. —Su madre me dedicó una agradecida sonrisa y me marché. Unos sollozos, casi gritos histéricos, me sobresaltaron; cuando pude mirar, vi un par de manchones salir de la cafetería.

—Siento el espectáculo. —Alex estaba parado ante mí, señalando con la cabeza a los manchones que se desvanecían por el ventanal.

—¿Bromeas? Esto es mejor que cualquier reality de la tele. —Alex sonrió mientras sacudía la cabeza y se encaminó hacia la puerta.

—Cuídate, prima. —Y desaparecieron los tres. Fui a la mesa, la limpié y guardé mi propina.

 

Capítulo 4

—Dos sándwiches de jamón y queso, un café con leche y un té con limón.

—Oído. —Susan pasó el pedido al cocinero mientras preparaba las bebidas.

—La tarde está un poco muerta.

—Pues parece que eso va a cambiar. —Miré a mi espalda, hacia el lugar que Susan señalaba con la mirada. Vi a Alex y uno de sus hombres según se acercaban deprisa y entraban en la cafetería. La cara que traían no era la de siempre, parecían… decididos. Eso ya era extraño, pero más fue el que no se dirigieran a su mesa de siempre, sino que uno de los hombres se quedara en la puerta de la cafetería, a un par de metros de Alex, que estaba… a mi lado. Su mano voló hacia mi brazo y empezó a tirar.

—Nos vamos.

—¿Eh? ¿Qué…? —Me imagino que no soy la única que empieza a resistirse cuando la arrastran sin su consentimiento, pero hacerlo contra Alex… era como luchar contra un tractor.

—¿Qué demonios ocurre?

—Por tu propia seguridad, será mejor que vengas conmigo.

—Pero… —Alex se detuvo en seco, se giró hacia mí y empezó a soltar los lazos de mi delantal de camarera.

—Escucha. Alguien que quiere hacerme daño te busca.

—¿Y por qué a mí?

—Porque eres mi prima, ¿recuerdas?

—Pero eso no es…

—Tú y yo lo sabemos, pero él no, y dudo mucho que la verdad lo detenga.

—Pero no puedo irme…

—Vas a hacerlo.

—Espera, mis cosas…

—Connor, encárgate de las cosas de Palm. —No esperó mi consentimiento, ni que le diera las llaves de mi taquilla, ni… Vi volar mi delantal sobre la barra, donde Susan lo recogió.

—Cuídate, Palm. —Salimos al exterior y, aunque me arrastraba a un paso bien rápido, sentí el frío en mis brazos. Es lo que tienen las camisetas de manga corta, que son apropiadas para el interior de una cafetería llena de gente, pero no para los escasos 10 grados de la calle. Me abracé instintivamente con mi brazo libre, intentando darme algo de calor. Nos detuvimos frente a un coche que estaba en marcha y Alex abrió la puerta. Estaba a punto de meterme dentro cuando soltó una maldición, se quitó la cazadora de cuero y me la puso por encima de los hombros. Estaba caliente y era tan grande que parecía que me había tragado un armario.

Cuando ambos estuvimos sentados, me fijé en el hombre que estaba al volante. Era el otro hombre de Alex, el que tomaba su café con sacarina, Jonas. Segundos más tarde, el otro abrió la puerta del acompañante y tomó asiento. Se giró y me tendió mi abrigo y mi mochila.

—Gracias. —Sí, soy educada, qué le voy a hacer. El coche empezó a moverse y nos alejamos de la cafetería.

—¿Tienes a alguien a quién avisar, una mascota que alimentar?

—Eh, no. ¿A dónde vamos?

—A un lugar seguro.

—Hasta ahí llego, pero me gustaría saber dónde está ese lugar seguro.

—Lo verás cuando lleguemos.

—A ver, me estás pidiendo que confíe en un desconocido que me saca de mi trabajo a la fuerza contándome una historia sobre un tipo que lo odia a él, pero que quiere hacerme daño a mí, y de la que se ha enterado por algún medio que no quiero cuestionar. ¿Y ni siquiera tienes la consideración de decirme a dónde me llevas? —Alex se giró hacia mí y, por primera vez desde que salimos de la cafetería, lo vi sonreír levemente.

—Esa boca tuya va a meterte en problemas un día de estos. No, espera, eso ya lo ha hecho.

—Perdona, pero yo más bien diría que estoy viva gracias a ella.

—Eso fue hace seis días. Hoy podrías haber acabado en varios trozos.

—Me gustan donde están todas mis piezas. —Alex me regaló una de esas inspecciones visuales que hacen los tíos a una chica y sonrió de una manera traviesa que solo podía traer problemas.

—Sí, mejor juntas.

No sé por qué esperaba que viviera en un apartamento de esos enormes, un loft o un ático. Sería influencia de los libros que leía en el sofá de la caravana mientras viajábamos. Sí, leí muchos de esos libros, porque otra cosa no hacías en el circo más que viajar. Ese es mi secreto, crecí en un circo. Pero, a lo que iba, llegamos a una zona de esas donde había casas enormes, separadas entre ellas por espacios cada vez más grandes. El coche se detuvo frente a una de esas verjas altísimas, que sorprendentemente se abrió con rapidez. El coche avanzó por una pendiente hasta llegar a una casa enorme, para nada antigua, sino moderna, aunque con ventanas pequeñas. Los hombres empezaron a salir del coche, salvo Jonas, y el otro de los hombres de Alex, Connor creo recordar, me abrió la puerta. Alex estuvo a mi lado casi de inmediato y, con su brazo sobre mis hombros, me guio dentro de la casa. ¡Por los anillos de Saturno! Aquella casa era increíble. Y yo que esperaba una casa como la de Vito Corleone.

—Las habitaciones están arriba. Aquí abajo está la cocina y la sala de descanso, el gimnasio en la planta inferior. Si necesitas algo, pídenoslo a Connor o a mí. Ah, y no entres en el despacho. —Miré el reloj, era tarde, así que sería mejor cenar cualquier cosa e irme a la cama, porque algo me decía que no iba a obtener mucha conversación de ninguno de los tres.

—No sé cómo va el asunto de la cena por aquí, pero me gustaría comer algo.

—Cena… ¿Cómo andamos de comestibles, Connor? —Vi al hombre encogerse de hombros y caminar a lo que parecía una cocina abierta, solo que estaba separada por una enorme pared de cristal. Abrió uno de esos enormes refrigeradores de dos puertas y miró el interior con detenimiento.

—No es que haya mucho, jefe. Solemos comer fuera, ya sabes. —Sé que estaba siendo una curiosa, porque mi nariz estaba husmeando por encima del hombro de Connor; pero soy mujer, qué se le va a hacer.

—Si no sois muy exigentes, puedo preparar algo con eso —me ofrecí.

—Eh, ¿jefe?

—¿Podrías hacerlo? —preguntó Alex.

—No prometo que sea un manjar, pero se podrá comer.

—Podemos mandar a Jonas a buscar algo a la ciudad —sugirió Connor.

—No, mañana solucionaremos lo de la comida. Nos apañaremos con lo que sea. Hoy os quiero a los dos en la casa. —Cuando el jefe dice que no, es que no.

—De acuerdo, jefe —se conformó Connor.

—Adelante, Palm.

Bien, hora de hacer lo que mejor sé, apañarme con lo que haya. Llevo haciéndolo desde hace demasiado tiempo, así que estoy acostumbrada a hacer pequeños milagros con lo que tenga. Revisé la nevera y saqué todos los restos de verduras que encontré, e incluso un trozo de queso. Rebusqué entre los armarios de la cocina y encontré una pequeña y casi desabastecida despensa. Estaba claro que allí no cocinaban mucho, ni estaban preparados para una «visita sorpresa». Encontré un puñado de espagueti y aceite de semillas. Saqué una olla grande y empecé a preparar mi sopa especial de restos; como los tres comensales a los que tenía que alimentar eran chicos muy grandes, preparé una buena cantidad.

—Mmm, huele muy bien.

—Ah, espero que también tenga buen gusto.

—¿Puedo probarla?

—Eh, claro… ¿Jonas?

—Si me das de comer, puedes llamarme como quieras.

—Ten cuidado, quema. —Vi al grandote tomar una pequeña cantidad con una cuchara, soplar con delicadeza y luego meterla con cuidado en la boca.

—Mmm, está muy bueno. ¿Haces esto a menudo? Cocinar, ya sabes.

—Bueno, solía hacerlo para 56 personas, pero eso dejé de hacerlo hace algunos años. Cuando cocinas solo para uno, al final acabas con un sándwich en vez de algo para comer con cuchara.

—Pues me alegro de que no hayas olvidado cómo hacerlo.

—Hay cosas que nunca se olvidan. Anda, ve a avisar de que la cena está lista.

—Primero te ayudaré a poner la mesa. Quizás con un poco de suerte, el queso atraiga a los ratones. —Sonreí, porque era precisamente eso lo que tenía en la mano y tenía intención de usarlo. Cuando tuvimos la mesa lista, Connor apareció por la puerta de la cocina.

—El jefe viene ahora. —Serví la sopa en unos cuencos y rayé un poco de queso encima de cada uno. Después, empecé a poner un cuenco sobre cada uno de los cuatro mantelitos individuales que había colocado Jonas. Alex apareció en el puesto a mi derecha casi en el momento en que estaba sirviendo su cuenco. No sé si era normal la manera en que miraba la sopa, pero no le di importancia. Total, la retenida allí era yo, así que era la única con derecho a poder enfadarme. Le vi sentarse, remover la cuchara dentro del cuenco, acercar la nariz, oler y finalmente decidirse a probar mi receta. Jonas y Connor no es que dijeran mucho, porque no paraban de sorber y cargar la cuchara de nuevo, sin perder el ritmo. Era divertido verles comer y, por sus caras, sospechaba que no solo era la primera vez que comían algo así, sino que además les gustaba.

—¿Puedo repetir? —Levanté la vista para ver el rostro de Connor mirándome expectante, mientras echaba un vistazo a su cuenco vacío. ¡Leches! Sí que comía deprisa ese hombre.

—Eh, sí, queda más en la olla —hice ademán de levantarme para servirle, pero él enseguida me detuvo.

—No te muevas, ya me sirvo yo. —Le vi coger el cazo y rellenar de nuevo su cuenco.

—¿Y cómo dices que se llama esto? —Levanté la vista para ver el rostro de Alex clavado en su cuenco, tomando cucharada tras cucharada, sin mirarme directamente.

—Minestrone. Es una típica receta de sopa italiana.

—Está buena.

—Qué casualidad que tuviéramos todos los ingredientes, ¿verdad, jefe?

—Bueno, los ingredientes son un poco libres, depende de la temporada. Yo solo lo he ajustado a lo que había en la nevera. —A veces, la mejor recompensa para una cocinera es que los comensales no digan nada, tan solo coman, y eso es lo que hicieron, comer todo lo que había en la olla.

 

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