Yo soy agua

Prólogo

  • ¿Le conozco?.- no pude evitar preguntar. El hombre estaba parado frente a mí, mirándome con aquellos extraños ojos de color azul cobalto. Eran tan irreales, cómo él mismo.
  • Lo hiciste.- aquella respuesta me desconcertó, pero él parecía tan convencido de que era verdad, que por una fracción de segundo, me pregunté si eso podía ser cierto. No, era imposible, le recordaría.
  • Lo siento, pero creo que se equivoca.- con paso tranquilo, empezó a caminar hacia mí. Y lo sé, era un tipo fuerte, no de esos grandes, si no de los que transmitía esa capacidad de derrotar a cualquier persona que se interpusiera en su camino. Debería haber tenido miedo, salir corriendo, pero, sin embargo, me quedé allí quieta. ¿Por qué?, aún no lo sé.
  • No, no lo hago.- Sus cuerpo se detuvo a escasos 30 centímetros de mí. ¿Iba a besarme?. Sus ojos, su rostro, todo me decía que iba a hacerlo. Súbitamente, se inclinó, pero en vez de hacerlo, su cuerpo descendió hasta que una de sus rodillas tomó tierra, y su cabeza se inclinó en señal de respeto.
  • ¿Qué…?.- decir que estaba sorprendida era poco, pero aún no era suficiente.
  • Mi señora, he venido para llevarte a casa.-

Capítulo 1

Estamos en pleno siglo XXI, aquella forma de dirigirse a otra persona, sobre todo a alguien como yo, parecía sacada de una película medieval. Miré a mi alrededor, buscando el contacto visual que cualquiera pudiese darme, algo que me confirmase que aquello que estaba ocurriendo, no era producto de mi imaginación. Y no, no lo era, porque la gente que pasaba cerca de nosotros, nos miraba de forma extraña. Algunos confundidos, otros divertidos, otros intrigados…pero todos muy seguros de que aquel hombre estaba realmente ahí, arrodillado ante mí, como si yo fuera la mismísima reina de Inglaterra.

Mi vergüenza me hizo moverme, alejarme tanto como pudiese de aquella situación, de aquel hombre. Y me giré, dándole la espalda, y comencé a caminar tan deprisa como podía, sin parecer que estaba corriendo. Pero no sirvió de mucho, porque antes de dar cuatro pasos, él estaba caminando a mi lado. No intentó detenerme, sus manos estaban unidas a su espalda mientras me acompañaba sin ninguna dificultad. Y aunque aumenté mi ritmo, él simplemente se ajustó a mí, como si no quisiera forzarme a nada, pero al mismo tiempo tampoco pensara ir a ninguna otra parte.

  • Déjeme en paz.-
  • Lo siento, pero no puedo.-
  • Sí que puede, se queda quieto, y deja que me vaya, así de sencillo. – estaba junto a la carretera, y miré a ambos lados antes de cruzar por el paso de peatones
  • Nada es sencillo cuando se trata de ti.- miré su rostro confundida, y me dispuse a cruzar. Antes de que un coche me llevara por delante, su mano tiró de mí para sostenerme en lugar seguro. Tardó un rato demasiado largo en soltarme, pero finalmente lo hizo, volviendo a unir las manos a su espalda.
  • Gra…gracias.- él me dio una tímida sonrisa.
  • Estoy aquí para protegerte.- reaccioné en ese momento, y lo hice de manera brusca, porque acababa de darme cuenta, que sí, me había librado de ser atropellada por un coche, pero no habría estado en esa situación de no haber sido por su culpa. Así que, en cierto modo, él era el que me había puesto en peligro.
  • Entonces déjeme en paz. Casi me atropellan por su culpa.- él sonrió otra vez, y sacudió ligeramente la cabeza.
  • Eres tú la que huye como un pollo sin cabeza. Si dejaras de correr, nada de esto volverá a suceder.-
  • Ya, pues va a ser que no.-

Él alzó sus hombros en señal de aceptación indolente. Revisé de nuevo la carretera, y esta vez la crucé con más cuidado. Él lo hizo a mi lado. Estaba claro que no iba a poder deshacerme del hombre. Bien, pues si quería jugar, que se buscara otro compañero de partida. No es que yo fuese demasiado inteligente, pero creía que sí lo era suficiente, como para salir de esa situación.

  • Dime una cosa. Antes me has llamado mi señora, y te has puesto de rodillas. ¿Eso quiere decir que soy alguien importante?.-
  • Así es.-
  • Alguien a quien muestras respeto.-
  • Sí.-
  • Entonces, ¿por qué te diriges a mí de una manera tan informal?, ya sabes, me tratas de tú, no de usted.- caminé más pausada, lo justo para no perder el resuello, pero no para que creyese que aceptaba sus desvaríos.
  • Perdóname, pero es que nos conocemos…nos conocimos lo suficientemente bien, como para dejar esos formalismos de lado.-
  • ¿Antes, cuando me conociste, estabas a mi servicio?.- el tipo sonrió, sin apartar la vista de nuestro camino, aunque de vez en cuando me daba pequeñas miradas.
  • No exactamente.-
  • ¿Qué quiere decir que no exactamente?.-
  • No estaba a tu servicio directamente, pero… es difícil de explicar.-
  • Ya, qué conveniente.- sus cejas se juntaron, como si mi respuesta no le hubiese gustado en absoluto.
  • Tendría que contarte quién eras antes, y como era tu vida, para que realmente entendieses lo que significabas para mí, para todos nosotros.- mis pies se pararon en seco.
  • ¿Hay más?.-
  • Ahora ya no muchos, pero si, los hay.-
  • Vaya.- Genial, no solo había un loco, sino que había más, o al menos creía que los había. Volví a caminar, y él permaneció en su puesto junto a mí.
  • Y ¿vas a contarme quién era antes?.- su rostro se volvió hacia mí.
  • La mitad de la calle no es el lugar más apropiado para hacerlo.-
  • Ya, ¿y dónde pensabas hacerlo?.-
  • En el viaje de vuelta a casa.-
  • Buen intento, eh… ¿cómo se supone que debo llamarte?.- su sonrisa volvió a su rostro, y por un momento, me pareció que estaba recordando.
  • Me llamabas Evan.- ¿Yo le llamaba?, no era momento para entrar en eso, porque cada respuesta que me daba, parecía suscitar más preguntas. Miré a mi alrededor, consciente de que había llegado exactamente al lugar que quería.
  • Vale Evan. Aquí es donde nos separamos.-
  • No voy a separarme de ti. No voy a volver a hacerlo.- Como decía, más preguntas.
  • No entiendes.- señalé con el dedo hacia arriba, para que mirara el cartel que estaba sobre nuestras cabezas. No tenía idea de que manicomio había salido, pero seguro que entendía lo que significaba el lugar en el que estábamos. – Oh me dejas en paz y desapareces, o empezaré a gritar pidiendo ayuda, y serías un completo idiota si intentas secuestrar a una chica delante de una comisaría de policía.- Evan levantó la cabeza, y se fijó en el cartel que corroboraba mis palabras.
  • Muy inteligente, pero eso no te librará de mí. – ¿no?, abrí la boca y empecé a gritar socorro mientras corría hacia las puertas de la comisaría. No me detuve hasta que choqué con los brazos uniformados de un policía.
  • ¿Se encuentra bien?.-
  • Un hombre me está siguiendo.- volví la cabeza hacia atrás, pero la persona que buscaba había desparecido. Cómo supuse, loco sí, pero tonto no.

Capítulo 2

  • Victoria, ¿quieres darte prisa?.- volví la vista hacia mi prima Isabel, la que me apremiaba para entrar en la cafetería. No me había dado cuenta de que aquella fotografía pegada en el cristal me había absorbido tanto.
  • Sí, ya voy.- pasé dentro y me senté frente a ella, en la mesa que estaba junto a la ventana. A ella la gustaba este sitio.
  • ¿Qué estabas mirando?.- instintivamente volví la cabeza hacia el aviso que estaba pegado junto a la puerta.
  • Esa chica que ha desaparecido. Solo intentaba recordar si la había visto antes.-
  • Da miedo, ¿verdad?.-
  • ¿Qué quieres decir?.-
  • Pues eso, que te hace sentir insegura. Vives en una ciudad grande pensando que estás a salvo, pero todo es una ilusión.- la camarera llegó en aquel momento para tomar nuestro pedido.
  • ¿Qué van a tomar?.-
  • Un café con leche, y un té verde con menta.-

No necesitaba decirle a Isabel lo que me gustaba. Llevábamos casi cuatro años viviendo juntas en un apartamento de alquiler aquí en la ciudad de Santander, y las dos cursábamos carreras en el mismo campo, la sanidad. Ella para ser médico, yo para convertirme en enfermera. La camarera se fue a preparar nuestra orden, y nosotras volvimos a nuestra conversación.

  • La seguridad total no existe, eso ya lo sabíamos, Isabel. ¿Cuántos heridos en accidente de coche hemos visto en las prácticas?.-
  • Muchos.-
  • ¿Y cuantos tienen la culpa del accidente que los llevó a una cama de hospital?.-
  • Sí, sí. Conozco las cifras. Uno es el que provoca el accidente, y otro el inocente que paga las consecuencias.-
  • Pues eso. Uno no está a salvo en ninguna parte. Pero eso no va a impedir que la gente siga viajando y conduciendo coches.-
  • Odio cuando te pones toda pragmática.-

Nuestro pedido llegó en aquel momento, le agradecimos a la camarera, y nos dispusimos a saborear nuestro pequeño premio. Es lo que tenía estudiar durante horas en casa un sábado, que necesitábamos salir a la calle y desconectar, e ir a la cafetería y tomar un café o un té, nos ayudaba a hacerlo. Cuando salimos de allí, teníamos las pilas cargadas para dedicarle un par de horas más a los libros.

Caminábamos una al lado dela otra, charlando sobre lo que íbamos a hacer para cenar en casa, cuando Isabel recordó que no nos quedaba leche para desayunar.

  • Iré a la tienda de la esquina a por un brick de leche.-
  • Voy contigo.- Isabel me sonrió, porque la desaparición de aquella chica realmente la asustaba y sabía que yo la acompañaba a la tienda, para que se sintiera más segura.

Por la mañana, me puse las zapatillas de deporte y salí a correr. Me gustaba ir a la playa y trotar sobre la arena húmeda de la orilla. Estudio para enfermera, sé lo que el asfalto duro les hace a las articulaciones de la rodilla.

El sol de marzo no es que calentase demasiado, pero era precioso ver como los rayos de la mañana incidían sobre la superficie del mar. El mar, era curioso todo lo que aquella gran masa de agua le daba a mi vida. Por las mañanas me acompañaba mientras me ejercitaba, por las tardes, cuando paseaba por el paseo marítimo, me traía serenidad, me relajaba. Entendía porque mis padres venían aquí cada verano desde antes de que yo naciera. Por eso en mi partida de nacimiento aparece esta ciudad, porque vine al mundo 20 días antes de lo previsto, justo en el momento en que mi madre huía del calor palentino. Embarazo y verano, mala combinación.

Y por si se lo preguntan, no, no nací en el hospital de esta ciudad, lo hice en un centro de salud a más de 100 kilómetros. Tenía prisa por salir, y fue todo lo lejos que mis padres pudieron llegar cuando anuncié que llegaba al mundo. Para mi padre, fue toda una hazaña conducir desde el teleférico de Fuente De, a algo más de 22 kilómetros infernales entre montañas, hasta llegar a Potes. No había mucho tiempo para llegar a un hospital, sobre todo cuando había otro largo tramo de carretera aún más tortuoso. Palabras de mi padre. Yo he vuelto a recorrer ese camino docenas de veces, y no puedo decir que sea el infierno, sino un pedazo de cielo. El verde y el gris de las rocas se funden en el paisaje más hermoso que haya visto jamás. Pero claro, no era yo la que tenía una mujer embarazada en el asiento trasero del coche, gritando como una loca porque iba a soltar su carga de un momento a otro.

Adoraba toda esta provincia, desde sus montañas a sus costas. Pocos lugares en el mundo tenían ambas cosas a tan pocos minutos de diferencia. El agua estaba un poco fría aún en verano, pero, como decía mi padre, cualquiera se metería en un mar con aguas cálidas. Solo lo más fuertes lo hacen en aguas frías, porque eso les fortalece.

Alguien golpeó mi brazo con su cuerpo, y me detuve para disculparme. Es lo que a veces me pasaba, que iba tan metida en mis pensamientos, que el mundo exterior se difuminaba.

  • Lo siento.-

Pero la persona contra la que choqué no estaba esperando mis disculpas, porque no había sido yo la que provoqué el conato. Cuando su mano se aferró a mi brazo y tiró de mí, supe que el choque había sido provocado. No tuve tiempo de gritar, cuando una mano grande tapó mi boca. Pude ver a otro hombre llegar hasta nosotros, pero no venía a ayudarme, sino que clavó una jeringuilla en mi brazo. Intenté luchar contra ellos, pero lo que fuese que habían metido en mi cuerpo, estaba empezando a hacer efecto. Sentía los párpados pesados y mi cuerpo se estaba quedando sin fuerzas.

Uno de los hombres me aferró por las axilas, mientras el otro me tomaba por los pies. Caminaban deprisa hacia los jardines que lindaban con la carretera, pero antes de alcanzarla, mi cuerpo calló pesadamente contra el césped. Escuché gritos, golpes, maldiciones… lo que parecía ser una pelea. Y supliqué porque quién fuese consiguiera detenerlos. Alguien me levantó y me llevó a un vehículo parado en la carretera, mientras el forcejeo continuaba. Sentí como nos movíamos.

  • ¡Vamos, vamos!.- gritó el hombre junto a mí. Algo saltó junto a mi costado, y la puerta se cerró de golpe, mientras los neumáticos chirriaron contra el asfalto. Mis ojos luchaban por no cerrarse, porque estaba dentro de un vehículo desconocido, con gente desconocida, que me llevaban a algún lugar también desconocido. La persona que había saltado en último lugar al coche, empezó a moverme, para colocarme en una postura más cómoda, una en que pudiese ver su rostro
  • Tranquila, Victoria. Estoy aquí.- mis párpados perdieron la batalla, y se cerraron sin remedio, pero antes de caer en la inconsciencia, unos ojos azul cobalto se quedaron grabados en mi retina.

Seguir leyendo en litnet